El embarcadero

Hay un embarcadero, un niño y un hombre entran en la barca. El hombre lleva una gran capucha, el niño tiembla de frío y el hombre le coloca una capa encima, sonríe con dulzura, con melancolía. A veces pienso que yo soy ese niño, y otras veces pienso que soy el hombre. Y, algunas veces, también pienso que soy el hombre que lleva la barca, que se los lleva a un lugar secreto, lejos del hogar, sin saber nada, ni siquiera sus nombres. ¿De dónde viene esa imagen? “Ha llegado el momento” – había dicho el extranjero, bajo su capucha, sus ojos grises, plateados, refulgen bajo la luz de la Luna llena. ¿O es la luna, la que refulge bajo la luz de sus ojos? Hubo llantos, pero aceptación. Era así como había vaticinado el oráculo. El día llegará. Y se marchan ambos, el hombre y el niño, hacia vete a saber dónde, y la escena se termina, y, de momento, no quiere ser continuada. ¿Qué necesidad hay de continuar?