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La Espiral 2

Y un fuego azul se puso a arder con fuerza sobre el Libro. Mis ojos tiemblan, mis ojos dorados, ojos de Sol. Era la primera vez que mis ojos resplandecían con el dorado del mediodía. Y me siento fuerte, en calma, como ese barco que en medio de la tormenta sigue en pie, cuando los demás naufragan. La tormenta. Hubo una gran tormenta y mientras la tormenta se desataba, amanecía el Sol en mis ojos y la luz de la Luna se veía eclipsada por ellos. Eclipsada, pero no apagada. Porque uno puede tener la mirada del Sol y de la Luna. Pero a mis ojos, a mi pecho, a mis brazos, le falta Sol a mi vida, a mis historias. Un Sol nocturno rodeado de estrellas. La Sagrada conjunción y el Fuego del Sol que, dorado (ya no era azul) sigue ardiendo por encima del Libro. Y mi polla estaba erecta, pero yo no sentía deseo. En mi mano derecha una porra, como el gigante de Cerne Abbas. Y alrededor del gigante, hombres, mujeres y niños danzaban, las manos unidas en corro, al son de tambores, flautas y violines, descalzos, entre risas, flores y sidra. Sobran palabras. Arden los Libros en la hoguera. Uno a uno la gente lanza los libros en la hoguera y los intelectuales sentados en su despacho (al principio escribí despecho en vez de despacho, interesante), se llevan las manos a la cabeza. “Una sociedad que quema libros es una sociedad terrible” murmura, con una voz aterciopelada, asustada, rígida. Mientras alrededor de la hoguera la gente sigue cantando y danzando, y los libros siguen ardiendo y un espeso humo de color celeste se alza hacia los cielos, y el cuenta cuentos empezó a tocar la guitarra y a cantar sus viejas canciones, y todos lo siguieron en corro, mientras seguían danzando. Y él inhalaba el humo celeste de los libros que se queman y transformaba las historias en danzas. Hay que volver a lo simple, al punto, a la hoguera del comienzo. Uno a uno quemo todos estos pensamientos que me llevan atormentando desde hace años, lustros, decenios. Quizá siglos, vidas, mundos. Y quemo todas mis máscaras y toda mi ropa hasta que vuelvo a estar desnudo, la mirada pura, desnuda, que no busca nada más allá del fuego, de la lluvia, de tus senos y de tu sexo. Ya no hay miedo, no, vuelvo al comienzo, antes de aquel día en qué me persiguieron aquellos niños, el día de la emasculación, unos niños más grandes que yo me persiguen con palos y yo no les había hecho nada. No recuerdo por qué me perseguían. Uno de ellos, en el patio de la escuela, me puso una bolsa negra en la cabeza y trató de asfixiarme. Yo me logré zafar de ellos y huir, y lo último que recuerdo es esa imagen de los niños con grandes palos, persiguiéndome. Nunca les volví a ver. Es extraño. Mientras hago pesas y me fortalezco, pienso con serenidad en aquellos días, solo ahora que me siento más fuerte me atrevo a escribir sobre lo que me hizo débil durante tantos años. Porque el eco de esa agresión se ha podido sentir durante toda mi vida. Y el arcángel San Miguel y Shiva han aparecido, con las espadas, los tridentes, las serpientes. Y yo vuelvo a alzarme y salgo del barro, y esta vez ya no huiré. Los miro a los ojos y, erecto como el gigante de Abbas, me dirijo hacia esos niños que ahora son hombres. A uno le propiné tal patada, con mi gigantesca pierna, en la cabeza, que salió rebotando contra un árbol. El otro al ver esa escena trató de huir pero yo lo agarré por los cabellos, lo tiré al suelo, le puse la rodilla en el pecho y empecé a propinarle puñetazos uno detrás de otro, hasta que la cara se hizo irreconocible. Una pulpa. Pero no hay ansia de venganza. La retribución no es venganza. No hay en la retribución ese odio tan infantil, tan inmaduro, tan inseguro. Había en mi una mirada fría, helada, ártica. Siempre la ha habido. Siento una atracción natural hacia el frío, la nieve, las grandes heladas. El frío me fortalece. Camino en la nieve, cubierto de pieles, y asciendo la montaña mientras sopla un viento helado repleto de esquirlas de hielo que me hieren el rostro. Pero dentro de esta apariencia de frialdad hay un fuego siempre encendido que ruge, que necesita entrar en erupción, de vez en cuando. Erupción, ansiedad, el león en la jaula, la pantera, como ese poema de Rilke. Hay esa tensión en mi alma, entre lo polar y lo tropical, entre el mamut y el orangután, entre los bosques escandinavos y el Amazonas. Entre el silencio y el rugido. Y llevo demasiado tiempo en silencio. Y es momento de volver a rugir. Caen los rayos, retumba el suelo, y el sitar se desata en la cósmica danza de Shiva, que baila entre la destrucción y la creación del mundo. Y la percusión de mi corazón golpea con fuerza, bailo extasiado, me sumerjo en mi propia música, soy el Creador y el Bailarín, las dos cosas al mismo tiempo. Y por fin se dio cuenta del absurdo de todo ello. Las llaves que había ido coleccionando durante años no abrían portal alguno. Las había coleccionado en vano. Eran bonitas, quedaban muy bien colgando sobre su cama, con aquellos distintos diseños, pero un día se dio cuenta de que esas llaves no abrían ningún Portal. Eran, fundamentalmente, inútiles. Nadie se lo había dicho. No había venido un hombre con un cetro a su casa y le había dicho: “Enna, te voy a revelar un secreto arcano: estas llaves no abren Puertas. No. Las Puertas ya están abiertas. Siempre lo estuvieron”. Lo había descubierto mientras contemplaba sus interminables dibujos de torii, las puertas sagradas que dan acceso a los templos sintoístas japoneses. Se había fijado que, no importaba cuál fuera el género

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The Spiral 1

Serenidad.Calma.Los grillos.La noche más profunda después de la tormenta.Las estrellas parecen ahora más limpias, más puras.Y el cometa se acerca. Veo su gran cola esmeralda que surca el cielo.Es lo único que rompe este silencio, lo único que está en movimientojunto a mi corazón. Porque el resto del universo se ha detenido. Y solo soy yo y el cometalatiendo juntos en esta noche de Luna creciente. Y se detuvo.Sabía que tras el torii había alguien que podía verla. Exactamente como en su pintura. Sí. Un hombre barbudo de grandes espaldasla contempla desde detrás del torii. Va vestido con unas pieles gruesas repletas de espiralestiene la pose de un guerrero, pero el aura de un mago. Sintió un escalofrío. Y no era fácil para ella sentir escalofríos, sí, ella, que se dedicaba a viajar a lugares encantados. -¿Qué quieres de mí? – preguntó ella, sin girarse. El viento sopla con fuerza a través del Portal de los dioses. Sabía que preguntaba en vano. Y sabía que, si se giraba, el hombre desaparecería. Por eso lo miraba a través del Espejo que ella misma había diseñado, con una de sus Runas. Armada de paciencia y mirándolo en el espejo (a pesar de que su corazón estaba disparado) se sentó sobre la escalera que llevaba al torii y empezó a usar la lengua de Aniron, una vieja lengua de signos, dibujando las runas en el aire con los dedos. “¿Qué quieres de mí?”. De pronto, en los labios del hombre se dibujo una leve sonrisa y sus ojos brillaron. Y el hombre, con sus dedos, respondió. “Una Soñadora. Siglos han pasado desde que vi una. Vaya, vaya. Así que es cierto” “¿Qué es cierto?” “Los Portales se están abriendo, por fin” “¿Qué quieres de mí? No me respondiste” “Esa debería ser mi pregunta” – se echó a reír – “Miraba a través del espejo de agua y apareciste en el reflejo” -“¿El espejo de agua?” -“Sí. Te estoy mirando a través del espejo de agua” -“¿No estás en mi mundo?” -“Todo es un solo Mundo. Solo existe la ilusión de que los mundos están separados. ¿Te suena? -“Claro. Es el argumento de mi manga. Un solo mundo cayó del cielo y se rompió en infinitos pedazos. ¿Cómo conoces mi historia?” “Porque somos parte de ella”. La ventana del Dragón siempre aparece opaca. Así es para los que no conocen el secreto arcano. Una habitación de forma oval, pequeña, en lo más alto de la torre, y allí se encuentra la pequeña ventana. No existe nada más que la ventana y los pocos que han encontrado la torre y han subido a esa habitación, siempre se quedan plantados delante de la ventana sin saber qué hacer. Miran ese relieve de madera, un relieve espectacular, el dragón enroscado, pero que no se muerde la cola. No es un uroboros. El dragón está mirando hacia el centro de la ventana. Ha habido magos de todo tipo que han intentado todo tipo de conjuros para “ver a través de la ventana” pero todo ha sido en vano. Incluso los magos más experimentados terminan dándose golpes en la cabeza contra la pared. Un golpe bajo para su hinchado ego. Lo que no saben es que lo que está tras la ventana solo puede ser revelado por un Soñador. Un Soñador. Cerré los ojos y coloqué ambas manos sobre el cristal. Sonreí. Empezar con una sonrisa siempre es esencial. Pero eso es algo personal. Veo el río que serpentea a través del bosque, a lo lejos, las montañas nevadas y el Valle donde se encuentra la ciudad de Palne. Fijé esa imagen en mi tercer ojo, la anclé, me concentré en ella y le dí todo lujo de detalles. El sonido de la brisa, el aroma de las flores y de las hojas, el trino de los pájaros, el correr del río. La lejana música del arpa que proviene del bosque. Y, mientras estaba imbuido en esta imagen, mi dedo índice empezó a dibujar las Runas combinadas que creaban un elegante dibujo: el nombre del Mundo. Y cuando terminé, la canté en voz alta y abrí los ojos. Ante mí, el río que serpentea por el bosque, el valle de Palne, las lejanas montañas. Y ya no estoy en la Torre, ni hay ventana, y detrás de mí no hay más que un viejo Portal que pareciera que no lleva a ningún lugar. Volví a sonreír. Y serpenteaba también aquella calle que se precipitaba sobre la ciudad, la gran Avenida del Dragón que lleva al Gran Palacio del Inmenso Árbol que nunca nadie ha podido ver en todo su esplendor, pues siempre está cubierto de nubes de color celeste. “El Secreto está en la sombra, mírale la sombra y verás cuál es su verdadera forma.” Ahora ella levantaba la lámpara hacia mí. Y había hecho exactamente lo que yo quería: había bajado sus defensas y, por un momento, el hechizo que usaba para controlar su sombra se había deshecho. Y ví su verdadera sombra: varias serpientes salen de su cuerpo y se dirigen hacia mí. Ella vio que me daba cuenta, sí, esas cosas se ven en menos de lo que tarda un parpadeo. En otros tiempos, cuando era más joven, hubiera esperado a ese parpadeo, habría dudado un segundo, quizá sorprendido por lo que veía, o quizá sin dar crédito a lo que acababa de descubrir. Y por eso había estado tan cerca de la muerte tantas veces. Y, también por eso, no dudé ni un instante. Saqué la espada y decapité todas las serpientes que se dirigían hacia mí. Y ella cayó al suelo, trató de gritar, los enormes colmillos, las manos en el cuello. Y yo le agarré sus cabellos negros y le levanté la cabeza. Me miraba con un odio frío, de serpiente, inhumano. Y, sin contemplaciones, le apuñalé la frente con el Puñal de Loth. Y una luz celeste le cubrió el cuerpo. Otro espíritu.Otra carta.

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