Vino de octubre

A través de la ventana, observé con mirada cansada, pero satisfecha, los nuevos campos relucientes bajo la luz de la Luna. Hace poco menos de tres semanas, todo esto era una maraña de maleza y de malas hierbas. Ahora, hemos sembrado todo tipo de verduras, varios árboles y arbustos frutales, parras. Allí, en el centro, como protegiéndolo todo, se encuentra el pequeño robledal y el pozo. Ha llovido todo el día y ahora es ese mágico momento en que las nubes, por fin, se alejan, dejando una naturaleza que respira, satisfecha, preñada.

Una respiración acompasada.
Detrás de mí.

Hay en esa respiración la tranquilidad, el equilibrio, el orden salvaje de la cosecha, llena de vida. Ereia hace tiempo que está dormida. A diferencia de mí, es una chica de amaneceres, de días soleados, de trigales, bailes, violines. Observo uno de sus bonitos pies que sobresale de las sábanas. Llevamos varios días durmiendo juntos y me he dado cuenta que siempre termina con los pies fuera de las sábanas, como si quisieran respirar.

Otoño.

Nos conocimos dos semanas atrás, en la gran fiesta del vino. Ella, junto con otras chicas, prensaban las uvas con los pies, en una especie de danza. Había sido todo una cadena de casualidades. O, más bien, sincronicidades. La vieja casa de mi abuelo está alejada de los pueblos, en un valle entre montañas donde ya los viejos vecinos no tienen fuerzas para llevar una vida de campo. Los jóvenes todos se marcharon a la ciudad. Y casi toda la gente mayor han sido sentenciados a las residencias de mayores. Unos pocos resistían, pero dudo que les quedara mucho tiempo. En fin, ya me estoy yendo por las ramas. ¿Por dónde iba? Oh, sí. Pies.
Los bonitos pies de Ereia prensando las uvas, el fuerte y embriagador olor a uva prensada. Me sonreíste, con esa sonrisa que no quiere nada, mezcla de alegría y travesura. Todas las preocupaciones y pensamientos, la madeja de pensamientos que me invadían, se evaporaron como se evaporan los efluvios de la uva, en el viento del otoño.

Llevaba ya tres horas recorriendo la región en la vieja camioneta que había pertenecido a mi abuelo (el olor a tierra, a ropa vieja, a boina, a sonrisas y trinos de pájaros, aún puedo oler la presencia de mi abuelo – cuando ya las imágenes se vuelven borrosas, solo el olor de las cosas permanece), tratando de encontrar un lugar donde comprar utensilios, semillas, provisiones. Lo que sea. Para empezar con el trabajo en la vieja granja abandonada que ya no era granja, sino selva. En los varios pueblos donde estuve, todas las tiendas estaban cerradas. ¿Era por abandono? Lo que estaba claro es que me estaba quedando sin gasolina y, en aquellos andurriales, no había gasolinera alguna. ¿Cómo reposta aquí, la gente?

Por suerte, como ya me había imaginado que algo así podría suceder, me había llevado conmigo varios litros de gasolina en un recipiente de metal. Nadie en esas estrechas y mal asfaltadas carreteras. Creo que debo haberme topado con tres coches en tres horas. Un coche por hora.

Entonces, en medio de la carretera, vi una figura delgada, llevabas unos jeans de color pardo y una blusa blanca. Te vi justo cuando lanzabas el móvil al suelo, con fuerza. Luego, los puños cerrados. Tus cabellos rubios alborotados. Junto a ti, la motocicleta, también tirada al suelo. Seguramente también la habías pateado. Me detuve.

-¿Necesitas ayuda?

-Joder, es que es la ostia. Joder. Coño. La puta que… – te interrumpiste a tí misma y me miraste con tus fieros ojos verdes. Parpadeaste. Y, luego, te llevaste una mano a la boca – Oops.

Ese “Oops” me encandiló. No fueron tus ojos ni tus cabellos. Fue ese “oops”. Y esa sonrisa posterior, de niña inocente que acaba de ser poseída por el diablo y vuelve a su cuerpecito de niña que no ha roto un plato.

-Perdona. Es que… justo hoy, el día del Festival, me he quedado tirada. Sin gasolina.

-Ostras, qué putada.

-La última gasolinera de la zona, que la llevaba el viejo Urt, cerró. Y con las prisas se me ha olvidado el bidón de gasolina.

-Yo tengo uno.

Me miró, como si hubiera dicho algo desagradable.

-Oh no, guárdatelo. Llamaré a mi hermano. Él viene más tarde, al festival, con su mujer.

Me encogí de hombros.

-Te llevo yo al festival, y cargamos la moto en la camioneta.

Se quedó mirándome con los ojos muy abiertos, con interés analítico. Como si viera a un animal raro que no suele frecuentar la región.

-Gracias, pero no acepto invitaciones de extraños.

Abrí la boca pero no me salieron las palabras. Creo que abrí y cerré la boca varias veces, como un pez. Ella se echó a reír. A carcajadas.

-¡Es broma! ¡Jaja! ¡Qué cara más adorable! Pareces un pez.

-No sabía que los peces podían ser adorables.

-Me gustan los animales que la gente no suele pensar en ellos como adorables.

-Ya veo.

Ambos cogimos la moto y la cargamos en la camioneta. Luego, puse gasolina a la camioneta. Olor a gasolina, agradable, intensa. Como ella.

-¿Qué haces por aquí? Casi no se ven visitantes. Y menos jóvenes.

-No soy tan jóven – sonreí, mi mirada sobre el depósito de gasolina – He venido para cuidar de la vieja granja de mi abuelo. Y estaba buscando una tienda de agricultura en la zona. Pero no he tenido suerte.

-¡Qué dices! Mi familia y yo regentamos una tienda de agricultura.

-¿En serio? Vaya coincidencia.

-No existen las coincidencias. Solo las sincronicidades – se detuvo. La voz de una garza, a lo lejos. El trino de los pájaros, que pueblan los árboles, que nos rodean. Cantando nuestro encuentro. Y la gasolina bajando por el depósito. En aquel silencio lo supe. Esas cosas se saben en los silencios. ¿Y qué supe? Si pudiera describirse con palabras, no harían falta los silencios. Finalmente, preguntó: ¿Qué necesitas?

-De todo. Herramientas, semillas, abono… En realidad faltan tantas cosas que no sé ni dónde empezar. Desde niño no he vuelto a pisar el campo.

-Haremos una cosa – decisión irrevocable, en su voz – ¿Dónde está tu finca?

-En el valle de Erynn.

-¡Qué suerte! Hay mucha agua allí. La tierra es tan fértil… Vivimos apenas a veinte minutos en coche del valle. Después del festival, conseguiré gasolina y me pasaré por tu finca. Y hacemos una lista de lo que quieres. ¿Qué te parece?

-Me parece muy bien.

-¡Bien! ¡Un nuevo cliente! – dio una palmada.

-¿Es así como haces clientes, pretendiendo que se te terminó la gasolina?

Se echó a reír.

-Sí, es mi secreto.

Terminé de añadir gasolina a la camioneta y ambos nos metimos en el vehículo, bromeando, hablando de cualquier cosa. Como si nos conociéramos de toda la vida. Siempre digo que soy muy introvertido, excepto cuando algo así ocurre. Cuando conecto con alguien, me transformo, y nadie sospecharía que me he pasado media vida de ermitaño. Así son las contradicciones de uno.

Entre los dos, todo fluyó de forma natural, como fluyen los ríos, los afluentes, hacia manantiales, estanques, lagos. Hacia el mar. Fue así de sencillo. Las miradas llevaron a las sonrisas. Entre bromas, carcajadas, secretos, confesiones. Suspiros. Y luego los dedos que se entrelazan. Y de los dedos pasamos a las caricias, a los labios. Y de los labios, a las sábanas.

Entre las sábanas, ese pie que sobresale. ¡Como pisabas con fuerza las uvas, entre grandes risotadas!

No quiero que nadie se beba el vino que han pisado tus pies.

Recuerdo que aquello te hizo mucha gracia.

-¿Por qué no? ¿Crees que se van a intoxicar?

-Sí. Pero el único que quiero intoxicarme soy yo.

-¿Con mi vino de pies? Que sepas que lo ha pisado mucha más gente.

-Habían muchas chicas bonitas pisando las uvas.

-Ahora soy yo que no quiero que te bebas ese vino.

-¿Estás celosa?

-¿Cómo voy a estar celosa por los pies de otros? Eres tú, el pervertido. Te gustan los pies, como Quentin Tarantino.

-Me gustan los pies bonitos, no cualquier pie.

-Da igual. You creep!

Teníamos siempre ese tipo de conversaciones acerca de cosas absurdas que no parecen ir a ninguna parte. Enlazábamos las conversaciones como cuando uno borda hilos que parecen no tener relación, pero al final la tienen, y crean una bonita textura, un bonito tapete.

O tapiz.

Aún no lo sabía. Pero fue aquel momento, tu pie fuera de la sábana, la luz de la Luna, justo aquel momento, aquella noche mágica después de la lluvia, un momento que tuve que haber atesorado mucho más. En aquel momento me parecía otro momento más, bonito, algo especial y poético, pero no sospechaba que quedaría como un recuerdo tan nítido, tan doloroso. Y tan precioso.

Pero es esa misma impermanencia de las cosas, lo que las hacen especiales.

No me apetece escribir más acerca de todo esto. Lo que sucedió después solo son las aventuras y desventuras de un encuentro casual, que terminó de forma tan natural como había empezado. Cinco años después, me he vuelto a sentar aquí, en este mismo lugar donde, aquella noche, contemplaba su pie bajo la luz de la Luna. En una pequeña mesa, la botella de vino y una copa. Un vino joven, dulce, que no tendría nada de especial para cualquier otra persona. Doy un sorbo mientras observo el robledal del centro del campo, bañado por la luz de la Luna. El vino entra por mi garganta y sabe a ti. Dejo que salga el olor de ti por mi nariz. Vino de aquel festival. Quiero pensar que todo este vino, hasta la última uva, fue pisado por tus bonitos pies. Me acabé aquella botella, sorbo a sorbo, saboreando los recuerdos.

Estos recuerdos me los guardo, con la llave que solo nos pertenece a ti y a mi. Los lectores lo entenderán. Sí, estoy seguro.

Y si no lo entienden, algún día lo entenderán.


El Cañón

Suspiro. Mientras tecleo, vuelvo a releer, por encima, lo que acabo de escribir. “Vino de Octubre”. Yo no tenía planeado escribir esta historia. Se ha rebelado contra lo que quería escribir, como cuando un pintor está copiando una obra de otro y, desde el interior del dibujo, aparece otro tema que se rebela, que lo rompe, una erupción de colores y formas que quieren expresarse. Así ha pasado con esta pequeña historia. Antes de eso, como he estado haciendo cada día, he metido la mano en la bolsa de mis historias y he sacado una de forma totalmente aleatoria. Una historia acerca de un guitarrista solitario e introvertido que, en contra de su voluntad, tiene que empezar a tocar en una banda. Es una mini-historia inacabada que escribí hace un año, o así. No importa. Me inspiré en una serie de animación muy entretenida que se llama Bocchi the Rock: una chica introvertida tiene, de forma anónima, un canal de Youtube con miles de seguidores pero, cuando un día se ve (casi) obligada a tocar en un grupo, se da cuenta que le es imposible concentrarse delante del público. Es incapaz de tocar en público. La historia es muy simple. En la mía, hay un giro algo distinto. Es un joven que lleva años tocando la guitarra y siempre la toca después de trabajar, para despejarse, para liberarse de la mediocridad de su vida. Sin darse cuenta (tiene muy baja autoestima), tanta práctica le ha vuelto un virtuoso del instrumento. Un día, le llama el único amigo que tiene, del trabajo. Como siempre, se preocupa por él. “¿Comes bien? Tendrías que salir más. Podemos ir a algún sitio”. “No te preocupes, como bien. No me apetece salir. Nos vemos el lunes, en el trabajo”. Aquel día, sin embargo, por algún motivo no cuelga el teléfono y, justo en aquel momento, se pone a tocar la guitarra. Su amigo, que ya iba a colgar también, se queda alucinado al escuchar el recital virtuoso que está escuchando. Su amigo le revela, con el horror de nuestro protagonista, que ha escuchado cómo tocaba y, a partir de aquel momento, le insiste a diario, que tiene que dar a conocer su don al mundo. “No necesito que nadie me escuche. Además, no soy tan bueno”. Etc. Pero el amigo, que hay que decir que es muy pesado (es su forma de preocuparse por él), sin decírselo grabó el recital de guitarra y se lo mandó a una banda que están buscando, urgentemente, a un guitarrista que se ha pirado. Era el líder del grupo y ha tenido, en palabras de la chica, la vocalista, un “ataque de vanidad” y ha decidido irse a la capital, para tocar en un grupo rival, con más fans que ellos. “Es un traidor”.

Un traidor, pero era uno de los mejores músicos de la región, y, para más inri, era también el principal compositor. Con su propio estudio que sus papis le han construído, porque es de casa rica. El padre es productor musical. En otras palabras, para ellos la marcha de este tipo ha sido, basicamente, como si la banda hubiera dejado de existir de un día para otro.

Por eso, cuando escucharon a nuestro protagonista, en seguida quisieron entrar en contacto con él.

Esta es, básicamente, lo que yo llamo la Entrada o el Portal hacia esa historia, hacia este mundo. Y yo me disponía a seguirla, a continuarla. En cierta medida, ahora me han entrado ganas de continuarla. Pero hace 2 horas, cuando me puse a escribirla, sentí que faltaba algo. Me faltaba la chispa de la creatividad, el azufre que enciende el fuego de nuestra alma, el dragón, la llamarada. Cuando no está esto presente, no puedo crear ni componer. Decidí agarrar una carta de personajes recurrentes, otro de mis recursos, y me salió “Twin flames”. Romance. Bueno, puedo meter romance en esta historia del guitarrista.

Pero cuando empecé a escribir, de repente, sentí que me poseía el azufre, la llamarada, el dragón. Mis dedos empezaron a escribir solos y ya no los sentía. Me introduje en la historia. Me desdoblé. Y empezó a desplegarse, por sí sola, la historia que acabo de relataros, “Vino de Octubre” de principio a fin. No os cuento todo esto para vanagloriarse de nada. Todo lo contrario. Lo hago para que veáis que no soy el dueño de mis historias. Son las historias que me poseen. Pero eso no es exclusivo de mí. No. Eso les pasa a todos los que se ven poseídos por el genio de la inspiración. De pronto, desaparecemos de esta realidad y nos vemos catapultados en otra, como ese cañón de Viaje a la Luna, que catapulta al científico directamente a la Luna. Así es como me siento, como si, de pronto, alguien me hubiera metido en un cañón y me hubieran disparado hacia otro Mundo. Y cuando termino de escribir, vuelvo a leer y me quedo asombrado de que eso haya salido de mí, sin pensar, sin planear nada.