Poesia

“El Secreto de los siglos, de los Meyr, se encuentra en este árbol, en esta Torre. La Torre y el Árbol, unidos, como dos dragones que se entrelazan”. Sé que os gustaría que esto fuera una historia más lineal. Sé que mucha gente preferiría seguir leyendo acerca de este hombre, de este diplomático que se trasladó a vivir a este lugar, en esta región. ¿Qué pasó con él? ¿Descubrió este mundo paralelo, que ha sido relegado al olvido? Pero no es así como vienen las visiones. He subido a lo más alto de la torre y allí, sobre un Altar vacío, he empezado a jugar a las cartas. A las cartas que guardan mis historias. Sí, sé que en otros mundos paralelos quemé mis historias. Y de alguna forma eso es lo que hice. Pero quemar no significa destruir, necesariamente. Llevo dos décadas escribiendo, pero nunca termino lo que escribo. He abierto un sinfín de Portales. Y sigo abriéndolos. Es un laberinto de Portales sin fin. He encendido las ocho velas de las Ocho Runas maestras y, con su luz, veo ahora los Ocho Portales, sus contornos celestes, en la Sala Ovalada de la Torre. Pero un fuerte viento, gélido, ha soplado a través de las Ocho Ventanas y ha apagado todas las velas menos una. Y todos los Portales se han esfumado hasta solo quedar una Puerta, una sola Puerta, vacía, sencilla, rústica. Como en un Santuario Shinto, mis altares están vacíos, abiertos a la presencia invisible de lo Sagrado, que puede manifestarse en cualquier Dios o Diosa que quiera habitarlo. Lo mismo ocurre con mi Historia. Historia de historias. Agarro la bolsa mágica de los miles de Picaportes y dejo que mis dedos busquen la vibración adecuada, el Picaporte adecuado. Una vez encuentro el Picaporte, lo enrosco en la Puerta. Y abro. Y, entonces, mi consciencia se precipita en una historia, en un personaje, en un mundo. Y dentro de este mundo, hay muchas Puertas Secretas. Y siempre llevo encima los Picaportes, en mi pequeña bolsa mágica. Este es mi secreto. Tampoco es necesario volver a mi Torre-Árbol. Es uno de mis lugares predilectos y me encanta pasar mi tiempo aquí, en esta extraña Torre que está viva, encantada, repleta de misterios, de espíritus, que preside unos bosques cambiantes, que fluyen con las mareas de unos mitos que viven, que respiran. Pero tengo muchísimos lugares predilectos en los diferentes mundos, y todos ellos son tan misteriosos y enigmáticos como esta Torre. Porque estoy descubriendo estos mundos mientras escribo y dibujo en el Libro Verde, Liber Veritatis. Observo la Carta mágica que, en cualquier momento, puedo convertir en Picaporte que me lleva a un mundo que vibra de la misma forma. Pero, por ahora, prefiero observar la carta. El Árbol. Un Árbol con una miríada de frutos. Cada uno de los frutos es un mundo que cuelga. Algunos frutos son maduros y jugosos, otros son verdes, duros, aún por madurar. Y otros se están pudriendo y están a punto de caer. Hm. Interesante. Vuelvo a meter mi mano en la bolsa de las Cartas, de los picaportes. Saco la Carta. En ella aparece la palabra “Poesía”. Levanté las cejas. Poesía. ¿Qué mundo es este, de la poesía? ¿Qué tipo de Picaporte me llevará a la Poesía? La Poesía es como un manto de rocío que acaricia todos los mundos, que los une, que los conecta con labios, caricias, espadas, sexo y muerte. Y resurrección. Abro la Puerta. Poesía. Está nevando en el Bosque. Escucho el sonido de unas campanillas. El cabalgar de un animal. Dos ciervos aparecen tirando de un gran carro de dos pisos. En las riendas se encuentra este hombre de la túnica verde, su capucha echada sobre su cabeza. Se ha detenido. Espera que suba al carro. Subo la pequeña escalera que lleva al compartimento de arriba. Cuando entro, me encuentro a un hombre sentado, que escribe en un bloc de notas. Lleva un sombrero de copa del siglo XIX, está fumando en pipa. Su pluma lleva detenida en el mismo lugar desde hace mucho tiempo. Un agujero se ha formado en el lugar. Punto muerto. Se ha agotado la fuente de mi poesía. Uno no puede forzar la poesía, el arte, el flujo de los mundos que corren, que te abrazan o te matan. Rainer Maria Rilke levantó sus ojos del bloc de notas. Unos ojos grandes, tristes, intensos. Cerró el bloc de notas y suspiró, en un limbo que se encuentra entre el alivio y la frustración. Pero no es esa una frustración desesperada. Es ese suspiro de los escultores, de los ingenieros, que aún no han encontrado la Forma de la escultura o del edificio, pero que saben que, con paciencia, el momento aparecerá y todo se esclarecerá. Todo esto lo leí de su mirada. No me hicieron falta palabras. Nos miramos así, durante un tiempo, hablando sin hablar. Llegaste como un mensajero, como una divinidad, como Mercurio. Cuando entraste en el carro me hiciste despertar a lo absurdo de mi espera. Al agujero de mi bolígrafo contra el bloc de notas. Al entierro de lo que pretendía escribir. Uno no pretende escribir – dije – Uno siente la necesidad de escribir. No puede hacer otra cosa que escribir. Me lo enseñaste en “Cartas a un joven poeta”. No es mío. Es tuyo. Rilke sonrió. Las palabras son atemporales, mágicas, unen los siglos y los ponen del revés. Agujeros de gusano, viajes en el tiempo. Los científicos intentan encontrar una forma de viajar en el tiempo. Pero no tienen más que mirar las Palabras. La poesía. El arte. La música. Esas son las verdaderas máquinas del tiempo. Interesante. Oh, sí. Voy a añadir esto a mi antología poética y añadiré tu nombre. Las palabras son la verdadera máquina del tiempo. Sí, me gusta. Pero oh, las palabras. Hm. Están fuera del tiempo. Unen los mundos en su esencia atemporal, adimensional. No existe el tiempo en la infancia, porque cuando somos niños vivimos

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El reino de fuar

Después de aquel aguacero, después de aquella erupción, de aquel terremoto. Unas ruinas que algo (o alguien) había llevado al centro de la tierra, han vuelto a la superficie. Unas grandes murallas se alzan, ahora, en el interior del bosque, con forma de Octágono. ¿Una civilización perdida? ¿Qué protegían esas murallas? El tamaño inmenso de las rocas me hacen creer que eran murallas gigantes. Siento un escalofrío en mi espalda. En el centro de aquellas ruinas se alza, extraña, imponente, la Torre en Espiral, junto al inmenso árbol. Están tan íntimamente conectados, que uno ya no sabe si la Torre es el Árbol, o si el Árbol es la Torre. El Portal del Bosque Escondido. Solo al atardecer, durante unos segundos, el Portal se abre, sobre el Gran Roble. Es un lugar maldito al que nadie quiere ir. Feros, la Ciudad de la linde del bosque. La Ciudad que vive a espaldas de la Floresta, abrazando el Río que lo conecta con el resto del mundo. “El bosque es solo para los fantasmas y los difuntos. Solo vamos allí cuando muere alguien. El resto del tiempo, las puertas se cierran. Nadie tiene permitido pisar el bosque fuera de los rituales funerarios”. Soy el único extranjero en muchos años, que ha visitado Feros. Casi todos los jóvenes se han marchado a las grandes ciudades de la Costa, repletas de oportunidades. Aquí en Feros solo queda gente mayor y ya pocas manos pueden dedicarse al campo. Por eso, cuando vieron que un joven extranjero había aprendido su extraña pero bella lengua, y había decidido comprar una vieja casa con una granja en la linde del bosque, los rumores empezaron a propagarse. ¿Qué querrá un joven extranjero, en estas tierras de nadie? Enriquecerse. Hacer un pacto con los viejos espíritus. Está loco. ¡Se dice que es escritor, artista! ¡Mago! Pero yo solo era diplomático. Acababa de salir de la Universidad, con mi maestría en aquella lengua, en aquella cultura. Feros era la antigua capital de Fuar, el reino de los bosques y de las colinas. Uno de los Reinos más antiguos que se conoce, su historia se remonta decenas de siglos, hasta el punto que historia y mito se encuentran, como en una neblina, donde ficción y realidad se tocan. Se dice que por la sangre de los habitantes de Fuar corre sangre feérica. Cuando Féntar, aún un niño, huía del asesino de su tío que había depuesto a su hermano a sangre y fuego, el príncipe perdido, se encontró un día en el Bosque de Fuar. Nadie sabe cómo pudo encontrarlo, aunque se dice que, sin querer, se puso a silbar una Canción de hadas que había escuchado, en duermevela, y que por eso la Puerta se abrió. Se dice que Féntar fue adoptado por los Seyr, una raza feérica, tan vieja como las montañas y los ríos. Se cuenta que el niño aparecía en la profecía de esta raza moribunda, como el que renueva la Sangre. Un niño de grandes ojos plateados y de cabellos de ala de cuervo. Fue iniciado en los Misterios de los Seyr, entrenado en la caza, la guerra, la espada. Y en la Vieja Magia. La vieja raza que se estaba muriendo, de pronto, encontró la fuerza que necesitaba en el joven humano. Y, de forma natural, como así también contaba la profecía, el niño se convirtió en hombre muy pronto, y encontró la espada que ningún otro había podido encontrar. La espada de la Unión, runas feéricas y humanas, unidas en Espiral. Y reunió las tribus de los Seyr, que se habían desperdigado por el continente, se casó con la hija del Rey, y, también bajo el conjuro de la profecía, cuando el Rey perdió la vida en batalla, Féntar accedió al trono. El primer humano que reinaba sobre los Seyr, desde Agerus, el forjador de la Espada, siglos atrás, en los Primeros Días. Y de la semilla de Féntar y de Ilya, la reina de los Seyr, una nueva raza nació. La raza de los Meyr, híbridos feéricos y humanos. De gran longevidad. Diestros con la espada y con el harpa. Durante siglos dominaron el centro del continente, y sus canciones, sus hazañas y gestas se multiplicaron en el mundo. Y sus invenciones. Y su magia. Como cayeron en desgracia los Meyr es cuestión de otro momento. Pues yo aún no lo sé, aún no he podido acceder a esta información. Yo solo soy un instrumento de estos Viejos Días que parece que estoy desenterrando. Cae un aguacero en el bosque. Las raíces de este nuevo árbol, de este nuevo mundo, han llegado a ese magma que encierra ese mundo enterrado. Erupción terrible, y las viejas ruinas vuelven a relucir bajo la Luz azul de la nueva Luna.

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Llavor

I exposed my body, in front of her, my arms outstretched. The snake bit my ankle, enraged. The pain was unbearable, but I keep looking at her red eyes. I can feel the poison transfering into my body. Sweating, my ears are ringing. But I must endure. I can’t get on my knees, I can’t fall. I am here, standing. I must shed it, I must shed the old to welcome the new. When the snake finished, with a laughter, she disappeared under the earth and said: “I will be waiting for you in the underworld!”. But I won’t fall. I just won’t. I don’t remember exactly how I thought about this. But, at the moment, I had a very high fever and everything appeared to be in a mist. I took an oak branch. It was an oak tree I knew very well, as a child. This was my secret base. And then, I nailed the branch on the ground and screamed. Agathe! For a reason I don’t understand, Agathe couldn’t resist the call, and that oaken branch. And came from the depths and coiled around the branch. I took her out from under the earth. And, enraged by the deadly poison, I took the snake with my bare hands. And no matter how many times she bit me again, and again and again, her terrible eyes, that horrible pain, I went to that oak tree. I tied the snake to the tree and to my body, with a strong knot. The snake’s screams deafened me. “You will pay for what you are doing, mortal!” Pero la proximidad de la muerte me dio un coraje que yo nunca supe que estaba en mis manos. Cierro los ojos. Dejó que el veneno recorra el interior de mi cuerpo, con libertad. El corazón cada vez late de forma más leve, hasta que ya casi no puedo sentirlo. La serpiente, sin embargo, se mueve cada vez con espasmos más violentos. Su piel fría, tersa, me está aplastando el interior, se retuerce, me asfixia. Pero cuando llegó el nuevo día, el amanecer, un Sol radiante, con una gran sonrisa, aparece entre las montañas con un olor de miles de flores salvajes. Colores y fragancias que nunca he visto antes. En este mundo hay muchos más colores que en el que yo vengo. Hay una presencia, una vida en cada roca, cada río, cada brizna de hierba, que es la promesa de un mundo vivo, cambiante y eterno. La piel empezó a escurrirse de mi cuerpo. Mudando. Cae a mis pies, a los pies del árbol, la vieja piel que el veneno ha arrancado. También cayó la serpiente negra. Desaparece en los abismos del mundo subterráneo. Sé que volveré a ver a Agathe, sí, pero este nuevo día es el Reino de otra Diosa, de otro espíritu. Desnudo, con la piel nueva y bajo ese nuevo Sol, agarré el bastón de roble. En él aún está la huella de Agathe, con forma de Espiral. El bastón de la serpiente. El bastón de la Voluntad.El bastón de mando.El bastón que da comienzo a mi magia. El nuevo mundo Cuando terminé de escribir y de dibujar aquellas escenas, aquella historia, me quedé mirando aquellos dibujos con el ceño fruncido. No entiendo nada. Yo quería escribir historias normales, relatos, quizá incluso alguna novela, o historias que se cruzan, que se encadenan, que hacen el amor de una forma extraña. Que se suceden, en Espiral. En vez de eso, esta pluma me ha poseído y ha empezado a escribir, sola, a dibujar, sola, esas imágenes extrañas, que yo no quería plasmar. ¿O quizá sí lo quería? La serpiente negra, Agathe, la mudanza de piel, el bastón de roble. Peregrino, mago de un nuevo Mundo. Después de erigir la Torre-Árbol, el hombre tuvo que morir para su viejo mundo, dejó que Agathe lo matara con su veneno del mundo subterráneo. ¿Quizá he leído demasiado a Jung? Los arquetipos, los dioses, los espíritus numinosos. Hay una erupción. Con mi bastón, estoy hurgando en el interior de la tierra, y he llegado al magma, a la lava, en ebullición. Hay una erupción. Yo he provocado esta erupción. Y ahora las imágenes, las historias, los relatos salvajes, primarios, llueven del cielo con forma de ceniza, pero es una ceniza viva, que fermenta los campos. Se ha incendiado mi bosque, pero el incendio ha dado vida al Nuevo Bosque que ha de crecer, ahora, en tan solo una noche. En tan solo una noche. Al principio me vino la idea de construir varios santuarios, varios altares, para los espíritus y presencias que, poco a poco, están manifestándose. Pero luego, lo reconsideré. Estos Dioses no necesitan de altares. Sus hogares están en todos los sitios. No necesitan de un lugar concreto, no necesitan de ningún mediador. El único mediador está en el Arte, en esta pluma, en estos escritos y dibujos. Pero me gusta llevarlos encima, como amuletos, como un constante recuerdo de mi devoción por ellos. ¿Devoción? No me termina de gustar esta palabra. Prefiero “relación”. Del papel del libro, recorté unos pequeños rectángulos. Cartas. Las primeras cartas de mi nuevo Mundo. Aparece una joven de cabellos azules con dos ojos dorados, soleados. Baila desnuda en el campo de trigo, al mediodía. Bajo sus bonitos pies, brotan las flores, los árboles, los frutos. La tierra de los inmortales, de la eterna abundancia, de las aguas cristalinas, del tañido de las más preciosas melodías. Ella fue la que primero me invocó. ¿O yo la invoqué? Baila alrededor de un Caldero humeante. ¿Un Caldero, o una fuente? El Caldero de la eterna abundancia, de la sabiduría y el conocimiento sin fondo. En el caldero todo se transforma, todo se vuelve amuleto y magia. Allí es donde yo sacrifiqué todas las historias, a cambio de esta Piedra que ahora cuelga en mi pecho. La joven del baile y del caldero. La reina de mi magia, que se expande, que florece en nuevos mundos. Sera. Escribo

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The black snake

The Tales of the New Sun – I wrote, with gothic-like letters. Under the letters, the Tree-Tower. With my magic ink, I made it much bigger than the first time I drew it. Now, the tree is huge. It is said that it is three kilometers tall! A whole city hangs from the branches as if they were fruit. I wonder if this place exists, or it is just a part of a myth? It is said that each fruit is a different world. And that only the Riders, a very specific type of Being, are able to ride the Tree, with their seven-legged horses. Travelers of Worlds. I am writing in the Book of the New Sun all those words, with golden and silver letters. And they shine under this blue moon, with celestial light. Baptized by those New Stars, this new firmament. It is said that high on top of the Tree, there lives Gerond, the Wise Man, surrounded by his immense Library, of all the things that were, are and will be. He writes, paints, creates music and sends inspiration to all the Worlds, so that they will continue his Work. Because not even him know how Art will unfold. Art is the biggest mysterium of it all, freed from the currents of time and cause and effect. Then, another image appeared within the book. And I say “within” because this is how those images are coming up. Erupting from the pages. It was a young rider. He is riding the Tree with his 7 legged horse. He is the God of Travelers. A magician. A shape-shifter. Traveler of worlds, he keeps the Tree healthy, the sab that connects the worlds running, like blood. He looks out for signs of sickness that plague the tree in different places. He repairs the bridges and keeps the Keys of the different Portals. His name is Aris. Sometimes is portrayed as a sort of angel, with wings, a sword in one hand, the keys in the other. Next page. I see a magician. I see myself, with green robes, with a green tunic. I have my own tree-tower, that for many years I have been building, with my own hands, my own blood, my own magic. I am the only one that remembers the lost world of the Tree-Tower, axis mundi. Why is that? Something happened. Something happened, poison, the sab of the tree stopped flowing and the tree died. But there is a sapling somewhere, otherwise, I wouldn’t be able to imagine, to create, to rebuild that lost lore. At one point, Aris couldn’t protect the tree, anymore. And a darkness took over it. And the tree slowly withered and died. And the travelers couldn’t go from world to world, anymore. The only thing left is Art and Fiction. And Imagination. But these are also dying out, slowly. I am here to Open the Portals back. But I must be careful. I must work in the darkness, for now. I must work in the shadows, under the New Moon. The Dark Woman of the Black Moon. I heard her dogs howling, the dangling of keys, her ghostly torch within the mist. I heard you talking with the Goddess of the Sun – I hear her voice, through the walls, humid darkness, damp magic. Danger – But your work must start in the Underworld. From the roots. There’s no running away, anymore. I found you. And I am not going to release you, anymore. The goddess of Sorcery, of poison, plants, sex. Wolves, Owls and Bats. She is riding a wolf, her fangs filled with blood. Her eyes are also injected in blood. I must descend. I must ride the Wolf. And to ride the wolf I must first vanquish it. I remember, as if it was yesterday, her smirk. You are pale, weak. You are not a man. You are just a child, lost among the books. -Am I not worthy of you? – I ask, with a pathetic voice. -It doesn’t matter what I think of you – she spat on the floor. The wolf growls – But if you are here, you already did more than the majority of men. -Are you Hekate? -You can think of me as a sort of sister. Hekate is just a group of similar Beings, with similar attributes. We all inhabit the night, we are related to the underworld, death, poison, sorcery, sex – She smiled. A smirk – And we make men very uncomfortable. They call us the Whore because they don’t understand female freedom. Men want to control the female, and everything that they don’t understand. Many questions were falling over me, as if it was a waterfall. I opened my mouth, but no words would come out. I felt paralyzed. Her eyes. Her bloody eyes. I can’t stop looking at them. Her fangs. Growling. Her tongue is growing. Getting closer and closer… And closer… Back! I heard a masculine voice. Very clear. It was my own voice. It was my true voice. Back down, now! A black snake in front of me. She attacked my neck. I jumped back, an acrobatic jump. The snake’s mouth closed in the air, and spat green poison. Instintively, I reached for a weapon, on my side. To my sheath. But it was empty. The sword! -My sword! Where…?! No sword can harm me! At that moment I knew how hopeless it was to fight a Goddess. I don’t even know how self-deluded I was to even think I could be a match to her. There must be a different way. There has to be a different way. Acceptance. Accept the gift of this goddess. A gift?! She is going to kill you with poison. -No – my true voice answered – You need her poison. Because only through her poison you will get the antidote that your life needs. I will die from this poison! This is madness! -Yes. You must

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El Libro

Cierro los ojos y veo el rostro concentrado, sereno, pero con esos ojos que son dos dagas que penetran la oscuridad. Dos dagas. Carl Jung. Está sentado, fumando en su pipa. Está esperando algo de mí, me está escuchando. Tras él, en una pared llena de enredaderas, una pared medieval, renacentista, arcos de medio punto. Una de las enredaderas tiene diez frutos rojos, jugosos. Los diez sefirot del Árbol de la Cabala. De Keter, la corona de un Dios omnisciente, deseo e impulso puro de una creación divina, hacia Malchuth, lo manifiesto, la Realidad que manifestamos en el aquí y ahora, con toda la magia del Árbol. Para bien, para mal. Todos somos magos en potencia. La diferencia entre los magos y el resto de gente, es que los primeros manifiestan, hacen magia, de forma consciente, mientras que los demás son esclavos de los impulsos y deseos. Son esclavos de una magia inconsciente. Yo he pretendido siempre ser de los primeros, pero, en realidad, pertenezco al segundo grupo. Maraña de pensamientos, laberinto de obsesiones de las que no puedo zafarme. Cuanto más lo intento, las arenas movedizas más se empeñan en tirar de mí, hacia el abismo. Jung me mira bajo sus párpados, está escuchando mis pensamientos. Cuando mis pensamientos, mi escritura, cesó, fue en aquel momento cuando empezó a hablar. En su lengua, en ese extraño alemán suizo. Pero a pesar de no hablar alemán, le entendí. Wovor hast du Angst?Du willst schreiben, dich ausbreiten, dich ausdrücken.Aber du hörst auf.* *De qué tienes miedo? Quieres escribir, expandirte, expresarte.Pero te detienes.(el resto de su conversación, voy a traducirlo directamente y a plasmarlo aquí) -Siento que no voy a ningún lado – contesté – Miro mis escritos de otros días, y parece que estoy dando saltos de aquí hacia allá, sin ningún sentido. Y, luego, me vienen ganas de borrarlo todo, de empezar de nuevo. De quemarlo todo y volver a reconstruirlo todo -¿Y qué pasaría si, en realidad, la forma que tienes de expresarte es, precisamente, dando saltos de aquí hacia allá, sin ningún sentido? Jung me mira, con intensidad, profundidad. Está tratando de comprenderme. Está escuchando atentamente. Un halo de niebla, de su propia pipa, lo envuelve.-Pues me horrorizaría la idea. Quiero construir algo bonito, con sentido. Un mundo de mundos, una mitología, historias que realmente son significativas. No trozos deshechos. No escritos que no van a ninguna parte. Jung tardó un poco en contestar. Jugueteó con la pipa, su dedo índice dando vueltas alrededor de la cazoleta, contrario al sentido del reloj. La cazoleta de la pipa, el círculo, la perfección. Dando vueltas, en círculos, alrededor de lo que aún no se ha revelado, lo que aún permanece bajo tierra, semillas de lo innombrable. Finalmente, dijo: -Ya lo intentaste. Alzo las cejas. Espero que diga algo más. Pero no dice nada más. -¿Ya…lo intenté? -Sí. Ya intentaste escribir cosas con sentido, cosas bonitas, escritos con lógica, de A hacia B, de B hacia C. -Sí. -¿Cómo fue? -Los abandoné. -Tú no quieres escribir como los demás – Jung, por fin, dejó la pipa sobre la mesa y se dirigió hacia mí, con toda su atención, su cuerpo arqueado hacia mí – Tu quieres expresarte de una forma única, pero no te das permiso para hacerlo. Tienes miedo de que te juzguen por ello. De lo que pensarán de esos escritos raros, sin principio ni final. Sin un sentido claro. -Sí. Y tengo miedo… de no poder vivir de ello. Porque si escribo cosas raras a nadie le va a gustar. -¿Cómo sabes eso? -Porque a la gente no le gustan las cosas raras. Por primera vez, pude ver el resplandor de una sonrisa en sus ojos. Sus ojos sonríen. Su boca permanece cerrada. Seria. -¿Te gustaría hacer cosas normales? ¿Disfrutas la normalidad? -No, no me gusta. Me gusta hacer las cosas a mi modo. -Entonces… ¿Cuál es el problema? Me quedé en silencio, sin saber qué contestar. Esperaba que Jung me dijera algo más pero vi que ya no diría nada más. Ya no hay nada más que decir. Me sentí desconcertado. Quizá algo decepcionado. Quería que me dijera que todo estaba bien, que hiciera las cosas a mi manera y que así todas las cosas me irían bien. Pero no me dijo nada de todo esto. Se quedó, con su pipa en la mano, en silencio, con aquella mirada brillante. Intento salir, quiero imaginar, quiero salir de este laberinto boscoso. Cierro los ojos, pinto en el libro, una noche, una gran nevada, una tormenta de nieve cae con fuerza sobre los árboles centenarios. Un jinete cabalga a través del bosque, el cuerpo echado contra el lomo del caballo, cabalga con gran rapidez, su túnica verde ondeando en el viento helado. Tras él, otros dos caballeros. Le están persiguiendo. Me acerco a la escena. Ante él, sentado también en el caballo, hay otra figura mucho más pequeña. Lleva una pequeña túnica. ¿Un niño? Entre sus manos, abraza un gran libro, un libro demasiado grande para él. Pero es su libro. Los perseguidores quieren este Libro y el hombre de la túnica verde le ha rescatado, le ha salvado en el último momento. Si este Libro cayera en manos equivocadas… El Libro. ¿Qué es este Libro? Este Libro ha tenido muchos nombres, durante la historia. Todos lo quieren, todos quieren poner sus manos encima de este Libro. Se dice que solo unos pocos pueden realmente usar este Libro. Solo hay dos personas en el mundo que pueden hacérselo suyo: Mirduk y el niño, que se llama Féntar. Cualquier grimorio, cualquier libro de magia, cualquier varita, bastón, palidece en comparación con el poder que tiene este libro. Pero… ¿Cuál es el poder especial de este Libro? Permite a quien lo posee crear su propia magia, su propio Universo, su propia mitología, que se hace realidad solo con plasmarla. Mirduk tiene la mitad de este Libro, que está usando para esclavizar los mundos. La otra mitad la tiene Féntar, y

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Arrels

Vaig deixar d’escriure i vaig deixar anar un llarg suspir, un suspir d’aquests que se torben a sortir, que omplen l’habitació. Vull omplir aquesta habitació buida, arruïnada, amb la meva essència. Com un animal que vol deixar la seva emprenta. Prendre possessió. Mir les teulades plenes de verdet, que han caigut del sòtil després d’anys de deixadesa, de solitud buida. Cerco la teva emprenta, padrí, dins d’aquestes parets. Ahir vespre et vaig sentir, si, tot estava encara impregnat de tu, però només va durar uns moments. Tot just vaig prendre el llibre, la teva estela, el teu esperit, el teu fantasma, se’n va anar, es va disipar. I ara aquesta casa no és més que un esquelet sense ànima, un esquelet de maons i de pedres. Passen els anys i ja només queda, xiuxiuejant, l’estela de la teva veu, que de cada cop és més feble. I l’olor d’herba, de terra banyada, les mans plenes de solcs. Però més enllà d’això, no queda res més. Qualque rialla, caminant un davora l’altra, entre els arbres. Aprenent el cant dels aucells. Torn a respirar. Profund. L’aire d’aquest lloc, me’l vull fer meu, per després sospirar-te. Acarono el verdet del Llibre del Nou Sol. Surt el Sol. I, a propòsit, he esperat aquest moment. Amb la meva llengua. Mallorca. Arrels. Binificat. Llucmajor. Terra negra d’un origen. Em vull arrelar ben ferm, per així poder-me desarrelar amb orgull, sempre que vulgui. Transplant. Portes. Móns. Viatges. Un no pot crèixer sense el suport de la sang, de la sàlvia dels avantpassats.  Vaig obrir el Llibre per la primera plana. El llibre buit, pàgines blanques, pures, de neu. Hi ha un esperit dins d’aquest llibre. Et vull alliberar, desfermar. Passi el que passi. Amb la ploma en les mans, tinta blava a la punta, tanc els ulls i deix que l’esperit del llibre faci el que vulgui, amb la meva mà. He buidat tot el que sóc. Ara jo també sóc el Llibre, blanc, pur, despullat de tot. És un esperit femení que conec molt bé. Una al·lota d’ulls daurats que es mou dins l’interior de la meva ànima, la remou en remolins, neda, com una sirena, els cabells blaus, aigües d’un oceà que connecta els móns dins meu. I defora.  El primer dibuix és una Torre i un Arbre, junts. El centre del món. Axis mundi. No es només una torre. No. És un bastó de màgia, una vareta, una espasa. I les arrels d’aquesta torre, d’aquest árbre, son tan profundes que arriben al centre de la terra, al magma, a les cavernes plenes dels ecos de tots els mons.  Record com va esser. Primer vaig dibuixar una torre, però la mà, tota sola, va començar a dibuixar les branques d’un arbre que creixien de la torre. I en les branques hi havia la fruita més deliciosa que mai he pogut imaginar. I allà adalt, a lo més alt de l’arbre-torre, vas aparèixer, guaitant per la finestre gòtica, flamígera, els cabells blaus, trenes blaves cauen per tot l’abre, com cascades. I els teus cabells són aigua d’aquests infinits móns que tu habites, nedes i recorrs. I en el segón dibuix, una cosa molt extranya va ocórrer o així, al menys, encara me pareixia. Perquè ara no ho trob gens, d’extrany. En aquell temps, però, em pensava que m’havia tornat boig.  Mentre et dibuixava dins la torre, vaig sentir que em marejava i que la meva consciència, a poc a poc, caia, es precipitava dins l’interior del llibre.  I em vaig trobar a l’interior d’una sala ovalada. I tu, al·lota baixeta amb uns enormes ulls de mel, em miraves des d’avall, entremaliada. Un somriure breu, intens i aquelles dentetes d’animal petit. Asseguda sobre l’ampit de la finestra, les cames creuades. Cames pàl·lides, tornejades, plenes. Sexis.  La teva presència ho era tot, en aquell moment, ho omplia tot, m’omplia tot. Els ulls daurats ho il·luminaven tot, ho abraçaven tot i no deixaven cap racó sense besar, sense besar-me. Perquè els teus ulls besen millor que uns llavis. I tú em besaves. -On…sóc? La meva veu sona com si sonàs des de l’interior de la mar. Llunyana. Extranya. Aliena. -Ets a la teva torre. Fa molt que t’esper. -La meva torre… jo… he escrit molt sobre una torre. Sobre tú. Sobre aquest llibre buit – em vaig mirar la meva roba – I sobre la túnica verda que duc. Una i una altra vegada escric sobre les mateixes coses. Com si donàs voltes a un mateix centre. En cercles… -En cercles no – em va corregir ella, amb un somriure lluminós – En espiral. Pareix sempre el mateix, pero no ho és. -No record haver construït aquesta torre. Però, ara que ho pens… – em vaig corregir – Ho vaig escriure. Sí, he escrit sobre la torre. L’al·lota assenteix, en silenci. Jo continúo. -Vaig cremar les històries en una gran foguera. Ho he fet moltes vegades, en molts de móns diferents. I tú… – la miro, em submergeixo en els seus ulls de Sol – I tú sempre hi ets, allà. Em convides a fer-ho. Cremar les meves històries. Cremar el que és més important, per jo. Lo que alimenta la meva ànima. Qui sóc jo sense històries? Per què vols que les cremi? El somriure de la jove s’engrandeix. Ara engronça les cames, els seus peuets, com una nina petita, les galtes vermelles. Em mira des d’abaix, entremaliada. Treu la llengua. -Tú sempre ets qui ve. Jo mai t’he obligat a fer res. -Tú m’invoques. -Demana’t a tú mateix. Per què vols cremar les teves històries? Per què necessites el meu permís, la meva dança, per acabar amb elles? Et sents culpable? Miro cap a una altra banda, mig empegueït, mig indignat. -Estic…cansat de deixar les històries a mitges. -Per què, en comptes de cremar-les, no les acabes? -No me fa falta. Les tenc totes aquí, en aquesta torre. En aquest arbre. Les històries no han mort, no. Les seves cendres són l’adobament d’aquest nou món

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La Torre y el árbol

La Torre y el Árbol La hoguera de las historias.  Siempre de vuelta a la espiral de las mismas imágenes, de las mismas escenas, una y otra vez. Quiero salir, quiero liberarme de todas estas imágenes que me asaltan una y otra vez, una y otra vez. El bosque oscuro, nocturno, y esa gran hoguera donde arden miles de historias inacabadas que yo mismo escribí. Las cenizas servirán de abono para el Gran Árbol en el centro de este Mundo. Pero el Gran Árbol ya ha crecido.  Es, a la vez, Torre y Árbol.  ¿Cómo puede ser dos cosas a la vez? En este mundo de mundos, en este mundo maleable, todo es posible. Las cosas pueden ser muchas cosas, a la vez. Como el mundo de las hadas, de los Sidhe, miles de disfraces, de transformaciones. Pero la esencia. La esencia nunca cambia. Con esas manos, día tras día, noche tras noche, edifiqué mi torre. Piedra a piedra. Y en cada piedra grabé una Runa de esta nueva lengua. En cada piedra hay una historia, una canción, un portal. Una Realidad.  Árbol y Torre crecieron, juntos.  ¿Quién fue primero, el Árbol o la Torre? El problema del huevo y de la gallina. No hay torre sin árbol, y no hay árbol sin torre. Y en el pie de ambos, las cenizas de las viejas historias, de aquellos mundos que nunca terminé pero que ahora sirven de abono y de cemento para lo que ahora crece, sin límites, hacia ese nuevo firmamento bañado por ese Sol femenino, y por ese hombre lunar de ojos grises. Tsukuyomi y Amaterasu.  El hombre de la Luna es caprichoso, salvaje, nómada. Recorre los páramos, levanta y apacigua las mareas, enciende y apaga los corazones. La mujer del Sol es generosa, nos da la vida, es sedentaria. Recorre los cielos en su carro, su luz nunca mengua, su abrazo nunca se detiene. Somos nosotros, que en ocasiones intentamos zafarnos de ella.  Porque hay veces que queremos negar la luz, que queremos huir de ella. Hoy quiero medrar lejos de tu luz, en el cobijo salvaje y aullante de la noche, en el crepitar de la hoguera, en lo más alto de mi nueva torre, rodeado por una lengua que todavía desconozco, pero que aprendí en algún lugar, en algún tiempo, en alguna vida. Hoy necesito la soledad, encaramado sobre la inmensidad del Bosque que ha crecido desde el Centro de mi mundo: frutos del Nuevo Árbol, del Eje del que todo nace. Pero ahora solo veo un gran bosque oscuro que late con vida, con una vida fálica, extravagante. Siluetas, sombras, se mueven, crecen, se reproducen. Veo danzas en corros en algunos prados. Y, como respondiendo a la canción, las rocas crecen desde el interior de la tierra. Las siluetas se convierten en piedra. Piedras danzantes.  ¿Qué significa todo esto? El acto de abrir Portales. Abrir Portales a otros mundos que han sido cerrados por milenios. Quiero abrir los Portales y unir los mundos que han estado separados y aislados durante tanto tiempo. Hasta ahora, solo la ficción ha sido puente imperfecto entre mundos. La ficción y el arte. Pero la ficción y el arte aún tienen esa contaminación del mundo en el que estamos anclados. Ancla.  Quiero levantar el ancla y explorar mundos, de verdad. Quiero enloquecer. Quiero romper la cuerda que me une al puerto de esta Realidad y zarpar. Zarpar. Cabalgar. Abrir el camino. Con la Espada. Con la quilla de este barco. Cortar, atravesar los velos, la niebla que espanta al viajero. Luz en la niebla. Luz azul.  La luz de la magia. —- Si estáis aquí esperando una historia corriente, os llevaréis una decepción. No hay historia. Esto no es un libro, una narración, una vida, una línea, un camino. De A a B, de B a C. Conflicto, obstáculo, transformación. Aquí hay soledad, silencio, grillos, búhos. Poco a poco, estoy edificando mi nueva torre junto al árbol que crece, vigoroso, con la fuerza de mis cenizas. No sé aún absolutamente nada. Me paseo por la Sala Alta de la torre, la Sala Oval. Y con la Magia de la imaginación, todo está siendo dispuesto. Las grandes estanterías con libros, y el Octágono de Portales, los Ocho Portales, que llevan a los Nodos de la infinidad de mundos, fractales de historias que se expanden hacia el infinito.  A través de estos Portales me transformo y me convierto en quien debo convertirme. Máscaras, danzas, música, ritual. Después de ello, vuelvo a la torre, observo el mundo desde aquí y veo qué ha cambiado en él. Pues, tras cada viaje, el Mundo de mundos se transforma, crece, se expande. Así es cómo copulan los mundos entre sí. Mis mundos. La llave Había perdido la noción del tiempo. Fue aquella noche extraña. Todo había empezado con aquella grande y vieja llave. Una llave negra, cubierta de musgo. Sucedió durante una noche con mucho viento. Nunca supo si fue el viento o unas manos que tocaban a la ventana. Nunca lo supo. Pero fue eso lo que lo despertó. Bam, bam! Luego, un ruido metálico que cae al suelo. Y, le pareció, una distante risita. Se despertó con el corazón disparado. Le faltaba el aliento. No podía respirar. Todo se había esfumado. Todo. La noción de lugar, la noción de su propia identidad. Solo aquel ruido en la ventana. Y el viento. Eso era todo lo que existía. ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? Temiendo perder la razón, fue corriendo hacia la ventana. Con manos temblorosas la abrió, sacó la cabeza al viento, a la gélida lluvia. Y respiró con fuerza. Y fue aquella respiración. Sí, el efecto de aquella respiración. Todo volvió a él: su nombre, Finne; la casa de campo, de su infancia, a la que se había mudado el día anterior; su vida que se había desmoronado, la montaña de dibujos, cómics, historias sin terminar, agolpados en cajones y que se resistía a abandonar. Mantuvo la respiración durante unos segundos, como si

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