Poesia
“El Secreto de los siglos, de los Meyr, se encuentra en este árbol, en esta Torre. La Torre y el Árbol, unidos, como dos dragones que se entrelazan”. Sé que os gustaría que esto fuera una historia más lineal. Sé que mucha gente preferiría seguir leyendo acerca de este hombre, de este diplomático que se trasladó a vivir a este lugar, en esta región. ¿Qué pasó con él? ¿Descubrió este mundo paralelo, que ha sido relegado al olvido? Pero no es así como vienen las visiones. He subido a lo más alto de la torre y allí, sobre un Altar vacío, he empezado a jugar a las cartas. A las cartas que guardan mis historias. Sí, sé que en otros mundos paralelos quemé mis historias. Y de alguna forma eso es lo que hice. Pero quemar no significa destruir, necesariamente. Llevo dos décadas escribiendo, pero nunca termino lo que escribo. He abierto un sinfín de Portales. Y sigo abriéndolos. Es un laberinto de Portales sin fin. He encendido las ocho velas de las Ocho Runas maestras y, con su luz, veo ahora los Ocho Portales, sus contornos celestes, en la Sala Ovalada de la Torre. Pero un fuerte viento, gélido, ha soplado a través de las Ocho Ventanas y ha apagado todas las velas menos una. Y todos los Portales se han esfumado hasta solo quedar una Puerta, una sola Puerta, vacía, sencilla, rústica. Como en un Santuario Shinto, mis altares están vacíos, abiertos a la presencia invisible de lo Sagrado, que puede manifestarse en cualquier Dios o Diosa que quiera habitarlo. Lo mismo ocurre con mi Historia. Historia de historias. Agarro la bolsa mágica de los miles de Picaportes y dejo que mis dedos busquen la vibración adecuada, el Picaporte adecuado. Una vez encuentro el Picaporte, lo enrosco en la Puerta. Y abro. Y, entonces, mi consciencia se precipita en una historia, en un personaje, en un mundo. Y dentro de este mundo, hay muchas Puertas Secretas. Y siempre llevo encima los Picaportes, en mi pequeña bolsa mágica. Este es mi secreto. Tampoco es necesario volver a mi Torre-Árbol. Es uno de mis lugares predilectos y me encanta pasar mi tiempo aquí, en esta extraña Torre que está viva, encantada, repleta de misterios, de espíritus, que preside unos bosques cambiantes, que fluyen con las mareas de unos mitos que viven, que respiran. Pero tengo muchísimos lugares predilectos en los diferentes mundos, y todos ellos son tan misteriosos y enigmáticos como esta Torre. Porque estoy descubriendo estos mundos mientras escribo y dibujo en el Libro Verde, Liber Veritatis. Observo la Carta mágica que, en cualquier momento, puedo convertir en Picaporte que me lleva a un mundo que vibra de la misma forma. Pero, por ahora, prefiero observar la carta. El Árbol. Un Árbol con una miríada de frutos. Cada uno de los frutos es un mundo que cuelga. Algunos frutos son maduros y jugosos, otros son verdes, duros, aún por madurar. Y otros se están pudriendo y están a punto de caer. Hm. Interesante. Vuelvo a meter mi mano en la bolsa de las Cartas, de los picaportes. Saco la Carta. En ella aparece la palabra “Poesía”. Levanté las cejas. Poesía. ¿Qué mundo es este, de la poesía? ¿Qué tipo de Picaporte me llevará a la Poesía? La Poesía es como un manto de rocío que acaricia todos los mundos, que los une, que los conecta con labios, caricias, espadas, sexo y muerte. Y resurrección. Abro la Puerta. Poesía. Está nevando en el Bosque. Escucho el sonido de unas campanillas. El cabalgar de un animal. Dos ciervos aparecen tirando de un gran carro de dos pisos. En las riendas se encuentra este hombre de la túnica verde, su capucha echada sobre su cabeza. Se ha detenido. Espera que suba al carro. Subo la pequeña escalera que lleva al compartimento de arriba. Cuando entro, me encuentro a un hombre sentado, que escribe en un bloc de notas. Lleva un sombrero de copa del siglo XIX, está fumando en pipa. Su pluma lleva detenida en el mismo lugar desde hace mucho tiempo. Un agujero se ha formado en el lugar. Punto muerto. Se ha agotado la fuente de mi poesía. Uno no puede forzar la poesía, el arte, el flujo de los mundos que corren, que te abrazan o te matan. Rainer Maria Rilke levantó sus ojos del bloc de notas. Unos ojos grandes, tristes, intensos. Cerró el bloc de notas y suspiró, en un limbo que se encuentra entre el alivio y la frustración. Pero no es esa una frustración desesperada. Es ese suspiro de los escultores, de los ingenieros, que aún no han encontrado la Forma de la escultura o del edificio, pero que saben que, con paciencia, el momento aparecerá y todo se esclarecerá. Todo esto lo leí de su mirada. No me hicieron falta palabras. Nos miramos así, durante un tiempo, hablando sin hablar. Llegaste como un mensajero, como una divinidad, como Mercurio. Cuando entraste en el carro me hiciste despertar a lo absurdo de mi espera. Al agujero de mi bolígrafo contra el bloc de notas. Al entierro de lo que pretendía escribir. Uno no pretende escribir – dije – Uno siente la necesidad de escribir. No puede hacer otra cosa que escribir. Me lo enseñaste en “Cartas a un joven poeta”. No es mío. Es tuyo. Rilke sonrió. Las palabras son atemporales, mágicas, unen los siglos y los ponen del revés. Agujeros de gusano, viajes en el tiempo. Los científicos intentan encontrar una forma de viajar en el tiempo. Pero no tienen más que mirar las Palabras. La poesía. El arte. La música. Esas son las verdaderas máquinas del tiempo. Interesante. Oh, sí. Voy a añadir esto a mi antología poética y añadiré tu nombre. Las palabras son la verdadera máquina del tiempo. Sí, me gusta. Pero oh, las palabras. Hm. Están fuera del tiempo. Unen los mundos en su esencia atemporal, adimensional. No existe el tiempo en la infancia, porque cuando somos niños vivimos