Harpens Kraft

No sé si fue el café. O que tantas cosas habían pasado en tan poco tiempo. Pero no había manera de dormirme. Estaba tumbada en la cama, con los ojos como platos. Quizá no estoy acostumbrada a estar sin hacer nada, por la noche, que es cuando las oráculos tenemos más trabajo. Me extrañaba estar así, en silencio, mirando a aquella bóveda de cristal por la que se veían las estrellas. Aún me parece surrealista todo lo que me está ocurriendo. Desde la invasión todo ha pasado como un remolino. Me siento como una planta que, de repente, alguien ha arrancado de la tierra, pero parte de sus raíces se han quedado enterradas en el sitio. A solas en esta nueva habitación, en esta Torre mágica. Aún me parece como un sueño. Hace varias horas, después de nuestra primera lección, Eron me ha ofrecido una habitación para mí sola, una habitación muy grande y espaciosa, repleta de estanterías, libros, viejos cuadros, una chimenea, una cama grande de matrimonio y una gran terraza que da a un pequeño jardín. En esta Torre existen muchas puertas. Hay varias puertas en cada nivel, en cada altura. Mi puerta se encuentra en uno de los niveles más altos, cerca de los aposentos de Eron. A diferencia de la Puerta de los Pomos, que llevan a otros mundos, estas puertas son sólidas. No aparecen y desaparecen. Pero está claro que están encantadas, porque, cuando entré en esta habitación y ví el jardín y el bosque que se encuentra en sus lindes, obviamente supe que ya no me encontraba en la Torre. ¿O se trataba de una ilusión mágica? Eron solamente me había dado la llave, sonriendo. -Buen trabajo, Serla. Ha sido un día largo. Tienes que descansar. Estas son las llaves de tus nuevos aposentos. Siéntete como en casa y no dudes en preguntarme si tienes alguna duda. En otras circunstancias, si no hubiera estado tan agotada, habría abierto la puerta acristalada de la terraza y me habría puesto a explorar aquellos misteriosos jardines, laberínticos, y aquel bosque. Es lo que hacía yo en mis ratos libres, durante el día, a pesar de lo cansada que me sentía después de trabajar toda la noche. A pesar de mis ojeras y de mi cansancio, necesitaba mi par de horas de andar y corretear por los bosques cercanos a la aldea y a la colina. Muchas veces me quedaba dormida contra un árbol, junto al arroyo, o entre unos matorrales, con un libro abierto sobre mi pecho. “He vuelto a ver a Serla correteando con un libro”, decía una mujer en la aldea, con una mueca de desconfianza. La oráculo era intocable, cierto, pero era vista como una rareza, como una especie de bruja que todos respetan, pero de la que desconfían. Echo una ojeada hacia los libros en las estanterías. Me siento bien, aquí, rodeada de tantos libros. A solas, siempre a solas. Los libros, los bosques y yo. Inseparables. Nunca tuve amigos cercanos. Nunca pude tenerlos. No tuve tiempo para hacer amigos fuera del santuario y de la colina. Los niños de mi edad iban a la escuela durante el día y, cuando tenía que volver al santuario para empezar mi trabajo, era justo el momento en que los niños salían de sus estudios y volvían a casa. Por eso me volqué en los libros. Allí en las historias es donde encontraba a mis amigos, a mis compañeros. Nunca me sentí sola, con mis libros. Creo que fue leyendo libros en que empecé a pensar en eso que yo llamo desdoblamiento. Cuando escribo y dibujo, durante mis trances oraculares, me transformo en los personajes, en la gente, que aparecen en las historias. Se dice que esta es solo la prerrogativa de los oráculos, pero yo creo que cualquier libro es un Portal hacia otro Mundo. Los escritores, los artistas, son magos que abren Portales y, luego, los transforman en libros y cuadros, para que los demás participen de sus mundos, de sus visiones, y se conviertan en estos personajes, y se desdoblen y vivan vidas distintas. Mis pensamientos vienen y van, caóticos, sin un hilo claro, como si mi conciencia estuviera flotando en el Éter, y vientos de todas las direcciones me llevaran a lugares distintos. Es lo que les pasa a las plantas que han sido arrancadas, o a los dientes de león, que vivían su plácida vida florecida y, de pronto, el viento se los lleva lejos, muy lejos. Cansada del peso de aquellos pensamientos, pesan como una losa en el pecho, me levanté, encendí mi linterna y me la llevé conmigo, y fui hacia ese olor que amo, el olor a libro, un olor familiar que es el mismo en todos lados. Un olor que me calma, que me llena de serenidad. Era un pequeño laberinto de libros que se encontraba en el ala este de la habitación, que parecían reproducir el laberinto del jardín de fuera. ¿O era el jardín, que reproducía el laberinto de libros? Cuando me metí en el interior del pequeño laberinto, noté que cruzaba una especie de velo y que el laberinto se engrandecía. Otro encantamiento. Entiendo. Es más grande de lo que parece. Alzo la lámpara de aceite, con esa luz ténue, celeste, hacia los diferentes Libros. A pesar de que solo tengo 12 años, he leído cientos de libros. No he leído ninguno de ellos, pero no debería extrañarme: son de otros mundos, quizá. Pero lo que sí me extrañó es que tuviera la sensación de haber leído aquellos títulos en otra parte. Pero…¿Dónde? “La Orden de Lúne”, “El espejo quebrado”, “El Libro de los Cambios”, “La Espiral”, “El Maestro de las Cartas”, “El Rey de los Bardos”, “La Tierra de los Mil Poderes”, “El hombre de las mil máscaras”. ¿No os ocurre, a veces, que os da la sensación de que ya habéis leído un libro, por el título? Pues a mí me ocurría con todos ellos, mirara donde mirara. Quizá por costumbre

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El cafe

-¿Te gusta el café? Erla no se esperaba aquella pregunta. Acababa de amanecer y se había encontrado con Eron en el lugar que habían convenido: la pequeña buhardilla que se encontraba justo en la cúspide de la torre, bajo el tejado. En ella había una pequeña cocina sencilla, de baldosines blancos, con unos coquetos dibujos de plantas dibujados en ellas. Unos cuantos fogones y allí, en el fogón del centro, reluciente y con forma de mujer, como el ídolo de una diosa primitiva, una cafetera italiana (lo de “italiana” lo aprendió de él – “en uno de los mundos hay un país llamado Italia donde hacen el mejor café de todos los mundos). A Erla le gustó mucho aquella buhardilla, dos ventanas abiertas con cortinas blancas, una mesita en el centro, un par de sillas de color azul cielo. Desde la pequeña ventana se ve el mar y una ciudad con canales. Erla se asomó por ella y dejó que sus cabellos de color avellana se mecieran con la brisa. Huele a jardín y a bosque.Y a mar. -Vamos a empezar la lección – dijo Eron – Ven junto a la cafetera. Hace un día estupendo para la magia. Eron estaba de pie junto a aquella extraña máquina con forma de mujer. Tenía su mano agarrada al asa. Miró a Erla, con una sonrisa. Fue en aquel momento que le hizo aquella extraña pregunta. -¿Te gusta el café? -El café… – parpadeó, confundida – No sé qué es. -Oh, por supuesto. Mi memoria es terrible – Sacó una especie de reloj de su chistera y lo miró un instante – Claro, en este mundo no existe el café. Viajo a tantos que pierdo el hilo. Espera un momento. Abrió una puerta debajo de los fogones y de allí sacó un pequeño objeto con una manivela y un saco. Le dio el saco a Erla. -Ábrelo. Echa un vistazo. Y huele. Erla agarró el saco con sus pequeñas manos. Lo sopesó. Parpadeó, interrogante. Luego, deshizo el nudo de la bolsa. Abrió. Dentro se encontraba una montañita de semillas de color marrón oscuro. Metió su pequeña y respingona nariz en la bolsa (algo que siempre hacía con todo – las sacerdotisas siempre bromeaban con que siempre metía su naricita de roedor en todo) y olió. Arrugó la nariz. Eron la miraba con gran expectación, como si con ello se jugaran algo muy serio. -Huele amargo – volvió a oler, varias veces – Es un olor fuerte, pero me gusta. Es…tostado, intenso. Sin darse cuenta, lo había olido una tercera vez. Y sintió una especie de pequeño mareo, pero agradable, como si aquel olor se metiera en su cabeza. -¡Bien, bien! – Eron aplaudió tres veces – Si te gusta como huele, ni te puedes imaginar lo bien que sabe. Pero hay que hacerlo bien. La primera lección de magia será como hacer un buen café. -¿El café es…una sustancia mágica? -Todo en el universo tiene una semilla mágica dentro. El café no es una excepción. La cafetera, sin embargo, es la mejor metáfora que tengo para explicarte cómo funciona la Magia del Octágono. Ven, voy a enseñarte. Mira cómo lo hago yo. Luego, quiero que tú hagas un café por ti misma. ¿De acuerdo? -De acuerdo. Erla se había imaginado que empezarían las lecciones con un grimorio mágico de esos que pesan varios kilos, de esos que aparecen en esas historias acerca de magos, brujas y demás, que le gustaba leer desde pequeña. No pudo evitar cierto desconcierto en su mirada, pero a Eron parecía no importarle. El hombre abrió la maquinita con la manivela. -Mete el café en la máquina. Así, hasta arriba. ¡Perfecto! – cerró el recipiente – Ahora, mueve la manivela. Así, sin miedo. Mientras molía, Erla sintió que el aroma era ahora más intenso. Le gustaba sentir como aquellos granos se molían y se iban haciendo más y más pequeños, como arena. Sin darse cuenta, se había puesto a sonreír. -Te gusta. ¿Eh? -Si. No sé por qué. -El Éter mágico es como los granos de café, sin moler. Cuando queremos hacer una bebida de café, no es posible agarrar granos de café y meterlos en una cafetera, sin más. Hay que molerlo para que el agua pueda convertirse en bebida de café. Lo mismo con la magia. Cuando queremos hacer un conjuro, necesitamos Éter puro. Luego, lo invocamos, lo hacemos nuestro, y lo molemos con la Runa adecuada del Camino que queremos, aplicando la fuerza adecuada. -Entiendo. ¿Cuándo sabemos que debemos terminar de moler? ¿Crees que los granos ya son suficientemente pequeños? -Depende de la intensidad del conjuro. Cuanto más molido está el café, más fuerte es. Lo mismo pasa con los conjuros. -¿Y cómo se…muele, un conjuro? -Intención e Imaginación. Pero ya habrá tiempo para la práctica. Ahora quiero que entiendas cómo funciona todo. ¿Crees que este café necesita moler más? Erla miró el café molido con gran atención, los ojos medio cerrados, como si intentara descifrar una letra pequeñísima. -Sí, quiero molerlo más. Lo quiero muy, muy pequeño. Siguió moliendo, sin esperar que Eron dijera nada. Y lo hizo con más decisión y fuerza que antes. Concentrada. Él asintió varias veces, sin decir nada. Con una leve sonrisa. Cuando sintió que el brazo ya le dolía, se detuvo y observó aquel grano minúsculo. Olió, respiró con fuerza, llenó sus pulmones de aquel aroma. Tosió varias veces. Un humillo de café se levantó de la maquinilla. Eron también se puso a toser. Erla se echó a reír. -Ahora sí. Ya es suficiente. -De aquí saldrá un café que vas a salir disparada por la ventana, si te lo bebes. Tendré que atarte. -¿Te da energía? -Tiene un producto que te hace estar despierto. Como trabajo siempre de noche, no puedo vivir sin café. -¡Qué suerte! Ojalá hubiera yo tenido café en mis sesiones de oráculo. ¡Mira, mira! Ya te habrás fijado. ¿No? Erla se palpó sus grandes ojeras con ambos dedos. Odiaba sus ojeras, aunque

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El Octagono

Recuerdo una luz potente, dorada. Y había un silencio radiante en aquella luz. Iluminaba toda mi alma de un gozo que se expande, en todas direcciones. Estoy flotando, inmersa en esta luz, pero esta luz no se encuentra fuera de mí. Brota desde mi interior. Brota en todos nosotros. En todos los Soñadores. Y por esa luz nos conocemos, por ese silencio radiante. Luego, el trino de los pájaros y un viento frío, puro, y la luz empezó a hacerse más ténue. El fuego, el aire. El ruido de una pequeña cascada que cae en un manantial, en algún sitio. Y, finalmente, el tacto de algo suave bajo mi espalda. Y una respiración acompasada, que viene de algún sitio cercano.  Abrí los ojos y miré a mi izquierda.  En una silla, a la vera de la cama, un hombre joven, de pelo largo y negro recogido en una cola, y barba rala, está durmiendo con la cabeza gacha, los brazos cruzados. Lleva una túnica de color esmeralda, en sus bordes una serie de runas doradas. Dos pronunciadas ojeras bajo sus ojos, no muy distintas a las mías.  Detrás de él se encontraban unas grandes estanterías repletas de libros y objetos de toda índole. Sobre una mesa, decenas de libros abiertos, varias tazas de café, escritos, dibujos, mapas. Un peluche viejo y desgastado de un dragón. Y un bonito laúd. Del techo colgaban unas bonitas lámparas que despedían una luz suave, de color celeste, como si flotaran en el aire. A su derecha, entonces, escuchó una voz.  -Querida. ¿Cómo te encuentras?  Una voz susurrante, de mujer. Me sobresalté. Me giré. Una mujer anciana me miraba con ojos grandes, de color avellana, mientras bordaba, con lana, un bonito jersey de color violeta. -Uh… – me palpé los muslos, el pecho, el rostro. Ahora iba vestida con un pijama de lino – Bien. Estoy bien pero… ¿Dónde…estoy? Apenas me salían las palabras, como si no hubiera hablado desde hacía mucho tiempo.  -En la Torre del Señor Eron – me dijo, con una sonrisa – Lleva tres días sin apartarse de tí, cuidándote. Ha caído agotado.  -¿Tres días? ¿Qué…me ha pasado? -Has traspasado el Velo. Tuvo que hacerlo, para sacarte de aquel lugar. Yo tenía mis dudas, pero él estaba convencido que tú eras una Soñadora. Y que sobrevivirías. -¿Traspasar el Velo? -Sí. En otras palabras: acabas de salir de tu Mundo. Pero no pongas esta cara, querida mía. Siempre puedes volver – acercó la silla a la cama y puso sus arrugadas manos sobre las mías – Qué guapa eres. Y esos ojos de color miel. Oh, sí. Son ojos que son capaces de mirar lejos, muy lejos. Y llenos de un coraje latente. El Señor tenía razón. ¿Quieres algo? Estarás hambrienta. -Oh, no hace falta, yo… Pero, en aquel momento, un quejido sonó de mi estómago. No pude disimularlo.  -¿Puedes levantarte? Ven. Dame la mano. No te preocupes, soy mayor, pero aún me queda algo de fuerza. Le di la mano y, con firmeza, me ayudó a levantarme. Me encontraba bien. De hecho, mejor que nunca, como si todo el cansancio de mi vida, que era mucho desde que sufría de insomnio (los oráculos trabajamos muchas veces de noche) se hubiera evaporado. Ella asintió, sin dejar de mirarme. -Oh si, eres muy fuerte. ¿Cómo te llamas? -Me llamo Erla. Un placer – sonreí, las mejillas sonrojadas. -Yo soy Renne. ¿Me ayudas a meter al señor Eron en la cama? No te preocupes, no va a despertarse. Ambas cogimos el cuerpo de aquel hombre y lo metimos en la cama. Él siguió respirando, con aquel ritmo acompasado, el sueño profundo. Olía a hierbas, un olor agradable. La anciana lo tapó con varias mantas y le quitó las botas, con destreza, como si estuviera acostumbrada a aquel trabajo. Una vez terminó, me dijo: -Ven, te enseñaré la terraza. Hace un día estupendo. —– Salimos de aquella habitación por una puerta lateral. Daba directamente a una bonita terraza, abierta hacia el claro de un bosque. Un claro repleto de flores azules, que ascendía levemente hasta terminar en la Torre, que se alzaba en el centro. Detrás de la arboleda, más allá, se escuchaba el correr del agua. Una cadena de montañas azules, lejanas, se entreveían en una especie de bruma. La anciana me invitó a sentarme en una cómoda silla y me rogó que esperara, que me traería algo para comer. De algún sitio secreto que yo no podía ver, apareció un gato negro. Se puso a ronronear en mis piernas, subió a mi regazo y me dio empujoncitos en la nariz, con su hocico. Luego, se hizo un ovillo y se quedó dormido, entre ronroneos. Lo acarició. En el santuario siempre estoy rodeada de gatos. El gato es uno de los animales sagrados de la Diosa. No puedo dormir o calmarme si no tengo un gato al lado, así que, para mí, aquella llegada del gato, fue como un bálsamo.  Mi corazón también ronronea. Cuando la anciana volvió, con su paso lento, con su bandeja con platitos de comida, pastas, dos tazas y una tetera (insistí que quería ayudarla, pero ella no quería que yo me levantara – eres nuestra huésped!), se quedó mirando la escena: yo y el gato. Con sorpresa. -¡Increíble! Es la primera vez que veo a Titto tan cariñoso – colocó la bandeja sobre la mesa, sirvió el té y se sentó – No se pone ni siquiera sobre el señor Eron, y es su gato. No suele mostrarse muy a menudo. -Me gustan mucho los gatos. -Come todo lo que te apetezca, no seas tímida. Tenemos comida de sobra. Él siempre trae comida de sobra, a pesar de que vive solo con su gato. -¿Solo? ¿Tu no vives aquí? -Yo vengo a visitarlo, de vez en cuando. Porque es un desastre y no me fío de él. Es muy bueno, el señor Eron, pero es… – se echó más te y se quedó mirando la superficie de la

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Oráculo

Erla se detuvo ante la historia que se estaba desplegando delante de ella. Desde que el carro se había vuelto a poner en marcha en medio de la noche, escondida entre aquel montón de cajas, bolsas y cofres, había aprovechado la luz de la débil linterna para escribir y dibujar. Como siempre le ocurría, al principio se había sentado, en posición meditativa, y se había vaciado de todo pensamiento y emoción. Para recibir la inspiración. Para convertirse en el recipiente de una historia. No le costaba nada hacerlo porque, antes de la invasión, había tenido que vaciar su mente, a diario, para conectar con la madeja de los hilos del destino. Uno nace siendo Oráculo, no se hace. Cuando a los cuatro años había empezado a ver, con su ojo imaginativo, los diferentes sucesos del mundo antes de que ocurrieran, y los plasmara en dibujos y escritos que estaban demasiado bien elaborados para ser suyos, todos lo supieron: es la reencarnación de la anterior Oráculo. Entonces, la separaron de los demás niños y la internaron en el Santuario de la Colina Hueca. Y allí, después de una complicada iniciación, empezó a hacer de Oráculo para todos los que lo requerían. “Vacía tu mente, tus emociones, tus recuerdos. Todo. Aquí no eres nadie, solo un recipiente. La Diosa utiliza tu cuerpo para hablar por tus labios”. Ahora tenía 12 años. Y era la primera vez, desde la invasión una semana atrás, que no tenía que ponerse la venda en los ojos y luego, en un arrebato imaginativo, plasmar en sus escritos y dibujos los posibles futuros que veía para los hombres y mujeres que llegaban al santuario. Le resultaba extraño dibujar y escribir con los ojos desvendados. Desde pequeña era capaz de ver, con el Ojo Invisible, lo que dibujaba y escribía. Ahora, con los ojos abiertos, aquel papel en blanco, y lo que escribía y dibujaba en él, le parecía falto de vida, de alma. Como si se hubiera desconectado del flujo imaginativo. Pero sin la venda. ¿Qué voy a hacer? La venda es lo que me da el Poder de Ver. La venda mágica, heredada de generación en generación, entre las diferentes oráculos, tiene dibujados los Dos Ojos de la Lechuza, la enviada de la Diosa de la Profecía.  La noche de la invasión, en que habían tenido que huir por el pasadizo secreto de la Colina, ella había perdido la venda. No se lo había dicho a nadie. Se sentía culpable. Ahora, escondida entre la mercancía del carro de aquella pobre familia ambulante de mercaderes, se sentía sola y perdida. En los primeros días de viaje, trató de vaciarse, de recibir instrucciones, visiones, de la Diosa, pero nada venía a su mente. Era como si algo en el mundo se hubiera secado. O, más bien, como si un Portal se hubiera cerrado y ahora esas visiones estuvieran encerradas. ¿Quién ha cerrado el Portal? ¿Dónde está la llave? Quiero saber qué va a pasar con Eryn, con las Hermanas, con el Pueblo, con el País. ¿Por qué me has abandonado, justo ahora? No, perdona por mis palabras – miró hacia sus manos, entre lágrimas – Es mi culpa. Nunca tuve que haber perdido la Venda Sagrada. Lloró por primera vez en su vida. Ella, que era la máscara impertérrita del Oráculo, los ojos de la Diosa. No se le permite llorar a la poseedora de la venda. Porque los ojos que lloran son débiles y pierden la Visión, se le había dicho, en la Iniciación. Y cuando se abrieron las puertas de las lágrimas, fue como si un dique se hubiera roto y todas las aguas acumuladas por lluvias secretas (ella no sabía nada, de lluvias, de lágrimas que caen, en secreto, y que no llegan a los ojos), siglos de lluvias que no tienen dónde fluir, se hubieran desatado, por fin, cayendo por los secos valles, montañas, desiertos. Lagos y mares. Y cuando dejó de llorar, volvió a mirar la página en blanco. Pero allí, a través del papel, vio algo nuevo. Su propio reflejo. Era ella misma. Pero sonreía, con una sonrisa enigmática. Y aquel reflejo de ella misma cerró los ojos. Y bajo los párpados, vio el dibujo de dos ojos de lechuza, bien abiertos. Sin perder un momento, dibujó lo que veía. Y cuando terminó de dibujarse, los dos ojos de lechuza cerrados y aquella sonrisa enigmática, arrancó la hoja del cuaderno y se guardó el dibujo en su pequeña bolsita, la bolsita que la vieja Geri le había regalado años atrás, el amuleto del que nunca se separaba. Era curioso. Perdió la venda, que era su sustento, algo que una Oráculo no debería perder, pero el amuleto…el amuleto aún seguía allí. La bolsita con el hada. Una espada en una mano. Y, en la otra, una llave.  La llave. Cierro los ojos. Y en mis labios, sin querer, se dibuja una sonrisa. Sin querer. Y en mis párpados, los dos ojos de la lechuza se abren. Y tú, oh Diosa, sonreíste aún más y, sin palabras, me dijiste. ¿Lo ves? No necesitas una venda para ser tú misma. No necesitas una venda para ser tú misma. Y me desdoblé. Y, mientras escribía y dibujaba, me olvidé de mí misma. Y empecé a ver mundos extraños, muy diferentes al mío. Hay un joven que da golpes con sus dedos en una máquina mágica repleta de letras. ¿Qué tipo de magia está produciendo? En un rectángulo, una gran luz blanca. En su interior, las palabras se suceden, aparecen de forma mágica, de la nada. Oh, ya entiendo. Él las está escribiendo con esos dedos rápidos, como si tocara un piano. Veo un hombre de mirada triste, pero penetrante. Escribe una historia. Él también es un recipiente de historias, de visiones, como yo. Pertenecemos a la misma raza, a la misma Orden. Compartimos la misma esencia.  Está escribiendo acerca de mí. Me está viendo, al mismo tiempo que yo. Nos vemos desde mundos diferentes y nos

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La lechuza

Hoy me sucedió algo gracioso. Ayer estuve pintando, con mi tablet de dibujo, un nuevo dibujo que se llama “Forest girl” en el que aparece una joven desde el interior de la hierba, como si hubiera nacido de ella, como si perteneciera a la hierba, al bosque. Pinté los cabellos de color verde para que se mezclaran con el verde de la hierba a su alrededor, a propósito: son sus cabellos, en realidad, hierba? O es la hierba sus cabellos? Sea como sea, al volver hoy al dibujo, me encontré que el color había cambiado. Ahora sus cabellos ya no eran verdes, sino azules. Casi pegué un respingo en la silla. ¿Cómo es posible? Estuve media hora tratando de encontrar cuál era el problema. Es el programa de dibujo? El ordenador? Soy yo que me estoy volviendo ciego con ciertos colores? Ya me preguntaba todo tipo de cosas. Era la segunda vez que me pasaba. ¿Recordáis lo del color violeta, de la joven que toca la guitarra, en la guitarra encantada? Pues lo mismo. Entonces, se me ocurrió que había estado usando un bloqueador de luz azul llamado “Flux”, para evitar dañar los ojos por la noche. Lo volví a encender y…voilà! El azul desaparece y ahora es verde, tal y como creía haber pintado la hierba y los cabellos. Eso me hizo pensar, reflexionar. Ajá. ¿Y si existe un filtro, un velo, en el mundo, que nos impide ver una Realidad más extensa, con nuevos colores que hemos olvidado que existen? Pero no solo con nuevos colores, sino con todo tipo de cosas que, ahora, por culpa de este filtro, no somos capaces de ver. Creo que la forma que tengo de escribir, aquí, en ese torbellino que me muevo, entre la “realidad” y la “ficción”, es la forma que tengo de quitarme el filtro. Sí, estoy anclado en este mundo desde donde escribo con el teclado, pero cuando me desanclar y entro en las historias, veo infinidad de nuevos colores y un mundo de mundos que fluye de forma mágica, como un fractal, un laberinto de puertas y portales, de caminos, de realidades interconectadas. Allí es cuando me doy cuenta que he salido de ese filtro, de ese velo que algo o alguien nos ha impuesto. Es, como “flux”, como ese programa que uso para bloquear la luz azul. Algo o alguien está usando ese filtro para que no seamos capaces de ver más allá de lo que estamos acostumbrados a ver. Recuerdo que tuve un sueño, hace tiempo, acerca de los colores. En aquel sueño aparecían unos prados enormes y, en medio de los prados, una especie de islas o colinas, no recuerdo bien, repletos de flores y de nenúfares y de colores que no somos capaces de percibir en esta realidad. Recuerdo lo que sentí: esos son los colores reales que no somos capaces de ver normalmente. Era como si un filtro se hubiera retirado y ahora viera los colores como verdaderamente son: estaban vivos, latían de vida, tenían alma, y se desplegaban ante mí con una variedad que no existe aquí. Es imposible describir esa variedad. Es algo que solo puede experimentarse. No es que hubiera “más” colores. No es exactamente así. Era la forma que tenían de desplegarse, lo que era totalmente diferente. Cada color revelaba una miríada de variaciones, como un fractal, pero esas variaciones se reflejaban en los otros colores de forma armoniosa, hasta crear un calidoscopio que llenaba toda la naturaleza, y mi corazón. Porque no había una separación entre la naturaleza y yo mismo. Yo también estoy hecho de esta realidad invisible, yo también estoy hecho de muchas cosas que soy incapaz de ver, por culpa de este filtro. Y tú también. Cuando conecto con estos diferentes mundos a través de la Imaginación, es la forma que tengo de eliminar el filtro. Solo la Imaginación (la Espada que atraviesa el velo, el fuego que lo incendia) es capaz de penetrar lo que parece impenetrable. Agarré tres cartas de la bolsa. De nuevo las sincronicidades. Dos de ellas se refieren a círculos de piedra y a piedras sagradas. La tercera, a una joven bruja que se dedica a dibujar con su tablet de dibujo las “constelaciones invisibles”. Os parecerá poca cosa, pero a mí me parece increible que, de los varios miles de cartas que tengo, aparezcan dos cartas que hablan de círculos de piedra y otra que hable de una tablet de dibujo, justo hoy, que tuve que pensar en la tablet por lo del filtro. Creo que tengo, a lo sumo, dos historias donde aparece una tablet de dibujo, de las 600 que he recopilado, sin hablar que, en el resto de cartas, creo que no aparece ni una sola vez. Está claro que cuanto más uno se fija en las sincronicidades, éstas tienden a ocurrir más a menudo. Es también una especie de filtro. Cuando estamos ciegos a las sincronicidades, éstas parecen presentarse con menos frecuencia. Pero lo que pasa, realmente, es que estamos ciegos a ellas. Ocurren a todas horas, pero no nos damos cuenta. Porque vivimos inmersos en el filtro del materialismo, de la causa y efecto, de la ciencia, del racionalismo. Un círculo de piedras en el claro del bosque. Una joven camina con las manos en los bolsillos, ligeramente encorvada. Con una mano lleva la linterna de su teléfono móvil. Ya hace un tiempo que se ha ido el Sol, pero aún los diferentes rojos y violetas del crepúsculo. Es su hora favorita. Venus brilla con esa luz potente pero, a la vez, tierna. Exaltada, apasionada, melancólica. Junto a la luna. La chica se detiene en el centro del círculo de piedras. Ahora, bañada por la luna en el centro del círculo la vemos mejor. Una chica delgada, de facciones delicadas, ojos grandes pero medio cerrados, como si tuviera sueño (su mejor amiga siempre bromea que parece como si nunca terminara de despertarse) y unos cabellos de color avellana, haciendo juego con el

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Un mundo mágico

A los cuatro años, cuando los niños de tu mundo aún están por abandonar la guardería, los niños de mi mundo atienden a su primer Gran Examen, el examen más importante de sus vidas. Lo llaman el gran Embudo, porque solo el dos por ciento de niños lo pasa de forma satisfactoria. Es un examen para determinar quién puede ser mago y quién no. Quien tiene las habilidades y quién no. Cómo se lleva a cabo el examen es algo engorroso que no tengo ganas de describir con detalle, pero no se trata de escribir nada. Son diversas pruebas, sencillas, para determinar las habilidades en bruto de cada niño. Capacidad para ver el futuro, para desdoblarse, para hablar con animales, seres y espíritus de otros planos, para curar, para atacar y defenderse, para leer mentes, viajar con la mente a otros planos y lugares. Para crear tulpas, homúnculos, egregores, con solo el uso de la voluntad. Capacidad para entrar en trance, para convertir los sueños en sueños lúcidos. Si os parece excesivo todo esto para un niño, estáis en lo cierto. Lo es. Pero lo debe ser. Porque la vida de un mago está llena de exámenes, de pruebas, de peligros. El niño tiene que pasar por un bautismo de fuego lo más pronto posible. Casi siempre sucede que los niños que carecen de suficientes habilidades, son descartados inmediatamente. Sus mentes son limpiadas y son devueltos a sus padres en la denominada “Ciudad de Abajo”, como si nunca nada hubiera sucedido. Cuando un niño pasa el examen de forma satisfactoria, el niño es acogido en la “Ciudad de Arriba”. En otras palabras, la Ciudad de la Magia. Las familias de los niños son también acogidas. Si las familias provienen del mundo de los no-iniciados, el mundo de abajo, a esas familias se les aplica un conjuro que se llama “la rotura de lazos”. La rotura de lazos, en otras palabras, significa borrar de la memoria de la gente la existencia de esta familia, para siempre, como si nunca hubiera existido en el Mundo de Abajo. Como en la extrema mayoría de las veces los niños de los magos heredan sus poderes, la rotura de lazos es muy rara. Solo ocurre con esa minoría de niños, hijos de padres “normales”, que han pasado el examen. Os preguntaréis por qué el examen es para todos los niños, si, total, la inmensa mayoría de niños de familias no-iniciadas no va a superarlo. Es sencillo. Los poquísimos niños que nacen con habilidades mágicas de familias de no-iniciados, suelen tener habilidades muy potentes, mucho más que el resto. Es una de las grandes paradojas. Como si, de repente, toda la magia que no se ha manifestado en la familia, recayera en el niño. Es por ese motivo que, normalmente, estos niños suelen llegar muy lejos y son la diana de la envidia del resto de niños. Y también de la admiración. Son los niños más codiciados. Los magos-guía los buscan como si buscaran perlas en medio del barro y de los excrementos. Una flor de loto que crece en el estanque más sucio y más inesperado. Son los míticos inciadores de los linajes mágicos. Todos los linajes empezaron por magos hijos de no-iniciados, que se “crearon” a sí mismos. Pero no entraré en más detalles en esta cuestión. Sigamos. ¿Qué sucede después de superar el primer examen y de ser llevados a la Ciudad Alta? Los niños pasan una década aprendiendo la magia elemental de los Ocho Caminos. Ese aprendizaje se hace a través de iniciaciones. Las lecciones teóricas no se diferencian mucho de las lecciones en las escuelas de los no-iniciados. Donde las cosas cambian es en las sesiones de práctica, donde los niños deben practicar la magia en situaciones que, para alguien externo, le parecería totalmente desproporcionada y peligrosa. Por ejemplo, en el Camino Dimensional, se enseña a los niños a entrar en contacto, mediante la Evocación, con espíritus de otros planos. Los profesores-guía tienen diferentes formas de proteger al adepto y de minimizar los daños que puedan ser provocados de una mala evocación, pero el peligro nunca se elimina del todo. La magia es impredecible, sobre todo si se realiza de forma incorrecta. Desde pequeños, los niños iniciados se acostumbran a recibir un cierto daño psíquico y físico, que los hace más fuertes. Es algo que viene con el aprendizaje de magia. Es como pretender ir a la guerra, en las lineas de combate, y pretender no recibir daño alguno, aunque ese solo sea emocional. No es lo habitual, pero en ocasiones los niños pueden resultar heridos de gravedad, recibir daño psíquico irreversible o incluso morir. Pero lo normal es que, con la guía adecuada, los niños lleguen al décimo año preparados para pasar su siguiente gran Examen, que los especializará en su correspondiente Camino. Dependiendo del tipo de habilidades, cada niño suele ser más bueno en un Camino que en otro. Eso es cierto para los humanos no-iniciados, en general, y también se aplica a los magos. En ese examen se determina la especialización de cada mago, y según el Camino que se le asigna al mago, éste se marchará a una de las Ocho Órdenes, que se encuentran en las Ocho regiones del mundo, los Ocho Reinos mágicos. Estos son los Caminos Mágicos de cada Orden, que conforma el Octágono: -Camino Creativo-Camino Dimensional-Camino Profético-Camino de Sabiduría-Camino de Transformación-Camino de Naturaleza-Camino Sensual-Camino de Psyché Luego, le sigue una década más de iniciaciones, desde los 14 hasta los 24 años, donde aprenden todo lo que tiene que aprenderse de su Camino correspondiente. No voy a entrar en detalles ahora, porque estas iniciaciones son largas y muy complejas. Cuando terminan su aprendizaje, entonces se convierten en la élite de sus respectivos mundos, ya sea de forma directa (magos de reyes que ni siquiera necesitan esconderse de su rol) o de forma indirecta, con poder tras la sombra. Porque otra cosa que se les enseña a los niños desde los 4 años, es

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La guitarra encantada

La joven tocaba la guitarra en la posada, sobre el escenario, sus bonitas piernas cruzadas. Cantaba en aquel idioma que ya apenas se hablaba y que yo había aprendido durante varios años. Era un idioma que había sido, antaño, el idioma de los bardos y de los trovadores, el idioma de la poesía, del arte, de las canciones. El idioma en el que todos recitaban las canciones y cantaban, incluso en los continentes más alejados. El idioma perfecto para el canto. Pero ya apenas nadie se fija en la belleza de este idioma. La gente escuchaba, embelesada, la voz de la joven, por su belleza y su timbre. Pero no iban más allá. La esencia de la Canción. Hay algo escondido en esta canción. Sí, bajo esa letra tan típica que, quizá solo yo y la bardo, entre todos los presentes, conocemos. Un amor prohibido entre dos familias rivales, algo que parece ser universal. La separación de los amantes, un encuentro furtivo en el bosque, con máscaras. Luego, se descubre todo. Separación. Reyerta. Final trágico. Conozco bien esa historia, así que no me costó desconectar. Hay algo escondido bajo ese velo superficial, bajo esa máscara, bajo esa letra. Existe otra letra, otras palabras, otra Canción debajo de la Canción. Oculta. Gleiss’an aris esselOrenn i’dar i rísGa’del, issal, farísirunn y less y doni-el! Una sonrisa. Un solo de guitarra con esos dedos delicados, blancos como la nieve. Los ojos cerrados. Lleva cantando con los ojos cerrados desde que empezó esa canción, desde que empezó a cantar en este idioma ya casi extinguido. Su idioma. Su idioma ancestral. Y sé que está viendo cosas que los demás no pueden ver, cosas que no puede explicar con palabras. Quizá porque solo se pueden expresar en una Canción. Antaño, si, mucho tiempo atrás, en los Días Luminosos, la gente no hablaba.Cantaba. En este idioma.Este idioma nunca fue un idioma hablado. Es un idioma que nació para ser cantado.Exclusivamente. Nos lo enseñaron los Seyr. Los Seyr nos enseñaron a cantar y expresarnos con música, porque esa es la forma en que se comunican. No es que siempre canten, pero es su forma favorita de comunicación. No se hablan directamente. Cantan. Y, con su canto, todo crece y se manifiesta. Todo se transforma, cambia, fluye, danza y hace el amor. Y luego vuelve al origen. Ríos que corren en sentido contrario, ríos que fluyen hacia los manantiales que los vieron nacer. El mar suspira por volver a las montañas y a los valles. Y a los bosques. Porque todo nació del Bosque. Incluso el Mar. Y me dí cuenta que esa Canción trataba sobre esto. Sobre los Viejos Días olvidados, cuando aún le cantábamos a todo. He atravesado el Velo y escucho ahora la verdadera letra. Sé que nadie más puede escucharlo. Excepto ella, y yo. Abrí los ojos puesto que, sin querer, también, como ella, los había cerrado. Y vi que su guitarra relucía con una luz púrpura, intensa. Y, por alguna razón extraña, sus botas también. Era una luz casi cegadora. Miré a mi alrededor. Por las expresiones nostálgicas, perdidas, de los presentes, no parecían haberse percatado de aquel fenómeno. Entonces, la joven, como yo, también abrió sus ojos. Y, durante un breve instante, brillaron con una luz dorada y penetrante. Me miró. Me desnudó. Supo quién soy yo tras la máscara, tras el Velo. Nos reconocimos. Dos Soñadores. Terminó la Canción. Aplausos, sonrisas cómplices, cabezas que asienten. Algún abrazo, algunas lágrimas. A pesar de la guerra y del sufrimiento, las Canciones aún son capaces de provocar esas reacciones. Gente con cicatrices, heridas, vendajes. Espadas aún resecas de sangre reciente. Padres que han perdido a sus hijos. Hijos que han perdido a sus padres. Incendios, violaciones, torturas. Dolor, rabia, venganza. Toda esa gente hierve en las aguas turbias de esta guerra y, aún así, aquella vieja Canción, que yo sabía que contenía otra Canción, había llegado al corazón de aquella gente. Y, entonces, lo comprendí. Por alguna razón que aún no comprendía, ella no podía cantar directamente acerca de los Viejos Días. No hace falta. Ella obra su magia de la misma forma. Magia. Ella siguió cantando canciones en el idioma común, pero yo, yo necesitaba meditar sobre un verso. Y tenía que darme prisa. ¿Por qué tengo prisa? Algo me dice que esta noche algo va a pasar y necesito averiguar el significado de un verso que ha quedado en mi memoria. Un verso que ella ha cantado. Pagué la cuenta y, entre la muchedumbre, me escurrí hacia la habitación que yo había reservado. Salí a la terraza, encendí un candil, me encendí la pipa. Y escribí, con mi pluma celeste, en el Libro Verde, esas palabras: Gleiss’an aris esselOrenn i’dar i rísGa’del, issal, farísirunn y less y doni-el! Mi mente científica, racionalista, trató de dilucidar el significado de aquellas palabras. Superficialmente, su significado no parecía gran cosa. Aproximadamente, esa era la traducción: Sígueme,cruzaremos el puentea través del arco irisy al otro lado construiréesta Casa para los dos! ¿Qué significa esto? Era el único verso que parecía no tener relación con aquella simple letra de amor prohibido. De pronto, el hombre le había declarado su amor y la intención de “construir una casa al otro lado del arco iris”. ¿Qué significa esto? – escribí, en el Libro, con toda intencionalidad. El Libro me respondió. Y yo escribí su respuesta. Por culpa de la persecución, el idioma Eryn tuvo que esconder el verdadero significado de sus palabras. Se crearon dos formas de entender las palabras, una, llamada “exotérica”, superficial, y la otra, esotérica, el verdadero significado de la palabra. Observa lo que escribiste hace varias semanas, en este mismo Libro. Ya averiguaste el significado de una de las palabras de este verso. Gleis. Esa era la palabra. Sí, ahora me acordaba.Hojeé el libro y llegué a un poema que escribí no hace mucho, a mi vuelta de Japón. Estaba en inglés. Aquí reproduzco varios fragmentos relevantes a esa palabra concreta (si queréis leerlo

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Vino de octubre

A través de la ventana, observé con mirada cansada, pero satisfecha, los nuevos campos relucientes bajo la luz de la Luna. Hace poco menos de tres semanas, todo esto era una maraña de maleza y de malas hierbas. Ahora, hemos sembrado todo tipo de verduras, varios árboles y arbustos frutales, parras. Allí, en el centro, como protegiéndolo todo, se encuentra el pequeño robledal y el pozo. Ha llovido todo el día y ahora es ese mágico momento en que las nubes, por fin, se alejan, dejando una naturaleza que respira, satisfecha, preñada. Una respiración acompasada.Detrás de mí. Hay en esa respiración la tranquilidad, el equilibrio, el orden salvaje de la cosecha, llena de vida. Ereia hace tiempo que está dormida. A diferencia de mí, es una chica de amaneceres, de días soleados, de trigales, bailes, violines. Observo uno de sus bonitos pies que sobresale de las sábanas. Llevamos varios días durmiendo juntos y me he dado cuenta que siempre termina con los pies fuera de las sábanas, como si quisieran respirar. Otoño. Nos conocimos dos semanas atrás, en la gran fiesta del vino. Ella, junto con otras chicas, prensaban las uvas con los pies, en una especie de danza. Había sido todo una cadena de casualidades. O, más bien, sincronicidades. La vieja casa de mi abuelo está alejada de los pueblos, en un valle entre montañas donde ya los viejos vecinos no tienen fuerzas para llevar una vida de campo. Los jóvenes todos se marcharon a la ciudad. Y casi toda la gente mayor han sido sentenciados a las residencias de mayores. Unos pocos resistían, pero dudo que les quedara mucho tiempo. En fin, ya me estoy yendo por las ramas. ¿Por dónde iba? Oh, sí. Pies.Los bonitos pies de Ereia prensando las uvas, el fuerte y embriagador olor a uva prensada. Me sonreíste, con esa sonrisa que no quiere nada, mezcla de alegría y travesura. Todas las preocupaciones y pensamientos, la madeja de pensamientos que me invadían, se evaporaron como se evaporan los efluvios de la uva, en el viento del otoño. Llevaba ya tres horas recorriendo la región en la vieja camioneta que había pertenecido a mi abuelo (el olor a tierra, a ropa vieja, a boina, a sonrisas y trinos de pájaros, aún puedo oler la presencia de mi abuelo – cuando ya las imágenes se vuelven borrosas, solo el olor de las cosas permanece), tratando de encontrar un lugar donde comprar utensilios, semillas, provisiones. Lo que sea. Para empezar con el trabajo en la vieja granja abandonada que ya no era granja, sino selva. En los varios pueblos donde estuve, todas las tiendas estaban cerradas. ¿Era por abandono? Lo que estaba claro es que me estaba quedando sin gasolina y, en aquellos andurriales, no había gasolinera alguna. ¿Cómo reposta aquí, la gente? Por suerte, como ya me había imaginado que algo así podría suceder, me había llevado conmigo varios litros de gasolina en un recipiente de metal. Nadie en esas estrechas y mal asfaltadas carreteras. Creo que debo haberme topado con tres coches en tres horas. Un coche por hora. Entonces, en medio de la carretera, vi una figura delgada, llevabas unos jeans de color pardo y una blusa blanca. Te vi justo cuando lanzabas el móvil al suelo, con fuerza. Luego, los puños cerrados. Tus cabellos rubios alborotados. Junto a ti, la motocicleta, también tirada al suelo. Seguramente también la habías pateado. Me detuve. -¿Necesitas ayuda? -Joder, es que es la ostia. Joder. Coño. La puta que… – te interrumpiste a tí misma y me miraste con tus fieros ojos verdes. Parpadeaste. Y, luego, te llevaste una mano a la boca – Oops. Ese “Oops” me encandiló. No fueron tus ojos ni tus cabellos. Fue ese “oops”. Y esa sonrisa posterior, de niña inocente que acaba de ser poseída por el diablo y vuelve a su cuerpecito de niña que no ha roto un plato. -Perdona. Es que… justo hoy, el día del Festival, me he quedado tirada. Sin gasolina. -Ostras, qué putada. -La última gasolinera de la zona, que la llevaba el viejo Urt, cerró. Y con las prisas se me ha olvidado el bidón de gasolina. -Yo tengo uno. Me miró, como si hubiera dicho algo desagradable. -Oh no, guárdatelo. Llamaré a mi hermano. Él viene más tarde, al festival, con su mujer. Me encogí de hombros. -Te llevo yo al festival, y cargamos la moto en la camioneta. Se quedó mirándome con los ojos muy abiertos, con interés analítico. Como si viera a un animal raro que no suele frecuentar la región. -Gracias, pero no acepto invitaciones de extraños. Abrí la boca pero no me salieron las palabras. Creo que abrí y cerré la boca varias veces, como un pez. Ella se echó a reír. A carcajadas. -¡Es broma! ¡Jaja! ¡Qué cara más adorable! Pareces un pez. -No sabía que los peces podían ser adorables. -Me gustan los animales que la gente no suele pensar en ellos como adorables. -Ya veo. Ambos cogimos la moto y la cargamos en la camioneta. Luego, puse gasolina a la camioneta. Olor a gasolina, agradable, intensa. Como ella. -¿Qué haces por aquí? Casi no se ven visitantes. Y menos jóvenes. -No soy tan jóven – sonreí, mi mirada sobre el depósito de gasolina – He venido para cuidar de la vieja granja de mi abuelo. Y estaba buscando una tienda de agricultura en la zona. Pero no he tenido suerte. -¡Qué dices! Mi familia y yo regentamos una tienda de agricultura. -¿En serio? Vaya coincidencia. -No existen las coincidencias. Solo las sincronicidades – se detuvo. La voz de una garza, a lo lejos. El trino de los pájaros, que pueblan los árboles, que nos rodean. Cantando nuestro encuentro. Y la gasolina bajando por el depósito. En aquel silencio lo supe. Esas cosas se saben en los silencios. ¿Y qué supe? Si pudiera describirse con palabras, no harían falta los silencios. Finalmente, preguntó: ¿Qué necesitas? -De todo. Herramientas, semillas, abono… En realidad faltan tantas cosas que

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El mito de uno mismo

Antes del Gran Anclaje del Materialismo, que sucedió alrededor del siglo XVIII pero cuyo comienzo ya se perfilaba a finales de la Edad Media, los seres humanos, como colectivo, tenían una relación con los Mundos de los Seyr mucho más cercana e íntima, para bien y para mal. Las apariciones de seres feéricos y las siempre extrañas y contradictorias relaciones con ellos, eran tan comunes, que podríamos hablar de una relación cotidiana. En las casas, era muy común tener una especie de familiar, ancestro o espíritu, que cuidaba del hogar y lo protegía. Estos seres eran “heredados” de generación en generación, y nadie se extrañaba de esta ocurrencia, quiero decir, que si le contabas a tu vecino que tenías a un Familiar viviendo en tu casa, no hubiera ni alzado las cejas. Lo mismo ocurría con los raptos de hadas, apariciones, relaciones íntimas con ellas, ya fueran positivas o negativas. El hecho de que existían una serie de leyes no escritas para advertir y recomendar sobre una serie de cosas que debías o no debías hacer en presencia de los Seyr, si te encontrabas con uno, no puede atribuirse a una fantástica imaginación de la gente. Y soy tan categórico porque es imposible que todo esto fuera una compleja madeja de historias que se inventaba la gente del campo, que apenas tenía tiempo para inventarse historias de la nada. Los cuentos, las historias, que, de generación en generación, la gente se contaba después de un arduo día de trabajo, estaban todas enraizadas en la realidad, en vivencias, en experiencias. A veces hablaban de hechos que pertenecían al pasado de aquella región, hechos que efectivamente se mezclaban con los cuentos tradicionales, y muchas otras veces se referían a la relación cotidiana y siempre contradictoria que tenían con los Seyr. Pero si incluso nos ponemos el sombrero de incrédulo y pensamos que todo, absolutamente todo, es una invención, entonces queda la cuestión. ¿De dónde viene la imaginación? ¿De dónde vienen las historias? ¿Las ideas? Nada puede crearse a partir de la nada. Cojamos por ejemplo las historias que están viniendo a mí. La última historia, que cuenta la historia de un hombre que visita a una Anciana y le revela su naturaleza de soñador y la profecía de la espada de los dos filos y la construcción de su carruaje mágico. Esta historia no está preparada ni en lo más mínimo. No pensé: “voy a hacer que una anciana le hable a este hombre y le diga esto, eso y aquello”. No. Lo que pasó fue lo siguiente: tengo una visión recurrente de un hombre con un carruaje mágico, que viaja entre los lugares sagrados del mundo. No sabía qué haría con esa visión. Entonces, el “personaje” (lo llamaré así, de momento) de la túnica verde tuvo un momento de reflexión y empezó a recordar cómo empezó a construir el carruaje. Y unos recuerdos que yo no tenía planeados empezaron a coger forma, y me vino la visión de la conversación con la anciana, sus revelaciones, su inminente muerte, su profecía. Todo esto vino a mí. Es un hecho empírico. La historia existe. Yo solo abrí una puerta y entré en ella. Es la única explicación que tiene. Y eso se aplica a todo lo que llamamos “ficción”. Pero. ¿Por qué os digo esto? Os digo esto porque, al anclarnos en el materialismo, lo que habitualmente éramos capaces de experimentar en el mundo externo, ya apenas lo experimentamos. Hechos, de algún modo, exorcizado nuestro mundo occidental de sus espíritus, bajo los rayos del dios semítico, cuyos rayos intensos cayeron sobre todos los rincones, exiliando sus sombras, sus espíritus, sus dioses. Los Seyr tuvieron que huir bajo las colinas, en el interior de los bosques, en las cuevas, bajo tierra, en ciudades secretas. Bajo las raíces de los grandes árboles. O en las montañas y valles más remotos. Una inmensa cantidad de Portales fueron cerrados, clausurados, los Portales por los que antaño existía una relación con los Seyr. La iglesia envió ejércitos de monjes y curas en los bosques, con sus hábitos semíticos, ajenos a este continente, y echaron a los druidas de su interior, entre plegarias y espadas. Los Portales fueron cerrados y la gran mayoría de gente perdió el contacto directo con los Seyr. Eso tuvo consecuencias desastrosas para la mente humana, que descendió en una espiral de neurosis y de vacío existencial que ahora, en el siglo XXI, se encuentra en su estado más álgido. Pero, con esa gran crisis, aparecieron los Soñadores. Siempre han existido. Son los artistas, los cuenta-cuentos, los escritores. Los músicos. También los magos, las brujas. Todos los que tienen una relación con los mundos invisibles que ellos se dedican a expresar. No es por casualidad que, justo en esa crisis existencial, en esa clausura de los Portales, la narrativa fantástica empezara a florecer, y que los viejos cuentos y mitologías, abandonados por el materialismo y positivismo, y por el cristianismo, volvieran a resurgir, con una fuerza literaria que nunca habían tenido. Tampoco es casualidad la explosión que hemos vivido, desde el siglo XIX, de lo esotérico y de lo paranormal. Pero toda esta explosión imaginativa ha sido, en la mayor parte, introvertida. El mundo exterior sigue anclado en el materialismo, como si la gente misma fueran los ancladores. No basta un puñado de soñadores para desanclar a toda una sociedad. La conexión con los Seyr, entonces, se ha vuelto una conexión íntima, interior. Mundos interiores que luego, los soñadores, expresan con sus artes, para que otra gente también explore su relación con los Seyr. Su relación íntima con ellos. Una gran paradoja se está produciendo. Si bien es cierto que, en el exterior, vivimos inmersos en un mundo sólido y material, que ha decidido dar la espalda a los Seyr, en el interior las cosas han ido por otros derroteros. La conexión con esos mundos paralelos se ha intensificado y se ha vuelto personal e íntima. Mitos propios. La creación de mitos propios. Tolkien

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La anciana

Araun contemplaba el Libro que le había dado aquel señor de la túnica verde, en aquella terraza. Un Libro cubierto de un musgo verde y rocío, como si fuera un fragmento de tierra que hubiera cogido de algún prado, de algún bosque. Lo acarició. Parece que está vivo. Como Marna, él también se había desmayado al llegar a casa y ahora peleaba con sus pensamientos. ¿Y si todo había sido un sueño? Cabía la posiblidad. Estoy en la misma casa, llevo la misma ropa de siempre, miro por la ventana y veo la madeja, la maraña caótica del campo abandonado. Sin embargo, la presencia de aquel Libro lo desafiaba. Era lo único que estaba totalmente fuera del guión, como la presencia numinosa de algo que no debería estar allí. Abrí el libro por enésima vez. Es un Libro de un palmo de grosor y, sin embargo, sus páginas están todas en blanco. Es el Libro de tu magia, de tu mito, de tu mundo propio. Recordaba las palabras de Xavier, que sonaban a la vez lejanas, como si vinieran de un mundo cubierto de bruma, y tan cercanas, que parecía que le susurraban en el oído. Me miré las manos. No sé por qué me miro las manos, de vez en cuando. ¿Qué espero encontrar, en la palma de mis manos? Tres grandes lineas cruzan mis manos, como tres grandes ríos y, sobre cada uno de ellos, una docena de afluentes fluyen en ellos. Y, en cada afluente, una docena más de otros afluentes. Y así, como en un fractal eterno. Un fractal. Un fractal de mundos que fluyen, desembocan, se interconectan.Un fractal de historias. Sin darme cuenta, había empezado a escribir en el libro. Había empezado dibujando una mano burda, con mis limitados conocimientos anatómicos. Luego, los ríos y afluentes que la cubren. Fractales. Es así como se desenvuelven mis historias. Como un árbol que se expande, ramas y ramas que se multiplican y crecen, juntas, desde el Gran Tronco de la Espiral. La separación entre los mundos, la Fortaleza, se está desmoronando. Hubo una erupción, un terremoto, y, desde entonces, nada ha sido lo mismo. Este Libro no es solo un Libro. Es una espada. Los objetos, en el mundo de mundos, en el mundo de la magia, son cambiantes, se transforman. Una espada puede ser un libro, y ese libro puede ser una casa. Y esa casa tener cientos de portales. Y cada portal llevarte a un mundo diferente. Sigo escribiendo y dejo que mi Imaginación coja las riendas. Dejo que mi alma se desdoble. ¿Qué digo? Se multiplique, haga lo que quiera. Tengo alma de Seyr. Todos los Soñadores estamos tocados por el aliento de los Seyr, de estos seres que cambian de forma, que viajan entre mundos, que aparecen y desaparecen con brisas y mareas. Elfos, hadas, gnomos. Espíritus. Dioses. Demonios. Seres feéricos. “La buena gente”. “La gente de las colinas”. Monstruos, alienígenas, brujas, apariciones. Los Seyr adoptan una infinidad de formas. Dispersos. Forman parte de nuestra imaginación, de nuestra psyche. Pero, a la vez, tienen vida propia. Se visten con los vestidos de nuestra imaginación, de nuestra creatividad, de nuestros sueños, deseos, miedos. ¿Pero quién está detrás de la máscara? Jung hablaba de los arquetipos. Pero los arquetipos son también máscaras y vestidos, aunque más universales. El ánima, el espíritu femenino que habita cada uno de los hombres, musa de artistas, perdición de poetas. El animus, espíritu masculino, la intención, la espada, coraje, guerra, espíritu de conocimiento. La espada que rompe el velo. Penetración. Sexo. Me desdoblo. Sigo escribiendo en el Nuevo Libro. Estoy otra vez en el carruaje, pero esta vez soy yo quien llevo las riendas. Llevo mi túnica verde, pero la capucha la tengo retirada. Los tiempos son oscuros. Evito los caminos principales, que bullen de bandoleros y de expatriados. Tengo muchos conocidos en los bosques. Me crié con los Seyr, o eso me dijo Yara, la vieja mujer que vive sola junto a la colina hueca. Por eso, me dijo, puedo desdoblarme con tanta facilidad, entre mundos. Recuerdo que en aquel tiempo yo, un simple viajero que recoge viejos objetos, libros, rarezas, para venderlos en los mercados, me la quedé mirando con cierta incredulidad. -Yo no soy un mago. Pero ella sonrió, con su boca sin dientes. -Eres más que un mago. Eres un Soñador. Lo veo en tus ojos. -¿Soñador? Oh, sí. Lo fui una vez, pero la guerra me ha hecho ver que las espadas están más afiladas que los sueños. -Veo un carruaje y tú llevando tu mundo a cuestas. -¿Un carruaje? No le entiendo. -Un carruaje que lleva una torre a cuestas. Como un caracol. Como una tortuga. Buscando los lugares sagrados donde plantar la torre. No entendía nada. Recuerdo que cambié de conversación, y la hice ir por los derroteros de varios objetos e ingredientes que había conseguido para ella, para sus pociones, su caldero, su alquimia. O lo que fuera que hacía en ciertos días. Muchos en la aldea iban a su casa, en secreto, para conseguir ciertos remedios que la Iglesia Católica no era capaz de proporcionar. Oficialmente, ella era herborista. Pero yo conocía la verdad. Y todos en el pueblo, también. E incluso la Iglesia, que hacía la vista gorda. Por ahora. Miraba con aquellos ojos brillantes, jóvenes y fogosos, a pesar de su avanzada edad. -¡Hierba de Allos! ¿Dónde has encontrado esto? No lo veo desde hace… Esta vez fui yo quien sonreí. -Secreto profesional. Uno tiene sus contactos. -¿Sabes para qué quiero esta hierba? -¿Para qué? -Es uno de los ingredientes para crear Mensajeros. -¿Mensajeros? -Son pequeños espíritus que me permiten entrar en contacto con los Seyr. Los Seyr. Como lector empedernido, los conocía muy bien. Me fascinaba el tema. Al ver como mis ojos debían brillar, ella prosiguió. -Los Soñadores no necesitáis mensajeros. Joven. Espero no importunarte con ese tema. -No, me gusta el mucho el tema. Es solo que yo…por favor, continúe. Cada vez que ella nombraba

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