Oráculo

Erla se detuvo ante la historia que se estaba desplegando delante de ella. Desde que el carro se había vuelto a poner en marcha en medio de la noche, escondida entre aquel montón de cajas, bolsas y cofres, había aprovechado la luz de la débil linterna para escribir y dibujar. Como siempre le ocurría, al principio se había sentado, en posición meditativa, y se había vaciado de todo pensamiento y emoción. Para recibir la inspiración. Para convertirse en el recipiente de una historia. No le costaba nada hacerlo porque, antes de la invasión, había tenido que vaciar su mente, a diario, para conectar con la madeja de los hilos del destino. Uno nace siendo Oráculo, no se hace. Cuando a los cuatro años había empezado a ver, con su ojo imaginativo, los diferentes sucesos del mundo antes de que ocurrieran, y los plasmara en dibujos y escritos que estaban demasiado bien elaborados para ser suyos, todos lo supieron: es la reencarnación de la anterior Oráculo. Entonces, la separaron de los demás niños y la internaron en el Santuario de la Colina Hueca. Y allí, después de una complicada iniciación, empezó a hacer de Oráculo para todos los que lo requerían. “Vacía tu mente, tus emociones, tus recuerdos. Todo. Aquí no eres nadie, solo un recipiente. La Diosa utiliza tu cuerpo para hablar por tus labios”. Ahora tenía 12 años. Y era la primera vez, desde la invasión una semana atrás, que no tenía que ponerse la venda en los ojos y luego, en un arrebato imaginativo, plasmar en sus escritos y dibujos los posibles futuros que veía para los hombres y mujeres que llegaban al santuario. Le resultaba extraño dibujar y escribir con los ojos desvendados. Desde pequeña era capaz de ver, con el Ojo Invisible, lo que dibujaba y escribía. Ahora, con los ojos abiertos, aquel papel en blanco, y lo que escribía y dibujaba en él, le parecía falto de vida, de alma. Como si se hubiera desconectado del flujo imaginativo. Pero sin la venda. ¿Qué voy a hacer? La venda es lo que me da el Poder de Ver. La venda mágica, heredada de generación en generación, entre las diferentes oráculos, tiene dibujados los Dos Ojos de la Lechuza, la enviada de la Diosa de la Profecía. 

La noche de la invasión, en que habían tenido que huir por el pasadizo secreto de la Colina, ella había perdido la venda. No se lo había dicho a nadie. Se sentía culpable. Ahora, escondida entre la mercancía del carro de aquella pobre familia ambulante de mercaderes, se sentía sola y perdida. En los primeros días de viaje, trató de vaciarse, de recibir instrucciones, visiones, de la Diosa, pero nada venía a su mente. Era como si algo en el mundo se hubiera secado. O, más bien, como si un Portal se hubiera cerrado y ahora esas visiones estuvieran encerradas. ¿Quién ha cerrado el Portal? ¿Dónde está la llave?

Quiero saber qué va a pasar con Eryn, con las Hermanas, con el Pueblo, con el País. ¿Por qué me has abandonado, justo ahora? No, perdona por mis palabras – miró hacia sus manos, entre lágrimas – Es mi culpa. Nunca tuve que haber perdido la Venda Sagrada.

Lloró por primera vez en su vida. Ella, que era la máscara impertérrita del Oráculo, los ojos de la Diosa. No se le permite llorar a la poseedora de la venda. Porque los ojos que lloran son débiles y pierden la Visión, se le había dicho, en la Iniciación. Y cuando se abrieron las puertas de las lágrimas, fue como si un dique se hubiera roto y todas las aguas acumuladas por lluvias secretas (ella no sabía nada, de lluvias, de lágrimas que caen, en secreto, y que no llegan a los ojos), siglos de lluvias que no tienen dónde fluir, se hubieran desatado, por fin, cayendo por los secos valles, montañas, desiertos. Lagos y mares. Y cuando dejó de llorar, volvió a mirar la página en blanco. Pero allí, a través del papel, vio algo nuevo. Su propio reflejo. Era ella misma. Pero sonreía, con una sonrisa enigmática. Y aquel reflejo de ella misma cerró los ojos. Y bajo los párpados, vio el dibujo de dos ojos de lechuza, bien abiertos. Sin perder un momento, dibujó lo que veía. Y cuando terminó de dibujarse, los dos ojos de lechuza cerrados y aquella sonrisa enigmática, arrancó la hoja del cuaderno y se guardó el dibujo en su pequeña bolsita, la bolsita que la vieja Geri le había regalado años atrás, el amuleto del que nunca se separaba. Era curioso. Perdió la venda, que era su sustento, algo que una Oráculo no debería perder, pero el amuleto…el amuleto aún seguía allí. La bolsita con el hada. Una espada en una mano. Y, en la otra, una llave. 

La llave.

Cierro los ojos. Y en mis labios, sin querer, se dibuja una sonrisa. Sin querer. Y en mis párpados, los dos ojos de la lechuza se abren. Y tú, oh Diosa, sonreíste aún más y, sin palabras, me dijiste. ¿Lo ves? No necesitas una venda para ser tú misma.

No necesitas una venda para ser tú misma.

Y me desdoblé. Y, mientras escribía y dibujaba, me olvidé de mí misma. Y empecé a ver mundos extraños, muy diferentes al mío. Hay un joven que da golpes con sus dedos en una máquina mágica repleta de letras. ¿Qué tipo de magia está produciendo? En un rectángulo, una gran luz blanca. En su interior, las palabras se suceden, aparecen de forma mágica, de la nada. Oh, ya entiendo. Él las está escribiendo con esos dedos rápidos, como si tocara un piano. Veo un hombre de mirada triste, pero penetrante. Escribe una historia. Él también es un recipiente de historias, de visiones, como yo. Pertenecemos a la misma raza, a la misma Orden. Compartimos la misma esencia. 

Está escribiendo acerca de mí. Me está viendo, al mismo tiempo que yo. Nos vemos desde mundos diferentes y nos escribimos, nos exploramos, nos descubrimos. Abrimos los Portales. Dejamos que los mundos fluyan y se interconecten. Luego, me encontré en el claro de un bosque, rodeada de un círculo de piedras. Me vuelvo a desdoblar. Otro personaje, otro espejo. En mi regazo, un Libro. “El Secreto lenguaje de las estrellas”. Conozco este Libro. Hay un lenguaje secreto, que ha sido olvidado, pero que se encuentra ante la vista de todos, solo si uno sabe leer bien las estrellas, sus dibujos, su música. Las runas de las estrellas brillan, celestes, en las piedras que me rodean. 

Alcé los ojos y te vi, delante de mí. Unos ojos grandes, grises. 

-¡¿Qu-quien eres?!

-Te he estado esperando. Soy el Señor de la Torre. 

-¿De la Torre?

-Sí. La Torre de los Mundos.

Solo soy capaz de ver sus ojos, que brillan con intensidad desde el interior de una negra capucha. 

-¿Dónde estoy? ¿Es esto una profecía?

-No. Has conectado conmigo, he escuchado tu voz, mientras paseaba por este lugar. 

-¿Mi voz?

-Sí. Escuché llorar a alguien. Aquí, en este lugar solitario, no suele escucharse a nadie llorar.

-¿Qué ha pasado…con las sacerdotisas, con la gente de la aldea, con mi país?

Abrió la boca para contestar (lo supe, a pesar de que no veía su boca), pero, en aquel momento, escuché un ruido de caballos y toda la escena, el encantamiento, se quebró como se quiebra un vaso que cae al suelo. Volví a mi cuerpo. El carro se estremece. Gritos, el ruido de varias espadas desenvainadas. La luz de varias antorchas a través de los resquicios del carruaje. 

-¡Estas son mis mercancías! ¡No tenéis derecho! ¡Ese es el papel que me autoriza a viajar a Eriden!

-Eriden ya no existe – escuché unas carcajadas – Sus leyes ya no valen nada. ¡Quita de en medio! 

Escuché unos golpes, un grito de dolor. Se abrió la puerta. Todo sucedió muy deprisa, los hombres gritaban, carcajadas, cargaban con los sacos, los barriles, las cajas. Cuando me vieron, creyeron que era una de las hijas del mercader. Uno de aquellos hombres, con una terrible cicatriz que le cubría el rostro, los ojos llenos de lujuria y de sed de sangre, un animal, ojos de serpiente, sin alma. Los colmillos afilados. Y una garra que se precipita hacia mi pecho. Pero cuando vio la bolsita que colgaba de mi pecho, con el hada de la espada y la llave, dio un respingo hacia atrás y se santiguó. 

-¡Hay una bruja! ¡Una bruja en el carro! – exclamó.

——–

Nadie se atrevía a tocarla. Los hombres armados, que ahora veía eran soldados de Karru, los mismos que habían invadido su aldea, la apuntaban con lanzas, pero veía como temblaban, a pesar de que intentaban disimularlo. ¿De qué tenían miedo? Ella no era capaz de hacer daño a nadie. Era solo una oráculo, una profetisa. ¿Qué es una bruja? Solo había leído esas historias de viejas brujas con calderos, volando con sus escobas, acompañadas de gatos negros y murciélagos. 

-¡Id a buscar a los curas! 

Os ahorarré más detalles y os contaré lo que sucedió, a grandes rasgos. Llegaron dos curas con sus grandes cruces colgando en sus pechos. Uno de ellos se acercó, hizo una señal de la cruz a la bolsita del hada y, luego, con su mano hizo ademán de cogerla. Yo le grité. No recuerdo qué cara puse. Yo estaba terriblemente asustada, pero aquel saquito era tan importante, o más, que mi propia vida. El cura cayó de culo, como si le hubiera empujado con un arma invisible. Gritos. Confusión. 

-¿Por qué no la matamos? – dijo uno de los soldados – Es una bruja, no es humana. Hija de súcubos e íncubos.

-Antes de matarla podríamos hacerle otras cosas. Si no es humana, qué más da – otra vez el de la cicatriz.

-No – dijo finalmente el sacerdote, el que llevaba una especie de báculo con forma de cruz – Es una criatura de Dios, una niña, aún no está perdida. Su alma aún no está podrida del todo. Los paganos le metieron un demonio dentro. Hay que realizarle un exorcismo. Luego, expiará sus pecados en el convento. ¡Tú! No le pongas las manos encima, por Orden del Más Alto – con el báculo, empujó al soldado. Éste se arrodilló, la cabeza gacha. Detrás de aquellos hombres, el bosque de los grandes Robles sagrados estaba ardiendo – Hay que salir de aquí, antes de que el fuego purificador nos alcance. Nos llevamos a la niña. Vosotros os quedáis con el resto. Que Cristo os guarde.

¿Cristo? ¿Quien es? ¿El nuevo Señor de estas tierras? Escuchaba su nombre constantemente. Y siempre acompañado de espadas. E incendios.

Semilla para mañana: El hombre de la torre se hace pasar por exorcista, gracias a sus habilidades mágicas de transformación. Y rescata a la niña. Y se convierte en aprendiz y ayudante del mago de la torre, que se convierte en su nuevo padre adoptivo.

Querido diario,

Estoy encerrada en esta oscura Iglesia. Perdona por la mala ortografía, pero es que tengo frío y este sitio me da mucho miedo. Escribo a la luz de las pocas velas que están encendidas. Estoy rezando a la Diosa para que todos estén bien, para que, por algún milagro, la gente de la aldea no haya sufrido, no haya resultado herida, o muerta. Pero he visto los incendios mientras me llevaban, las manos atadas y una túnica y capucha negra, en el caballo. Están quemando los bosques sagrados, donde íbamos a recoger las hierbas, las setas, donde jugábamos a perseguir libélulas aquellas noches de verano. ¿Recuerdas? Espero que estés bien, amiga mía. Quiero pensar que, si te escribo, es que aún puedo sentir que estás viva. Escribiéndote puedo sentir tu presencia. ¿Que por qué están quemando los bosques, preguntas? Escuché las conversaciones de los sacerdotes mientras me llevaban presa. Hablaban de algo que ellos llaman “demonios”. El bosque está “infestado de demonios”. No sé a qué se refieren con demonios. Veo que tampoco tú lo sabes. ¿Quizá se refieren a los espíritus del bosque? ¿O a los Seyr? Pero los espíritus son de esta tierra, pertenecen a esta tierra. Y los hombres que queman el bosque también son de esta tierra.

Erla se detuvo. Le tiembla el pulso. Todo el cuerpo le tiembla, espasmos. Miró a su alrededor, en la penumbra de la iglesia. Estatuas y pinturas murales. En ellas, aparecen personajes sufriendo torturas, hombres y mujeres sufriendo, agonizando, con halos de luz en la cabeza. Huele a incienso fuerte, a humedad, a cerrado. Le cuesta respirar. El aire es denso. Entonces, su mirada se detuvo en la pared de detrás de lo que parecía ser un escenario, una especie de altar. La zona importante del templo.

Y allí lo vio.

Un hombre desnudo, agonizando, crucificado. Sus ojos, ensangrentados, clavados en los suyos. Sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Por un momento, creyó que aquel hombre se encontraba allí, con ella. En su cabeza, unas espinas le provocan heridas, la sangre resbalando por su rostro deformado por el dolor. A sus pies, una madre, de rodillas, llora desconsolada.

Este hombre está atrapado en este sitio, como yo.

Quizá es lo que van a hacerme mañana por la mañana. Es una forma que tienen de asustar a los que tienen presos en este lugar terrible. Recordaba que, cuando habían llegado a aquel lugar, dos soldados que acompañaban a los sacerdotes la habían llevado a la iglesia. Luego, uno de los sacerdotes dijo: “Esta es la Casa del Señor. Aquí empieza tu purificación. Mañana por la mañana se llevará a cabo el exorcismo”. Y cerraron la iglesia con un gran sonido sordo, que sonó como una tumba…a pesar de que ella, realmente, nunca había escuchado el sonido de una tumba cerrarse.

Volvió a colocar el lápiz sobre el papel, pero, de pronto, parecía que se había secado su voluntad. Intentó escribir, dibujar, pero la imaginación, la inspiración, tampoco se encuentran. En este desierto.

Un desierto.

Sí, este lugar huele a desierto, lo han traído de un desierto de muy, muy lejos. Y ahora quieren que el resto del mundo también sea un desierto como el suyo. Por eso queman los árboles y las montañas.

Pasaron las horas, el amanecer se acerca y Erla tiembla de pies a cabeza, abrazada a su propio cuerpo, en una esquina del templo. Echa un ovillo. Está junto al único lugar que, por alguna extraña razón, le da algo de paz. Es una pintura mural donde el mismo hombre que está crucificado, está caminando, con una sonrisa luminosa, entre un rebaño de ovejas, vestido de pastor. Me pregunto qué habrá hecho este hombre, para que le encierren aquí dentro. Parece buena persona. En otra vida, pensó, me hubiera gustado ser pastora. Poder caminar por los prados, por las colinas, con mis rebaños, bajo la luz del Sol y las estrellas y la Luna, y no tener que estar encerrada bajo la Colina, los ojos vendados, dibujando y escribiendo profecías. Y allí, entonces, comprendí. Comprendí que yo había estado presa, bajo aquella colina, como ahora lo está este hombre en esta Iglesia. Y que tanto este hombre de rostro alegre y bondadoso, como yo, estamos hechos para caminar por los campos, el corazón libre, descalzos, entre animales. Y lo comprendía ahora, en aquel terrible encierro, porque, desde pequeña, me enseñaron que estar encerrada bajo una colina era normal, que era mi destino. Y no fue hasta que vi a aquel hombre crucificado, cuando pude ver lo que realmente había sucedido conmigo. Lo que me habían hecho. “Es la tradición, tu solo eres un recipiente para la Diosa, como la mujer que te precedió, y como tantas otras”. ¿Qué derecho tenía yo, ahora, a quejarme, cuando me habían salvado, por ser quien era?

Quizá me merezco lo que me está ocurriendo. Quizá es cierto, que tengo un demonio dentro y que tienen que quitármelo. Si no, no pensaría en estas cosas, no sería tan egoísta.

Abrazada a mí misma y temblando, con aquel remolino de pensamientos. Llegó un momento que debí quedarme dormida, por puro agotamiento, entre lágrimas, porque, de repente, escuché un ruido sordo que provenía de la puerta. Luego, se abrió, y un rayo de Sol cruzó el templo hasta precipitarse sobre el altar. Y entró una comitiva de sacerdotes, con túnicas blancas y una cruz negra, bordada en el pecho. Varios de ellos llevaban en sus manos unos báculos con velas encendidas. Delante, un hombre corpulento, con una túnica negra y una cruz blanca. Se dirigía a grandes pasos hacia ella.

-Cogedla y amarradla al altar, tumbada boca arriba.

Varios sacerdotes se santiguaron y me cogieron de ambos brazos. No me resistí. Mientras me llevaban al altar, me fijé en uno de los retablos que ahora aparecían iluminados por la gran profusión de velas y que no había podido ver por la noche. En él, aquel pastor barbudo de buen corazón, aparecía rodeado de soldados que se lo llevaban preso. Luego, le daban latigazos y, finalmente, le obligaban a llevar una pesada cruz hacia lo alto de una montaña. Y allí lo crucificaban.

La colocaron boca arriba sobre el altar, los brazos extendidos a ambos lados, amarrada con cuerdas. Y pensó en aquel pobre hombre que lo crucificaban. ¿Qué había hecho para merecer esto? ¿Y ella? Quizá es cierto, sí, quizá hay algo malo en mí, algo que van a quitarme. Pero yo no veo nada de malo dentro de este pastor. En su mirada no hay maldad. No puedo creer que tenga un demonio dentro. Y yo…yo tampoco siento que haya nada malo en mí. Pero antes he pensado mal de la Diosa, de como me han obligado a hacer de profetisa. Y eso no está bien, yo…

Una voz interrumpió aquel tren de pensamientos que estaba descarrilando.

-Desnudadla.

Entre rezos y gestos, varias manos se precipitaron sobre ella y la desnudaron. Ella se revolvió, trató de impedirlo, pero no podía moverse.

-Ya empieza a salir a la superficie, el pequeño demonio.

En los rostros de varios de aquellos sacerdotes pudo ver la misma expresión de aquel hombre de la cicatriz. Brillan sus ojos. Se miran entre ellos. Uno de ellos se frota las manos.

El hombre de la túnica negra se acercó a mí y, con un crucifijo en las manos (la misma cruz del pastor… ¿Están orgullosos de haberlo matado?), empezó a hablar en un idioma extraño.

In nómine Pátris, et Fílii, et Spirítus Sancti. Amen.

Exsúrgat Deus et dissipéntur inimíci ejus:
et fúgiant qui odérunt eum a fácie ejus!
Creo que el hombre esperó que pasara algo. Me miró, con una mirada terrible, odiosa, sombría. Está esperando que haga algo, pero yo no sé qué hacer. Solo quiero que me dejen en paz. Entre los sacerdotes hay algunos murmullos. En su voz hay un tono de desconcierto.

-Hm, veo que el demonio está bien metido en las raíces de la niña. Y no sale. Gred, explícale qué vamos a hacerle.

Uno de los sacerdotes, un hombre de gran papada, se acercó a ella. Y, de una caja que llevaba, sacó una daga de acero. Se la enseñó a la niña.

-Vamos a sacarte esa sangre pútrida, envenenada, donde resides, demonio. Y cuando ya no te quede sangre, te daremos el pan y el vino, para que la nueva sangre de Cristo corra por tus venas.

Van a matarme. Van a matarme y a hacerme cosas incluso peores. Fue todo lo que me vino a la mente. Lenguas babosas, risitas, frotadas de manos. Empecé a gritar, a tratar de escapar, de arrancar mis ataduras. Pero era en vano. Y cuanto más lo hacía, más disfrutaban, más se acercaban. Me rodeaban como un grupo de buitres que saltan alrededor de la víctima que está a punto de morir. De ser sacrificada.

-Ya puedes ir preparándote, puta.

-¡Pagana!

-¡Bruja!

El único que permanecía callado, serio, como una estatua, era el hombre corpulento de la túnica negra.

-Dame la daga – dijo él, dirigiéndose al de la papada – Vamos a comenzar.

Diosa, por favor. Si he hecho algo malo, deja que al menos me vaya sin sufrir.

Cerré los ojos con fuerza. Apreté los dientes. Desfilaron escenas de mi infancia. Sobretodo una. Una me venía ahora a la mente. Un pastorcito. Un niño. Él y yo corremos por el campo, entre las ovejas. Pero él no es de este lugar. Un día desapareció. Había enterrado aquel episodio hasta aquel momento, ahora que justo estaban a punto de…

De pronto, sentí mis brazos más sueltos. Las cuerdas, sueltas alrededor de mi muñeca. La cuerda que me ataba, está ahora cortada.
Silencio.

Murmullos desconcertados.

-Padre. ¿Qué está haciendo? – preguntó uno de los sacerdotes.

Abro los ojos y miro al hombre de la túnica negra. Hacia el interior de su capucha.
Dos ojos grandes. Grises. Me miran con intensidad.

Me hablan.

Agárrate a mi espalda cuando yo te diga.

Iba a abrir la boca para decir algo, pero, en aquel momento, el hombre sacó una espada de su espalda y la hundió en el suelo de mármol, como si el suelo fuera tierra.

Y exclamó:

Gleis ard, Brathis!
Gleis ay, Firud!

La espada brilló con una potente luz celeste. Los sacerdotes cayeron todos de bruces. Algunos tuvieron convulsiones.

-¡Guardias! ¡Guardias! – gritó el de la papada – ¡Un impostor! ¡Es un…!

Y, entonces, una explosión en el techo. Algo gigantesco cayó en medio de la iglesia. Una lluvia de escombros. Gritos. Exclamaciones. Una gran polvadera.

De dentro de la polvadera, apareció una gran Torre.

¡Ahora! – escuché la voz del hombre encapuchado.

Libre de mis ataduras, salté del altar y me agarré a la espalda del hombre. Los soldados se precipitaron hacia nosotros. Él agarró su espada celeste y corrió hacia la torre, con todas sus fuerzas, como si volara.

¿O estaban volando?

-¡No te sueltes! ¡Bajo ninguna circunstancia! – esta vez exclamó, con su propia voz. Tenía una voz muy distinta a la que había usado hasta ahora. Cuando se encontró delante de la puerta de la torre, metió la espada en una rendija que se encontraba justo sobre la puerta, con la forma de un ojo. Y, entonces, la Torre salió disparada hacia arriba, hacia el cielo azul del amanecer, a través del techo de la iglesia. Gritos, exclamaciones. Todo quedó atrás. Me agarré con fuerza a aquella espalda ancha. Viento, frío, subimos a una velocidad vertiginosa. Respiro la humedad, las nubes. Hace mucho frío, pero con todo lo que está pasando, apenas me doy cuenta. Siento como una especie de tentáculos negros (lo veo con mi imaginación) intentan retener a la Torre, hacer que vuelva a bajar. Provienen de esa iglesia. Qué digo. De muchas iglesias. De una red de ellas. Pero, uno a uno, el hombre los rompe, los corta, con su voluntad, con una espada de Éter. Y cuando, por fin, el último tentáculo cayó, la puerta de la Torre se abrió y un viento los succionó al interior.

Un golpe en la cabeza.
Oscuridad.

Perdí el conocimiento.