Aún recordaba las palabras de su Guía, resonaban claras, altivas, profundas. Como si las estuviera oyendo ahora, después de tantos años.
Es muy fácil saber lo que a uno no le gusta, lo que uno odia. Pero… ¿Lo que uno ama? ¿Lo que a uno verdaderamente le gusta? No, no me mires así. No es Claudia, ni Mireia. No, ni tampoco ese libro que te gustó tanto. Estoy hablando de cosas que puedes hacerte tuyas, de lo que amas de forma incondicional y que no fluye desde otras personas. ¿Entiendes?
El adolescente, aprendiz de mago, la túnica sucia después de recolectar en los bosques y valles las diferentes plantas, se quedó mirándolo, parpadeando.
-Libros, chicas y magia. Eso es lo que a mí me gusta. También me gusta, mmh, caminar, viajar, cuando no tengo que trabajar, claro. Porque lo de recolectar hierbas, buf, mi espalda. Me siento como mi abuelo, que se queja de la espalda todo el rato.
Con su Guía era con la única persona, exceptuando a su abuelo, con el que se soltaba y hablaba, casi como uno de esos extraños y ruidosos extrovertidos. Mientras ponía en pequeños montones las diferentes hierbas, que su Guía le había enseñado a diferenciar durante las últimas semanas, prosiguió.
-Me gustan muchas cosas. Escribir, dibujar. Tocar música. El arte. Sí, como a mi abuelo. Y como a Mireia. Me gustan las chicas. ¿Ya lo he dicho? Y la magia. Y encontrar libros raros en las bibliotecas. Y los mapas. Y volar contigo por esos mundos. Y…
El Guía seguía en silencio.
-¿Y lo que no me gusta? Curiosamente, me cuesta más pensar en lo que no me gusta. Sí, soy un niño raro quizá. ¿No? ¿De verdad a la gente le cuesta pensar en lo que les gusta? Pero si es lo más fácil del mundo – una vez tuvo las hierbas seleccionadas, las introdujo en saquitos con su runa correspondiente. Esas hierbas, luego, las venderían a los diferentes mercaderes de los Pueblos del Octágono – No me gusta, uuuh… hablar del tiempo y de cosas aburridas. Aburrirme. La gente aburrida no me gusta. ¿Sabes? Prefiero hablar con gente retorcida que con gente aburrida. Aprendes más. ¿Qué más? Cocinar. Me parece un rollo.
-¿Por eso siempre sales con excusas para no tener que cocinar?
-¿Excusas? Bueno. Trabajo más. Prefiero trabajar a tener que cocinar. A Mireia le encanta cocinar.
Cuando dijo aquel nombre, Mireia, fue como si un encantamiento secreto hubiera tomado posesión de él. Se le encendieron los ojos. Y las mejillas.
-Ya veo. Siempre que Mireia cocina, se te ve muy interesado en lo que hace.
Se le encendieron aún más las mejillas. Y cambió de conversación.
-¿Más cosas que odio? Los insectos. Las avispas. Menos las arañas, que se comen a los mosquitos y a toda esa chusma. Odio los puzzles, el ajedrez, la química, las matemáticas. Lo odio porque me hacen sentir tonto, no por otra cosa. También me disgusta la gente normal.
-¿La gente normal?
-Si. La gente normal hace cosas normales solo porque…es lo que hace la gente normal. Sin pensarlo.
-¿Te refieres a los Pert?
Los Pert son la gente que está fuera de Món. En otras palabras, la gente que vive vidas corrientes al margen de la Magia. Todos los humanos tienen facultad para la magia, pero pocos sienten una atracción natural por ella. No sienten la necesidad de ir más allá de sus narices. Ni para la magia, ni para cualquier otra cosa. Para bien y para mal. A esa masa de gente se les llama Pert.
En la primera lección con el Guía, se nos dejó claro a los aprendices de magia, que el mundo de los Pert no es un mundo aparte. Ellos viven en el mismo mundo pero son ciegos al Mundo Completo, a Món. Viven como inmersos en una niebla. Todos hemos sido Pert alguna vez. Decía el Guía. Pero yo sé que eso tampoco era del todo cierto. Algunos Pert se introducen en la Magia, sin que otros en la Familia lo sepan, pero la gran mayoría de Magos vienen de familias de magos. No es cuestión de sangre ni de raza. Es cuestión de educación. Es más fácil que un niño que está rodeado de libros se vuelva escritor, que uno que vive rodeado de neumáticos y motores.
-Sí. Los Pert me aburren. Me aburre tener que pasar el tiempo con los Pert. ¿No podríamos tener un mundo separado de ellos?
-No te voy a juzgar por esto. Muchos guías te dirían que no critiques a los Pert, pero, en el fondo, piensan lo que tú piensas. El problema, sin embargo, de crear un mundo separado de los Pert es que ya lo hemos intentado varias veces. Y siempre ha fracasado.
El niño se rascó la nuca, el ceño fruncido. Era cierto. Durante los siglos, los Ogari (lo que los Pert suelen llamar “magos”, “brujas”, “hechiceros”, etc), habían intentado varias veces crear una sociedad aparte de los Pert. Pero cada vez, había terminado en terribles guerras mágicas que casi habían acabado con el mundo. Muchos terremotos y erupciones, muchas catástrofes que se creen “naturales” han sido producto de estas guerras que, para la gran mayoría de gente, son invisibles. De aquí provienen las fábulas fantásticas de seres feéricos que guerrean entre ellos y de terribles magos que entran en grandes batallas.
-Los Ogari tenemos más poder que los Pert, pero el poder no te da superioridad moral sobre el que no lo tiene – decía el Guía, en la primera lección – Por ese motivo se creó el Consejo, para evitar que los Ogari terminen esclavizando a los Pert y, con ello, llevarnos al desastre.
Pero volvamos al principio de esta conversación. Mi guía me preguntaba acerca de las cosas que realmente me apasionan. ¿Qué quieres realmente hacer, con tu magia? Yo no lo sabía, en aquel tiempo. Pero él sonrió y me dijo que el primer paso hacia tu propia Magia, es no saber nada. Saber que uno no sabe nada es el punto donde todo nace, donde todo puede nacer. Prima Materia del sabio. Respiré, con alivio. La inmensa mayoría de Ogari saben qué quieren hacer y qué quieren ser. La graduación se acercaba, los exámenes finales estaban a la vuelta de la esquina. Una vez terminemos. ¿Qué haré? ¿Dónde me llevaré mi poder? Cuando uno se gradúa, debe construirse su propio mundo mágico, con esas manos, con esa mente y con este corazón. Nuestro guía se había construído esa Torre con patas, durante varias décadas. Todo aquel mundo alquímico, esos laberintos de libros, cuevas, salones y puertas que llevan a otras casas en otros mundos, era una expresión de cómo era él. Una persona inquieta, viajera, con un gran don de gentes. Extrovertida. Cuando no nos daba lecciones, se dedicaba a viajar en su Puerta Mágica hacia las Otras Casas que él poseía en otros sitios del Mundo, y se dedicaba a vender sus productos. Hizo mucho dinero, así. Pero él siguió viviendo en aquella humilde torre errante. Nunca nadie se atrevió a hacerle preguntas. Era una persona irascible. Justo, pero de carácter duro.
-¡Hola!
Mireia entró, con aquella energía que llena el mundo y los corazones. Con esa presencia tan descontrolada, como una primavera que explota. Flores silvestres. Olía a flores silvestres. En su cesta, una gran cantidad de flores silvestres. Me sonrió, con aquella sonrisa que era el origen de la explosión de colores que ahora llenaba los campos.
-¡Te has dado más prisa que yo! ¡Cuántas plantas! Ohhh… – se acercó y observó los saquitos donde yo había metido las plantas, ahora cerradas de forma hermética, con sus respectivas runas – ¿Dónde has ido?
Le respondí. Pero no recuerdo qué le dije, exactamente. Me hablaba, pero yo ya me había zambullido en sus febriles y grandes ojos verdes. Solo recuerdo que cuando salió, me sentí triste. La mirada clavada en el suelo. El guía estuvo a punto de decir algo, pero, en el último instante guardó silencio. Eso era extraño. Cuando el guía abría la boca, siempre hablaba. Era la primera vez que se contenía. ¿Qué quiso decirme?
Ahora creo que lo sé. Sí, creo que quería advertirme. “Nunca te pierdas en los ojos de otro”.
Solo quiero seguir estando junto a ella.
Pensé. Y creo que también adivinó mi pensamiento. Pero esta vez habló, y dijo algo que en aquel momento me pareció surrealista, grosero, y sin sentido.
-Lo mejor que puedes hacer es masturbarte. Y, justo después del orgasmo, piensa en tu futuro. Ahí tendrás tu respuesta – y añadió, con aquel tono de voz burlón que a veces utilizaba – Solo hazlo cuando sepas que realmente estás solo. Ya tuve suficiente con pillar a uno de mis hijos en el acto. No es agradable.
-¿Por qué? – le pregunté, parpadeante.
-Porque las chicas nos vuelven gilipollas, a los hombres Ogari. Ellas, las mujeres Ogari, no tienen ese problema.
-¿Por eso hay Ogari que deciden no tener sexo?
-Estos son los peores. Reprimir algo tan natural solo lleva a los peores actos. Pero basta de esta charla, que me viene dolor de cabeza – agarró los saquitos, uno a uno – Herbolario podría ser una buena profesión para ti. Tienes buen ojo para las plantas. Y las chicas suelen frecuentar estos sitios. Pociones, ungüentos, cremas, infusiones, esas cosas.
-¿En serio?
-Pregúntale a Mireia y verás. Tengo que irme. Buen trabajo, hoy.
Como siempre hacía, de una de sus bolsas agarró un picaporte, lo introdujo en la Puerta, giró. Y salió hacia vete a saber qué lugar. Cada picaporte lleva a un lugar distinto del Mundo. Nunca nos llevó a estos lugares. “Solo me dedico a vender lo que producimos en las lecciones”. Nunca le preguntamos dónde iba a parar el dinero, aunque, entre nosotros, siempre hablábamos. Teníamos muchas teorías. Libros prohibidos, regalos a amantes, casas encantadas que compra para atrapar espíritus. Todos nosotros llevábamos juntos desde que éramos muy pequeños. Era nuestro segundo padre. Y para él, éramos sus otros hijos. Y habíamos construído, juntos, una especie de mitología que hablaba de sus extraños viajes.
Yo era quien siempre se inventaba las historias. Y todos participaban de mis locuras.
Sin darme cuenta, me había puesto a escribir acerca de las historias inventadas que se me habían ocurrido, acerca del Guía.
En una de las historias, a él le crecían dos grandes alas de cuervo y ascendía una montaña. Una fuerte nevada. No hay nada que pueda cruzar esa nevada. Nadie más que Él podría hacerlo. Mientras volaba a través del temporal, blandía una espada de fuego celeste, y se abría paso a través del encantamiento impenetrable de la Montaña Sagrada. Cuando llegó a la cueva escondida de la montaña, hincó la espada en una vena de tierra y, desde ella, empezó a brotar un líquido dorado. Lo metió en una botella.
Recuerdo muy bien esa historia, porque por alguna razón, había decidido no contársela a mis compañeros. Sabía que la encontrarían aburrida. No había dragones, monstruos, villanos. Ni tesoros. Solo una tormenta, una cueva. Y aquel líquido.
Se lo enseñé a mi Guía.
Por primera vez en mi vida, vi que sus ojos se abrían, con sorpresa. Me miró varias veces mientras leía. Luego, me devolvió el papel.
-¿Cómo sabes tú esto? Esto es visión remota entre mundos. Es algo difícil y peligroso.
-¿Visión remota? – alcé las cejas, sin comprender – Yo solo escribí una historia. Me la inventé.
-¿Cuándo escribiste esto?
-Hace tres noches.
-Pues bien. Hace tres noches fui a esa montaña. Y sucedió tal y cómo lo cuentas aquí. Mira.
Fue hacia uno de los cientos de estanterías, laberinto de libros, tarros, botellas y todo tipo de objetos. Y volvió con una caja de madera. La colocó sobre la mesa, ante mí. La abrió. En su interior se encontraban varias decenas de botellines con un líquido dorado, resplandeciente. Lo reconocí al instante. Era el líquido que él había extraído de la montaña sagrada.
Nos quedamos ambos en silencio. Finalmente, él dijo:
-¿Hiciste lo que te recomendé hace una semana?
-¿Lo que me recomendaste? – rebusqué en mi mente. Luego, enrojecí ligeramente – Oh, lo de la masturb…
-Si, eso.
-Uh…sí.
-¿Y qué?
-Tenías razón. Mi mente, de repente, se aclaró.
-¿Y qué viste?
-Me vi a mi mismo contando historias, tocando música, dibujando. Arte y magia. Quiero ser Artista.
Pareció decepcionado.
-El arte es una forma distinta de masturbación.
-¿Cómo?
-Cuando me has enseñado esta historia, lo he entendido. Sí. Estás destinado a Ver.
-¿Ver?
-Sí. Ver otros mundos. Explorarlos. Descubrirlos.
-¿Cómo tu?
-No. Yo solo viajo por mundos que ya han sido descubiertos.
-Pero…yo te vi en un mundo que ya había sido descubierto.
-Si, porque aún estás anclado en esta torre, en este mundo que es mío. Pero pronto… – sonrió, los ojos brillantes, orgullosos. Y tristes – Pronto abandonarás este Nido. Y podrás Ver otros mundos. Y quién sabe qué podrás ver.
-Pero yo…quiero estar junto a Mireia. Le comenté lo de la botánica. Ella quiere ser herbolaria y yo…
-¿Y tú?
-Quiero estar con ella.
-¿Pero tú quieres ser herbolario?
-Puedo ser Artista y estar con ella.
-Sois los dos muy jóvenes. Aún no sabes qué dices. ¿Ya le has confesado?
-¿Confesado?
-Sí. Que la quieres.
-¿Que…la quiero? – se me pusieron rojas hasta las orejas.
-Claro. ¿O ya estás planeando todo esto, sin aún saber si ella también te quiere?
-Uh, yo… Ya sabe que me hago mis historias y…
-Y te crees que, si lo imaginas, es así como va a ocurrir.
-Uh, yo…
-Lo que uno ve en otros mundos, en la imaginación, no siempre se cumple. De ver a experimentar hay un gran salto.
-¿Un gran salto?
-Sí. El salto de una fe inquebrantable. Saber sin dudar.
-Saber sin dudar… – repetí.
-Sí. Y aún tengo que conocer a alguien que esté enamorado y no dude.
Por segunda vez, y esa ya sería la última vez que lo vería, abrió los labios para decir algo más, pero se calló en el último momento.
-¿Sabes lo que es ese líquido dorado? – cambió de conversación.
-No.
-Coge una de esas botellitas. Te la regalo.
-Señor…Yo…
-Cógela. No es una opción. Y guárdatela para cuando seas mayor. Un día, lo entenderás.