Los Soñadores

Nuestra comunicación empezó de forma extremadamente sutil. Ahora estoy convencido que, si no hubiera seguido aquel hilo de coincidencias, de sincronicidades, jamás habría descubierto lo que descubrí. Se trata de dejarse llevar por la locura, por la percebida locura de quien siempre vé conexiones en todo. De que nada es casual. Si uno se fija bien en las sincronicidades y las apunta en un cuaderno, entonces se da cuenta muy pronto que lo que parecen casualidades se amontonan de tal forma, que ya es ridículo pretender que se trata de eso: de casualidades.

Fue una noche extraña, de visiones extrañas. Soñé que existe una cadena de personas que estamos todas conectadas y que nos comunicamos constantemente, nos atraemos, como si fuéramos imanes.

Los Soñadores.

Los Soñadores son Artistas, escritores, músicos, poetas. Escultores. Arquitectos. Bailarines, sacerdotes, guerreros. Hay soñadores en todos los estratos sociales, en todos los mundos, sean como sean. Todos tienen una cosa en común: tienen el don de la Imaginación Activa. Por eso, la gran mayoría de ellos son artistas, o tienen un vínculo importante con ello. Y con la magia, por supuesto.

Tuve un sueño en el que vi a todos los Soñadores. Unidos. Se escriben, se pintan, se componen los unos a los otros. Sin saberlo, están constantemente buscándose, abriendo portales y ventanas hacia esos otros mundos donde los otros Soñadores existen. Porque estamos en un Mundo de Mundos. Desde la ilustración, ya no podemos notarlo, pero hasta el siglo XVIII, la frontera entre los mundos invisibles y los mundos sensibles era mucho más neblinosa. Fue esa separación entre la Consciencia y el Inconsciente, que marcó la modernidad. Era necesaria esa separación. El Sol tenía que iluminar, con fuerza, la nueva Sabiduría, el Nuevo Conocimiento, los Siglos de las Luces, del Progreso. Pero cuanto más el Sol iluminaba, más crecía la oscuridad. La sombra se alargaba más y más. Y el reino de las tinieblas se hizo más profundo que nunca. Todo se precipitó, se hundió, en los abismos de las grandes guerras, y el soporte de la cruz ya no era soporte. Se hundió con todo lo demás. Los monstruos, las serpientes, los dragones negros, todo lo arrasaron a su paso. Las tinieblas que hemos ignorado durante siglos han vuelto.

Una nueva conjunción se ve, en el horizonte, otra Conjunción entre el Consciente y el Inconsciente, que va a dar a luz a una nueva Consciencia que se expandirá entre los Mundos, hasta que vuelva, de nuevo, a replegarse y a explotar, hacia nuevas y más altas (y profundas) esferas. La conjunción entre lo Visible y lo Invisible. Lo Arcano entrará, de nuevo, en el día a día, y la Imaginación fluirá en Realidades que se cristalizan con el agitar de una vara, o el timbre de un canto. Pero ese día aún no puede llegar. No. Aún no se dan las condiciones para que esto ocurra. Mira a tu alrededor. ¿Qué tipo de mundo podría nacer, de un mundo donde los hombres pueden crear cosas, de forma instantanea, con el poder de la Imaginación generativa? Sentí un escalofrío.

Los Soñadores son la punta de lanza de esta nueva consciencia que busca integrar ese inconsciente, ese vergel imaginativo que brota, que erupciona, que late, en el interior de la tierra. ¿Vergel? Sí, pero también Infierno. Es capaz tanto de dar aliento a un paraíso, como de dar fuego a un infierno.

El fuego de la imaginación.
El agua del éter de los sueños.

Lo más extraño, y no me lo pareció en absoluto cuando soñaba, es que entre los Soñadores hay muchos que no son humanos. Hay dos Razas de Soñadores en Mön. Los Seyr y los Humanos. Ambos tienen diferentes formas de soñar e imaginar pero, en última instancia, son las dos grandes razas creadoras. Obviamente, hay muchas sub-razas, y las leyendas e historias abundan de una hibridación entre humanos y seyr, aunque últimamente no es algo tan común como antaño. Los humanos son, por así decirlo, los Señores del mundo sensible, mientras que los Seyr dominan el mundo de la niebla. Entre ambos mundos hay una infinidad de mundos y de planos. En cada instante, nacen y perecen, y vuelven a renacer, infinidad de universos. Pero no voy a adentrarme en este jardín, por ahora.

Seguramente habréis oído hablar de seres feéricos y de espíritus. Y de dioses. También habréis oído hablar de arquetipos, de motivos que se repiten en las visiones y los sueños de la humanidad. Están todos entremezclados. ¿El motivo? En los Mundos más fluidos, que pertenecen a la esfera de los Seyr, las fronteras se disipan. Los ancestros, espíritus de la naturaleza, dioses, familiares, monstruos, arquetipos, egregorios, tulpas, todos parecen entremezclarse y confundirse. Confuso para la mente humana, por supuesto, totalmente invadida y parasitada por el virus, la bacteria, del materialismo. Para el mundo de los Seyr no hay confusión alguna. Un Seyr puede ser, a la vez, un Dios, un ancestro, un espíritu de la naturaleza y un arquetipo. Participar de muchas de esas naturalezas que nosotros vemos como separadas. Se suele dar el error ahora, en las historias humanas del siglo XIX, de querer humanizar a los seyr, de darles una forma concreta. No podemos imaginar que un Seyr no posea una forma concreta. Los Seyr dicen que solo es propio del mundo materialista el que todo parezca de una sola forma. Es como un virus que nos ha poseído. Por ese motivo, los Portales se han cerrado. No todos, pero casi todos. Muy pocos portales se mantienen abiertos, todavía, a los Mundos Seyr.

Los Soñadores son los que mantienen los Portales abiertos, a través de la ficción, de la imaginación, de las historias. Del arte. De la música. Pero, ¿Os habéis fijado como el arte de cada vez aparece más vacío, más desposeído de significado, de substancia, de alma? Aún la Separación tiene que ser más grande. Tan grande, que a veces me pregunto si no iremos demasiado lejos y perderemos el espíritu, para siempre.

Pero el problema es Doble.

Si nos perdemos nosotros. Los Seyr, también se perderán. Nuestras naturalezas están unidas, desde siempre. En el amanecer de los tiempos, éramos una sola raza. Tenemos un ancestro común. Hablamos el mismo idioma de las emociones, del arte, del pensamiento, del conocimiento, aunque expresados de forma muy distinta en cada caso. Pero ya tendré ocasión de volver a ese tema, en esa espiral de narraciones.

De vuelta al tema del principio, os dije que tuve un sueño. Los soñadores, tanto nosotros como los Seyr, quieren abrir de nuevo los Portales. Para nuestra vuelta a Mön, el “estado perfecto” de unión entre los humanos y los seyr. También soñé, que los Soñadores humanos tienen una parte Seyr, quizá de antiguas hibridaciones. Y lo mismo ocurre con los Soñadores seyr: tienen una parte humana. Como no participan al cien por cien de su naturaleza se sienten extraños, alienados, en sus mundos. El arte, en el fondo, no es más que un anhelo hacia la Unión con algo: con otro soñador, con el mundo perdido de Mön, con un Seyr. Y esta unión puede ser constructiva o destructiva. Por ejemplo, en el alcoholismo y en cualquier adicción, hay detrás un anhelo de unión con el Todo, que solo puede conseguirse a través de esa destrucción premeditada. Muchos artistas optan por esa vía, al no saber cómo pueden unirse de otras maneras y al ver que su arte no es más que una gran incógnita, un enigma que muchas veces se vuelve demasiado doloroso y paradójico. El Soñador es un Ser que es capaz de conectar con otras Realidades, Planos y Mundos, ya sean esos Mundos otros mundos humanos (novelas realistas: qué hubiera pasado si esto o aquello hubiera pasado – no es más que la posibilidad de Otro Mundo – porque en cada decisión, en cada gesto, un nuevo mundo nace) o mundos Seyr (novelas de fantasía y ciencia ficción, realismo mágico, leyendas, mitologías).

Si os fijáis en el arte y en la novela, solo encontramos realismo puro y duro a partir de la Ilustración: historias “reales”, paralelas a nuestras vidas “reales”. Esa dicotomía es moderna y nunca ha sido la dominante en el mundo artístico humano. Antes de la novela moderna, por ejemplo, incluso las crónicas que en teoría relataban hechos cronológicos estaban plagadas de seres y hechos sobrenaturales. Si bien es cierto que en muchas ocasiones se hacía para darle una legitimidad a cierto rey o señor (por ejemplo, un linaje que desciende de Hércules), esas historias sobrenaturales no se ponían en duda. Se aceptaban, sin más. No es que se aceptara el linaje en sí, siguiendo el ejemplo (la gente podía dudar de su legitimidad), lo que no se dudaba, era el hecho de que un linaje pudiera descender de un Dios. Eso solo empezó a dudarse a partir del renacimiento y, sobre todo, a partir de la ilustración.

Pero, como siempre, me estoy yendo por las ramas. Lo que quiero decir con todo esto es que, hasta fechas muy recientes, el mundo de los Seyr era aún muy cercano al nuestro. Tengo la teoría que, por ejemplo, los avistamientos de seres feéricos, fantasmas, monstruos y todo tipo de seres, han disminuido de forma tan brutal, porque nos hemos ido separando del mundo de los Seyr. Aún no estamos separados del todo (siguen existiendo los avistamientos extraños) pero no son tan comunes, ni mucho menos, con lo que ocurría en la antigüedad, en el que la gente, estoy seguro, podía ver cosas que ahora consideraríamos “extrañas”, casi a diario.


Iba por el tercer café. Febril, no he podido dejar de escribir, poseído por algo que no he invocado. Es algo que me ha invocado a mí. Estoy expresando la Intención, el Deseo, de una Inteligencia Invisible que me escribe, que me piensa, que me crea. Y yo estoy haciendo lo mismo en este cuaderno, imbuído en esta vieja cafetería. Dos grandes ojeras. Llevo mucho tiempo sin afeitarme, sin peinarme. Febril, estoy poseído por la musa.

Desde que descubrí esta cafetería nocturna, esta terraza pequeña, escondida, no he podido parar de escribir. Vengo cada noche. ¿Cómo descubrí este lugar? Es una buena historia.

Siempre he sido amigo de la gente marginada: mendigos, locos, alcohólicos, músicos ambulantes, científicos incomprendidos, revolucionarios sin causa, desengañados. Recuerdo aquella noche. Era una noche de luna nueva, de un cielo que parecía tener más estrellas de las habituales. Yo deambulaba a solas por las calles, otra vez sin trabajo, sin rumbo, con una botella en la mano y un cigarrillo en los labios. Pero…¿Qué buscaba? Busco y busco sin saber qué busco.

-Estás buscando algo, pero no lo sabes.

Me giré. Un mendigo vestido con harapos, calvo, barba larga y blanca, pero bien erguido, con un porte noble. Aquella contradicción me llamó la atención.

-Sí, no sé qué estoy buscando – contesté – ¿Quieres? – le ofrecí la botella.

-No, gracias, soy abstemio – desde el interior de su desgastada chaqueta sacó una tarjetita de su interior.

En ella, con bonitas letras, aparecía un nombre: “La Puerta del Dragón”. Luego, una inscripción: Tarjeta de invitación, solo para Soñadores. Calle del Velo número 33.

-Calle del Velo número 33 – dije – Esta calle no existe. Al menos, no en esta ciudad.

-Oh, existir existe – dijo el mendigo, con una sonrisa desdentada – Hay una Ciudad dentro de la Ciudad, Soñador.

-¿Soñador?

-Trabajo para “La Puerta del Dragón”. Busco Soñadores y, cuando los encuentro, les doy la tarjeta de invitación.

-Pero…¿Qué es un Soñador?

-No lo sé explicar. Digamos que sé quien puede entrar en este sitio y quien no. Es una intuición.

Me quedé en silencio, pensativo. Contemplé los ojos brillantes del mendigo. Sé diferenciar a la gente que están aquí y a la gente que no lo están. En aquella mirada no había niebla alguna. Era una mirada afilada, segura de sí misma, casi diría que sobria. Altiva. ¿De verdad es un mendigo, o solo se hace pasar por uno? No me malinterpretéis. No es que piense que los mendigos no pueden ser altivos, ni tener orgullo de sí mismos. Pero no es lo más habitual. La vida en la calle es muy dura y pasa factura. Es una vida que encorva las espaldas. Y te apaga los ojos.

-De acuerdo. Gracias por la invitación. ¿Cómo…puedo encontrar esta calle?

-Yo solo me dedico a repartir invitaciones – contestó él – Lo de encontrar la calle, y la Ciudad paralela, ya es otra cosa. Cada uno la encuentra a su manera. ¡Buena suerte!

La ciudad paralela.
La calle que no existe.

Recuerdo que volví a casa, aquella noche, a mi destartalado piso de las afueras. Huele a humo de tabaco y a licor. Me senté delante de la mesita, la despejé, retiré las decenas de papeles con escritos y dibujos, el ordenador portátil con manchas de café, tabaco y de cerveza, y coloqué la tarjeta allí, en el centro, iluminada por la ténue lámpara. “La Puerta del Dragón”. “Tarjeta de invitación, solo para Soñadores. Calle del Velo número 33”

Confundido, estuve un buen rato pensando. Dándole vueltas al asunto. ¿Y si era, simplemente, una tapadera? ¿Una ciudad dentro de otra ciudad? Yo esto lo he escuchado en algún lugar. Oh. Escuchar quizá, no. Pero lo he escrito, sí, he escrito sobre ello.

Fui a mi archivo de historias, donde las tengo todas clasificadas en diferentes temas. Tengo cientos de ellas. Busqué las que hablaban acerca de ciudades dentro de otras ciudades. Calles secretas. Encontré varias de ellas. Pero al terminar de leerlas, no llegué a ninguna conclusión. Sí, es una vieja idea. Un tema recurrente. Existe una ciudad secreta en el interior de una Ciudad normal, una ciudad solo para Soñadores. Lo que es esta ciudad, cambia según la historia. A veces es una ciudad con gente totalmente distinta, otro plano, otra dimensión. Esta ciudad es la ciudad verdadera, la que existe más allá del Velo, mientras que la Ciudad en la que me encuentro ahora, es solamente una diminuta parte, la ciudad velada, donde viven los No Iniciados, presos de los sentidos y de la vibración baja de la ciudad. Pero…¿Cómo acceder a la Ciudad paralela?

Distraído, giré la pequeña cartulina de invitación. El dibujo de una manzana. En su interior se encuentra un dragón enroscado sobre algo que brilla con un tono dorado, como si estuviera guardando un tesoro.

Parpadeé, confundido. La Puerta del Dragón. La Calle del Velo. Una manzana y un dragón, en su interior. ¿Qué significa todo esto?

Suspiré, me eché algo de licor en la copa, bebí, tosí, escupí. Tiré el resto del alcohol por el fregadero.

“Tengo que dejar de perder el tiempo y seguir el rastro de la manzana”.

El rastro de la manzana.
El rastro de los símbolos.
De las sincronicidades.

Abrí el Portátil. Abrí Instagram, sin ni siquiera saber por qué. Odio las redes sociales. Pero me aburro.

Cliqué sobre el icono de la “casa” y dejé que el algoritmo me enviara lo que quisiera. Cuando, delante de mí, aparecieron dos jóvenes a punto de comerse una manzana en cuyo interior se encontraba un dragón, pegué un respingo, casi me caí de la silla. Una joven de cabellos azules y grandes ojos dorados, y un joven de ojos plateados y pelo negro como un ala de cuervo, abrían la boca en el mismo momento, ambas manos unidas, agarrando la manzana, juntos.

El título de la obra: “Yo te libero del Pecado”.

Artista: “Marna”.

No puede ser.

Rápidamente, cliqué sobre el nombre de la artista. Y lo que vi me dejó mudo, durante un tiempo que pareció una eternidad. Mis ojos recorren la galería de pinturas, de dibujos, de sketches, de su perfil. Un hombre con una túnica verde lleva un carruaje de dos alturas. Cliqué en la flecha de la derecha. Otro dibujo. En el interior del carruaje se encuentran dos poetas, con sus cuadernos repletos de palabras. Uno de ellos le dice al otro:

Los científicos intentan encontrar una forma de viajar en el tiempo. Pero no tienen más que mirar las Palabras. La poesía. El arte. La música. Esas son las verdaderas máquinas del tiempo.

El corazón empezó a latirme, con rapidez. Las manos temblorosas, sin dar crédito, empecé a rebuscar en mi montaña de escritos, en mi índice. “El diario de Marna”, “Poesía”. Hacía poco menos de una semana, había escrito acerca de una joven artista llamada Marna, en un escrito en forma de diálogo. En ese escrito, ella aseguraba haber entablado contacto con un joven llamado Araun, de otro Mundo. Araun era un estudiante de magia que estaba a punto de graduarse. Su Guía, su Profesor, le había dado una misteriosa botellita de color dorado. Y había rociado el Centro de un claro, con ella.

Y eso fue lo que escribiste (escribiste? O escribí? Me duele la cabeza):

Y de allí brotó ese líquido dorado, o rojo. No estoy segura. Pero cuando has vaciado la botella sobre el claro no ha pasado nada. O eso es lo que tú crees. Porque ese líquido tiene una magia especial. Gracias a ese líquido te he visto, a través de los velos que esconden los Mundos. ¿Es un líquido que pasa de generación a generación, de magos a magos? Quizá, quizá. No lo sé.

¿Fue ese el momento crítico, el momento clave, en que todos empezamos a ser capaces de hablar? Gracias a ese líquido nos podemos ver, ahora, el Velo de los mundos se está rompiendo, después de tanto tiempo.

No van a quedarse quietos, viendo cómo rompemos el velo. Viendo como los soñadores empezamos a comunicarnos entre nosotros – pensé.

Luego, te pusiste a dibujar un cómic. En él, aparece un hombre de túnica verde, que lleva un carruaje.

Eso es lo que escribiste en tu diario:

Al llegar a casa, he vuelto a dibujar y he visto que te habías construído un carruaje, con tus propias manos, tirado por dos caballos. Son dos caballos que las hadas te regalaron. De hecho, las hadas también te han ayudado a construir el carruaje. Todo mago tiene que construirse su medio de transporte, su hogar, su propio Centro del Mundo. Un centro que se mueve pero que está detenido. Paradoja.

Observé la fecha en que Marna había colgado su dibujo. Hace exactamente tres días, el día que yo (ella?) había escrito el diario. En aquel momento no sabía qué estaba ocurriendo. Lo primero que pensé es que me había vuelto loco, de verdad. ¿Es este el primer síntoma de la locura? Asustado, casi sin aliento, miré también cuándo había colgado aquel dibujo de la manzana. “Hace 10 minutos”. Diez minutos exactos habían pasado desde que había visto el dibujo de la manzana tras la tarjeta de visita. Ni uno más, ni uno menos. No los había medido, pero, por alguna razón, sabía que los dos eventos habían ocurrido al mismo tiempo.

Volví al dibujo del carruaje. Después de la conversación entre los dos poetas, aparece otra imagen. Es la de un hada que lleva una llave. Tras ella, una pequeña puerta.

Bajo la imagen, esa inscripción, que coincide palabra por palabra con la del Diario:

El hada lleva una gran llave en sus dos manos. La llave pesa más que ella, pero ella la lleva en sus brazos, sin ningún problema. Tras ella hay un portal diminuto. Es tan pequeño, que pasa desapercibido para todo el mundo. Es totalmente insignificante. Está a la vista de todos y, sin embargo, nadie lo ve. El hada está triste y solitaria, esperando que alguien, por fin, se fije en ella, esperando a alguien a quien, por fin, pueda entregarle la llave.

Un Portal insignificante, que está a la vista de todos pero que, sin embargo, nadie ve.

¿Es ese el Portal hacia la Ciudad Escondida?

Confundido por aquella cascada de imágenes, salí a la calle. El mundo a mi alrededor me parecía, ahora, irreal. Noche en la ciudad, un grillo solitario tras la pared del viejo jardín. Siempre voy a ese jardín, me gusta pasear por él. Solía ser un jardín de infancia, pero hace tiempo que fue abandonado. Lo compró una empresa de construcción para hacer pisos, empezaron la construcción pero, de pronto, fue abandonada, quizá por falta de financiación. O vete a saber. Como siempre me paseo entre la maleza, entre los ladrillos apilados, entre las columnas de cemento, agrietadas.

Me senté bajo una de aquellas columnas, el viento mece la hierba que, en vano, intenta recuperar la ciudad, en ese extraño vergel detenido por el tiempo, como en un limbo. Observo los rascacielos que se alzan, como bosques de cristal, junto al río, más allá de las casas bajas de mi barrio. Recuerdo una de las historias que escribí, acerca de un parque de atracciones abandonado.

¿Cómo voy a encontrar este Portal, este lugar, esta calle Del Velo de la que me ha hablado el mendigo? La Puerta del Dragón.

Volví a sacar el móvil y observé el perfil de Instagram de Marna, en silencio. Cerca de cien mil seguidores. ¡Vaya! Silbé, con admiración. Pero me extrañó una cosa. Solo aparecían un puñado de dibujos, de fecha muy reciente. ¿Habrá empezado un perfil nuevo? ¿Habrá borrado sus antiguos dibujos? En la descripción de su perfil no había ni página web ni ningún otro link. Solo “Artista visual”. Nada más. Su foto de perfil es la de una hada con una espada y una llave.

Es exactamente esta:

Otra sincronicidad curiosa, por decir algo. El dibujo pertenece a un oscuro y desconocido libro de 1920, que se llama “The password to Fairyland”*. Lo tenía guardado en Pinterest. La contraseña secreta. El Portal Secreto. El hada, el Anima, con la espada que atraviesa el velo de los mundos, y la llave que abre los Portales que fueron Cerrados ya hace tiempo. Está de pie sobre un círculo de hojas, la perfección, la unión. Mientras miraba fijamente el dibujo, me fijé en algo que no me había fijado antes. Si uno observa el dibujo con los ojos medio entornados, se dará cuenta que el hada y el círculo dibujan una cerradura.

Así que esa es la respuesta al acertijo. ¿Eh? El hada es, a la vez, cerradura y llave.

Estuve tentado a escribir a aquella artista, pero logré detenerme justo a tiempo. No sé por qué, pero tenía la sensación de que si le escribía, todo se desvanecería. Aquella extraña conexión que ahora existía entre nosotros, era débil, precaria, era solo un hilo finísimo que podía romperse en cualquier momento, con cualquier movimiento brusco.

Entonces, me levanté. Decidí algo. Supe que, yo solo, no sería capaz de encontrar el Portal hacia la Ciudad Secreta. Tenía que hacer algo que solamente yo podía hacer.

Volví a casa.

Limpié el piso, a conciencia. Tiré las botellas, el tabaco. Abrí las ventanas. Encendí incienso. Y, del fondo del armario, saqué una bolsa llena de polvo. En su interior, una pequeña arpa que gané, hace mucho, en un concurso musical en Gales, un concurso de bardos. Ese era el premio al ganador. Una oleada de recuerdos, nostalgia, me invadió. Aquella bonita noche en Ynis Mon, en la isla sagrada de los druidas. Yo y mi vieja guitarra. Lejos de casa. Huídas, días de bicicleta, risas de mediodía en los bosques de Gales, buscando la guarida de Merlín. Que nunca encontramos.

¿O si?

Cuando no encuentres la respuesta – escuché, desde algún recoveco de mi alma – rasga las cuerdas y espera.


Me quedé mirando la pantalla. Casi cien mil seguidores en Instagram, pero, ahora, había dado un giro radical a mi arte. No parece que casi nadie haya entendido mi cambio. Mis nuevos dibujos, cómics, apenas han recibido “likes”. Parece que han caído en el abismo, como si, de pronto, yo me hubiera vuelto transparente a todos estos que antes me veían. Pero me da igual.

Llevo tiempo ya que perdí el rumbo. Comisiones. Durante tres años he estado viviendo de comisiones, pintando y dibujando para otros. Estoy harta. Hubiera sido tan fácil como eliminar toda la cuenta, pero me daba lástima. Era cómo despedirse de una vieja amiga. En mi perfil, el hada con la llave y la espada. Bajo sus pies, un círculo, una guirnalda. Era un día de invierno, nieve, una tormenta de nieve fuera. Y yo, con fiebre, entre las sábanas, con mi pijama de flores de cerezo que me compré en Japón.

Los nuevos dibujos. El carruaje, Araun, el joven de ojos plateados, que lleva las riendas, con su túnica verde. Luego, esos dos jóvenes, mordiendo la manzana con el dragón en su interior. Y el dibujo del hada con la espada y la llave. Una copia libre que hice, del Libro “The password to Fairyland”. Más dibujos han surgido, una cascada interminable de dibujos. Ha sido tan intensa la avalancha de creatividad, como un alúd de nieve que amenaza con enterrarme. No he querido colgarlo todo en las redes. No. Solo quiero verlo yo. Yo…y quizás él, también. ¿Pero dónde se encuentra él? ¿Es mi personaje? ¿O es real?

Creo que ya me he vuelto loca, ya no hay vuelta atrás. Me abrazo a un cojín. Respiro. Me arden las sienes y el pecho. De pronto, escucho la voz de mi padre. No, no quiero recordar. Pero cuanto más intento olvidarlo, con más claridad escucho su voz. Martillea mi mente.

¡Marna! ¡Este Pozo ha estado sellado desde hace milenios! Es el linaje perdido, el linaje del Dragón. Tal cuál, escena a escena, mis teorías estaban en lo cierto.

Me abrazó, me alzó en sus brazos. Yo me eché a reír. Fue la noche más feliz de mi vida. “Por fin mi padre se sentirá orgulloso de mí”.

El pozo. Nunca tuve que haber encontrado aquel pozo. Desde aquel día, solo he conocido la oscuridad.

Te destierro de mi mente, papá. Otra vez una oleada de culpabilidad me agarra del cuello y la fiebre parece acrecentarse.

¿Cómo voy a sobrevivir, ahora, que quiero empezar de nuevo? Eres una estúpida. Lo razonable es seguir haciendo lo que has estado haciendo. Sabes dibujar muy bien. Las comisiones para pagar el alquiler. Pero fuera de los dibujos…¿Qué soy? Soy una cáscara vacía desde que te fuiste, desde que desapareciste.

Escribí un diario. En él, me describí como la persona que pude ser pero que nunca fui. Pero cuando lo escribo, yo soy esa persona. ¿Cuántas personas somos? ¿Son nuestros personajes reales? ¿Son nuestras vidas paralelas que podemos retomar, cada vez que queremos, en forma de ficción?

El Diario de Marna.

El líquido dorado ha abierto el Portal de las hadas y ahora tenemos que encontrarlo. El líquido dorado que tu y yo comimos, de la manzana. La manzana dorada y el dragón en su interior. Nuestras vidas, como espejos rotos en mil pedazos, han empezado a recomponerse. Arquetipos. Vidas paralelas. Otros Mundos.

Quizá es la fiebre, que me hace desvariar.

Muéstrame el Camino hacia la Puerta Secreta – murmuré, sin querer.

Como en un movimiento reflejo, hice click sobre los “Reels” de Instagram.

Y el primer Reel que apareció… fue como si todo el tiempo a mi alrededor desapareciera, y solo yo y aquella melodía, existiéramos en aquel mundo. Unos dedos rasgan una pequeña arpa. Y una voz dulce, profunda, masculina, entona una Canción.

Y aquella Canción, yo lo supe desde la primera nota, iba destinada a mí. Pero no a mí como persona, sino a mí como… presencia que va más allá de este cuerpo. Aún no sabía expresarlo, no, aún no lo sé expresar ni siquiera ahora.

El joven canta, sus dedos rasgando las cuerdas del arpa.

Te busco con mis dedos,
con mis melodías
acaricio noches y días.
Oh, hada,
espada que rasga los velos
llave de mis secretos.

El hada, la llave, la espada.
Mi corazón bombea con fuerza.
No es posible.
Miro el nombre de la cuenta.

“Araun”

Hago click sobre él. No hay nada más que ese reel. En su perfil de instagram, hay una puerta. En ella, se entrelazan dos dragones: uno negro y el otro blanco.


Y, justo en aquel instante, tanto Araun como Marna vieron lo siguiente: “Esta cuenta no existe”. Ambos actualizaron Instagram, pero fue en vano. Tanto la cuenta de Marna como la de Araun parecían haberse disipado. Desconcierto. Confusión. Una cierta tristeza. Como esa breve conexión que se produce, cuando dos estrellas fugaces se cruzan en el cielo, para volver a desaparecer.

Polvo de estrellas.

Ambos móviles, también al mismo tiempo, se apagaron. O, mejor dicho, murieron. ¿Un cortocircuito? ¿Qué ha sucedido con los móviles? Intentaron encender los ordenadores. Lo mismo. La luz. Tampoco. ¿Un cortocircuito general? ¿Se ha ido la luz en las calles?

Salieron fuera, a la calle. Un silencio denso, sobrecogedor, como si todo, de pronto, estuviera manteniendo la respiración. No se escuchan los pájaros, los coches. No hay viento. Se pusieron a caminar, lentamente, y sus pasos resonaban con fuerza, con un eco inmenso, como si estuvieran en el pasadizo de una gran cueva.

Una brisa muy suave.

Me detengo. Cierro los ojos. Si, siento una brisa, es lo único, aparte de mí mismo, que existe ahora en esta ciudad. La brisa y yo fluímos juntos en una ciudad sin tiempo. ¿Estoy en un sueño? Un sueño lúcido, posiblemente.

Pero parece muy real.

La brisa me atrae hacia un sitio que conozco muy bien. Una brisa de infancia, que, en ciertas ocasiones, he podido sentir pero que nunca me atreví a seguir. Ahora, solo me queda esa brisa. No tengo nada que perder. Sigo la brisa, subo la cuesta de la calle solitaria. Los pasos suenan altos, desproporcionados. Las sombras se alargan, el Sol se hunde con rapidez y la noche se precipita sobre mí. Sé que si no llego al origen de la brisa antes de que el Sol se ponga, perderé la oportunidad, para siempre.

¿La oportunidad de qué?

Me puse a correr con todas mis fuerzas.


En la puerta se encontraba el mismo mendigo que me había dado la tarjeta con el nombre de “La Puerta del Dragón”. Había llegado justo cuando el Sol ya desaparecía por el horizonte, resoplando con fuerza. El mendigo sonreía, con aquella sonrisa desdentada. Detrás de él, una puerta llena de polvo. Era una puerta corriente ante la cuál habría pasado cientos de veces. Siempre me detenía varios segundos y me preguntaba por qué sentía una atracción extraña hacia aquella puerta. Pero nunca me atreví a tocar. O a entrar.

La puerta a la vista de todos,

-¡Por muy poco! – exclamó el mendigo – Aquí está la puerta. ¡Entra, entra!

El mendigo se apartó. Y cuando esto hizo, el polvo cayó como cae una cascada. Y, ahora, una imagen refulgía con una luz dorada. La imagen del hada con la espada y la llave. Pero ahora, bajo sus pies, en vez de una guirnalda, se encontraba un dragón enroscado.

-¿No necesito una llave? – pregunté.

-¿Una llave? ¿Qué llave?

-La llave que abre la puerta.

El mendigo se echó a reír.

-¡Nada de llaves! ¡Entra, entra!

Abrí la puerta.
Y entré.

Querido diario,

Acabo de volver a casa. Aún no entiendo lo que ha sucedido. Después de escuchar el arpa de Araun por Instagram, toda la electricidad de la casa. ¡Qué digo! Del barrio, de la ciudad, se ha desvanecido. Todo el mundo se ha desvanecido. He salido a la calle. Un silencio profundo, como si nadie más que yo estuviera en este mundo. Lo único que existía era una brisa, una brisa muy sutil que viene de un lugar en lo alto de la ciudad. He seguido la brisa. Y, de pronto, he comprendido que venía de algún lugar, un origen, un sitio escondido de mi infancia. El Sol se ponía con una rapidez extraña, sobrenatural, como esa escena del Viaje de Chihiro, cuando Chihiro entra en el Mundo Sobrenatural de los Kami y las sombras se alargan. Espectros, fantasmas, espíritus. Pero aquí no había espíritus. Nada más que yo. Sabía que si no llegaba antes de ponerse el Sol, la puerta se cerraría para siempre.

La puerta. ¿Qué puerta?

Cuando he llegado, resoplando, a la cima de la ciudad, me he encontrado a aquella mujer mayor que me dio aquella manzana de color dorado. Sí, como en un cuento de hadas. ¿Te acuerdas? Me decía que era la última manzana del árbol que, desde pequeña, crecía en su jardín. El último árbol de su jardín. Una mujer sin techo ofreciéndome una manzana tan bonita, tan dorada y perfecta. Me quedé sin saber qué decir. Tuve que aceptar. Y me la comí allí, delante de ella. Y, sin saber por qué, las lágrimas empezaron a resbalar por mis mejillas. Y me pareció que un velo se rasgaba y que algo en mi interior se liberaba.

Fue después de aquello que pinté aquella manzana. En otra vida, en otro mundo, yo me comí aquella manzana con un hombre de ojos plateados. Dibujé aquella escena, sin comprender. En el interior de la manzana, hay un dragón enroscado, que protege un tesoro.

También dorado.

Cuando llegué a la cima y la vi, me detuve, las dos manos en el pecho, resoplando. Con lágrimas en los ojos. Las lágrimas saben a manzana.

Y ella me dijo:

-¡Llegaste a tiempo! ¡Entra, entra!

Sin más.

-¿No necesito una llave?

-¡Nada de llaves! ¡Entra!

Entré. Era el interior de una especie de taberna medieval, con bancos de madera, finamente tallados. Gran cantidad de gente, sentada en ellos, bebiendo grandes porciones de comida y cerveza. Iban todos vestidos con túnicas de diferentes colores. Una camarera vino, con paso rápido y una gran sonrisa, y me preguntó: ¿Es usted Marna?

-Uh, sí.

-¿Lleva invitación?

-¿Invitación? Eeh…comí una manzana y…

-¿Una manzana dorada?

-Una manzana dorada.

-¡Perfecto! Sígame. Un hombre la está esperando.