I exposed my body, in front of her, my arms outstretched. The snake bit my ankle, enraged. The pain was unbearable, but I keep looking at her red eyes. I can feel the poison transfering into my body. Sweating, my ears are ringing. But I must endure. I can’t get on my knees, I can’t fall. I am here, standing.
I must shed it, I must shed the old to welcome the new.
When the snake finished, with a laughter, she disappeared under the earth and said: “I will be waiting for you in the underworld!”.
But I won’t fall.
I just won’t.
I don’t remember exactly how I thought about this. But, at the moment, I had a very high fever and everything appeared to be in a mist. I took an oak branch. It was an oak tree I knew very well, as a child. This was my secret base. And then, I nailed the branch on the ground and screamed.
Agathe!
For a reason I don’t understand, Agathe couldn’t resist the call, and that oaken branch. And came from the depths and coiled around the branch. I took her out from under the earth. And, enraged by the deadly poison, I took the snake with my bare hands. And no matter how many times she bit me again, and again and again, her terrible eyes, that horrible pain, I went to that oak tree. I tied the snake to the tree and to my body, with a strong knot. The snake’s screams deafened me. “You will pay for what you are doing, mortal!”
Pero la proximidad de la muerte me dio un coraje que yo nunca supe que estaba en mis manos. Cierro los ojos. Dejó que el veneno recorra el interior de mi cuerpo, con libertad. El corazón cada vez late de forma más leve, hasta que ya casi no puedo sentirlo. La serpiente, sin embargo, se mueve cada vez con espasmos más violentos. Su piel fría, tersa, me está aplastando el interior, se retuerce, me asfixia.
Pero cuando llegó el nuevo día, el amanecer, un Sol radiante, con una gran sonrisa, aparece entre las montañas con un olor de miles de flores salvajes. Colores y fragancias que nunca he visto antes. En este mundo hay muchos más colores que en el que yo vengo. Hay una presencia, una vida en cada roca, cada río, cada brizna de hierba, que es la promesa de un mundo vivo, cambiante y eterno. La piel empezó a escurrirse de mi cuerpo. Mudando. Cae a mis pies, a los pies del árbol, la vieja piel que el veneno ha arrancado. También cayó la serpiente negra. Desaparece en los abismos del mundo subterráneo. Sé que volveré a ver a Agathe, sí, pero este nuevo día es el Reino de otra Diosa, de otro espíritu. Desnudo, con la piel nueva y bajo ese nuevo Sol, agarré el bastón de roble. En él aún está la huella de Agathe, con forma de Espiral. El bastón de la serpiente.
El bastón de la Voluntad.
El bastón de mando.
El bastón que da comienzo a mi magia.
El nuevo mundo
Cuando terminé de escribir y de dibujar aquellas escenas, aquella historia, me quedé mirando aquellos dibujos con el ceño fruncido. No entiendo nada. Yo quería escribir historias normales, relatos, quizá incluso alguna novela, o historias que se cruzan, que se encadenan, que hacen el amor de una forma extraña. Que se suceden, en Espiral. En vez de eso, esta pluma me ha poseído y ha empezado a escribir, sola, a dibujar, sola, esas imágenes extrañas, que yo no quería plasmar. ¿O quizá sí lo quería? La serpiente negra, Agathe, la mudanza de piel, el bastón de roble. Peregrino, mago de un nuevo Mundo. Después de erigir la Torre-Árbol, el hombre tuvo que morir para su viejo mundo, dejó que Agathe lo matara con su veneno del mundo subterráneo. ¿Quizá he leído demasiado a Jung? Los arquetipos, los dioses, los espíritus numinosos. Hay una erupción. Con mi bastón, estoy hurgando en el interior de la tierra, y he llegado al magma, a la lava, en ebullición. Hay una erupción. Yo he provocado esta erupción. Y ahora las imágenes, las historias, los relatos salvajes, primarios, llueven del cielo con forma de ceniza, pero es una ceniza viva, que fermenta los campos. Se ha incendiado mi bosque, pero el incendio ha dado vida al Nuevo Bosque que ha de crecer, ahora, en tan solo una noche.
En tan solo una noche.
Al principio me vino la idea de construir varios santuarios, varios altares, para los espíritus y presencias que, poco a poco, están manifestándose. Pero luego, lo reconsideré. Estos Dioses no necesitan de altares. Sus hogares están en todos los sitios. No necesitan de un lugar concreto, no necesitan de ningún mediador. El único mediador está en el Arte, en esta pluma, en estos escritos y dibujos. Pero me gusta llevarlos encima, como amuletos, como un constante recuerdo de mi devoción por ellos. ¿Devoción? No me termina de gustar esta palabra. Prefiero “relación”.
Del papel del libro, recorté unos pequeños rectángulos. Cartas. Las primeras cartas de mi nuevo Mundo. Aparece una joven de cabellos azules con dos ojos dorados, soleados. Baila desnuda en el campo de trigo, al mediodía. Bajo sus bonitos pies, brotan las flores, los árboles, los frutos. La tierra de los inmortales, de la eterna abundancia, de las aguas cristalinas, del tañido de las más preciosas melodías. Ella fue la que primero me invocó. ¿O yo la invoqué? Baila alrededor de un Caldero humeante. ¿Un Caldero, o una fuente? El Caldero de la eterna abundancia, de la sabiduría y el conocimiento sin fondo. En el caldero todo se transforma, todo se vuelve amuleto y magia. Allí es donde yo sacrifiqué todas las historias, a cambio de esta Piedra que ahora cuelga en mi pecho.
La joven del baile y del caldero. La reina de mi magia, que se expande, que florece en nuevos mundos.
Sera.
Escribo su nombre bajo la imagen, con una letra dorada.
Pero, cuando cae la noche, su reinado llega a su fin. Y su hermana de cabellos negros y ojos rojos como dos hogueras, la substituye. La reina del inframundo. La que me da muerte. La que me da la resurrección. Transformación terrible, pero necesaria. Señora del Lobo y del aullido, de la locura, de los sortilegios, de los susurros, ancestros, fantasmas y misterios. En mi dibujo aparece montando un lobo, sus cabellos negros repletos de estrellas. Serpiente negra, peligrosa, venenosa. Me da escalofríos recordar aquella voz metálica, aquellas carcajadas frías, crueles. En una mano lleva una llave. En la otra, una espada repleta de runas. Brujería, lujuria, sexo. Libertad. A diferencia de su hermana, todo lo que pisa muere. Por donde pasa, todo se marchita, todo vuelve a la oscuridad de la muerte, la tumba, la tierra. Pero en su veneno está el fuego de la resurrección. Guardiana de las semillas y de los tesoros que se esconden en las tinieblas.
Agathe.
Escribo su nombre con letras negras en un fondo dorado.
Me guardé las dos cartas, las dos hermanas, en el interior de mi túnica verde.
Llavor
I vaig esperar. No sé ben bé què ni a qui estic esperant, però sé que aquesta vegada la paciència ho és tot.
Sóc en lo més alt de la Torre. Al meu voltant, he obert les Portes cap els diferents móns, cap a les diferents històries. Les he obertes amb el meu bastó de la serp. Es un bastó que es transforma en espasa quan arriba la nit. Agathe! crid. I el bastó es converteix en una espasa negra que obri els Portals que vull. Clau cap els altres mons. Pertenesc al món subterrani. Sis nits seguides vam fer l’amor, Agathe i jo. I a cada gemec, a cada orgasme, sent com el martell es fa més i més profund. Caricia a caricia, penetració rera penetració, suor negre sobre un fons daurat, el martell de les profunditats, el cisell, em marca, en relleu, el nom d’Agathe en les runes secretes. Les meves nits perteneixen a ella. Però aquesta és la meva elecció. Després de la resurrecció, després d’aquest nou naixement, ha arribat l’hora d’escampar la meva llavor sobre aquest nou món ple de cendre i de terra negra com els seus cabells.
Què naixerà ara, del ventre diví?
Sento un calfred, de por, d’excitació.
“Només ets una eina pels designis divins. No caiguis en l’hibris. Només ets un mortal i el destí que t’ha sigut guardat, no el pots canviar. Ara només toca esperar i ser el redactor, la ploma, el fal, el semen, d’un nou món que es desferma, que esclata, en milions de portals, d’històries, de continents, móns dins móns.
Món de móns.
Al setè dia, vaig descansar.
I a l’endemà del setè dia, Sera, l’al·lota dels cabells blaus va venir, cavalgant el cèrvol. I quan va veure sobre la meva pell l’invisible emprenta d’Agathe, els seus ulls de Sol, daurats, em van cegar. Durant un instant, vaig pensar que em consumirien, que em cremaria viu. L’ira d’un Sol jove, que esclata.
Paralitzat. La mir, i la seva bellesa en aquell moment me va parèixer terrible. Una bellesa que mata. Els cabells blaus onegen, al voltant del seu cos nuu. I, sense paraules, em va comandar pujar en el cèrvol. I, sense poder negar-me, ho vaig fer. Un simple mortal a les ordres d’una deesa gelosa. Ella va pujar al cèrvol i vam estar viatjant, cavalcant pel Nou Bosc tant de temps que vaig perdre la noció de les hores. Vam passar cents de pobles, valls, montanyes, ciutats. I ningú ens veu. Som el vent, la pluja, el Sol que surt, el Sol que es pon. I a la nit els seus cabells, com una maranya, em tenen pres. M’allunyen d’Agathe, del seu realme de tenebres.
Quan arribàrem al Centre de l’Universe, al centre del bosc de boscos… M’esperaba trobar l’Arbre-Torre. Però no. Allà no hi havia més que un manantial, una font.
Fica’t dins del manantial. Ara! – Em va ordenar Sera, amb una veu de Sol d’estiu, sec, un Sol que torra. Que ofega.
I allà, dins del manantial, férem l’amor durant sis dies seguits. Al principi no va diferir molt d’una violació. Amb la ràbia terrible d’una Deesa, va cavalcar sobre mi amb ràbia, amb feresa, les dues mans sobre el coll. Els seus peus, a vegades, sobre el rostre, ferint-me. Puntades de peu sobre la cara. Vaig estar a prop de morir ofegat moltes vegades. Però vaig resistir. Es lo únic que puc fer: resistir. Dia rera dia, les seves ungles afilades, com un martell i cisell, em marquen el seu nom sobre la meva pell.
Sera.
A la nit ets d’Agathe. Pero de dia serás meu.
Al tercer dia, la tempesta solar, per fi, va tocar a la fi, i vaig poder moure’m. I dins del manantial li faig fer l’amor, ja marcat per ella, ja lliure, la vaig penetrar amb força, orgasme rera orgasme, llavors d’un nou món dins del seu ventre. Gemecs, la meva boca es passeja pel seu cos nu, pel seu coll, per les cames, pels peus. I férem l’amor amb tanta intensitat, que un remolí va posseir les aigües d’aquell manantial, d’aquella font. Una forta tempesta, núvols en espiral, va ploure amb una violència tal, que era quasi impossible respirar.
Què naixerà d’aquest ventre?
Només ets l’instrument d’aquests vells Deus que ara reviscolen, a través de la teva pluma i del teu sexe.
Ara, has d’obeïr.