La lechuza

Hoy me sucedió algo gracioso.

Ayer estuve pintando, con mi tablet de dibujo, un nuevo dibujo que se llama “Forest girl” en el que aparece una joven desde el interior de la hierba, como si hubiera nacido de ella, como si perteneciera a la hierba, al bosque. Pinté los cabellos de color verde para que se mezclaran con el verde de la hierba a su alrededor, a propósito: son sus cabellos, en realidad, hierba? O es la hierba sus cabellos? Sea como sea, al volver hoy al dibujo, me encontré que el color había cambiado. Ahora sus cabellos ya no eran verdes, sino azules. Casi pegué un respingo en la silla. ¿Cómo es posible? Estuve media hora tratando de encontrar cuál era el problema. Es el programa de dibujo? El ordenador? Soy yo que me estoy volviendo ciego con ciertos colores? Ya me preguntaba todo tipo de cosas. Era la segunda vez que me pasaba. ¿Recordáis lo del color violeta, de la joven que toca la guitarra, en la guitarra encantada? Pues lo mismo.

Entonces, se me ocurrió que había estado usando un bloqueador de luz azul llamado “Flux”, para evitar dañar los ojos por la noche. Lo volví a encender y…voilà! El azul desaparece y ahora es verde, tal y como creía haber pintado la hierba y los cabellos.

Eso me hizo pensar, reflexionar. Ajá. ¿Y si existe un filtro, un velo, en el mundo, que nos impide ver una Realidad más extensa, con nuevos colores que hemos olvidado que existen? Pero no solo con nuevos colores, sino con todo tipo de cosas que, ahora, por culpa de este filtro, no somos capaces de ver. Creo que la forma que tengo de escribir, aquí, en ese torbellino que me muevo, entre la “realidad” y la “ficción”, es la forma que tengo de quitarme el filtro. Sí, estoy anclado en este mundo desde donde escribo con el teclado, pero cuando me desanclar y entro en las historias, veo infinidad de nuevos colores y un mundo de mundos que fluye de forma mágica, como un fractal, un laberinto de puertas y portales, de caminos, de realidades interconectadas. Allí es cuando me doy cuenta que he salido de ese filtro, de ese velo que algo o alguien nos ha impuesto. Es, como “flux”, como ese programa que uso para bloquear la luz azul. Algo o alguien está usando ese filtro para que no seamos capaces de ver más allá de lo que estamos acostumbrados a ver.

Recuerdo que tuve un sueño, hace tiempo, acerca de los colores. En aquel sueño aparecían unos prados enormes y, en medio de los prados, una especie de islas o colinas, no recuerdo bien, repletos de flores y de nenúfares y de colores que no somos capaces de percibir en esta realidad. Recuerdo lo que sentí: esos son los colores reales que no somos capaces de ver normalmente. Era como si un filtro se hubiera retirado y ahora viera los colores como verdaderamente son: estaban vivos, latían de vida, tenían alma, y se desplegaban ante mí con una variedad que no existe aquí. Es imposible describir esa variedad. Es algo que solo puede experimentarse. No es que hubiera “más” colores. No es exactamente así. Era la forma que tenían de desplegarse, lo que era totalmente diferente. Cada color revelaba una miríada de variaciones, como un fractal, pero esas variaciones se reflejaban en los otros colores de forma armoniosa, hasta crear un calidoscopio que llenaba toda la naturaleza, y mi corazón. Porque no había una separación entre la naturaleza y yo mismo. Yo también estoy hecho de esta realidad invisible, yo también estoy hecho de muchas cosas que soy incapaz de ver, por culpa de este filtro. Y tú también.

Cuando conecto con estos diferentes mundos a través de la Imaginación, es la forma que tengo de eliminar el filtro. Solo la Imaginación (la Espada que atraviesa el velo, el fuego que lo incendia) es capaz de penetrar lo que parece impenetrable.

Agarré tres cartas de la bolsa. De nuevo las sincronicidades. Dos de ellas se refieren a círculos de piedra y a piedras sagradas. La tercera, a una joven bruja que se dedica a dibujar con su tablet de dibujo las “constelaciones invisibles”. Os parecerá poca cosa, pero a mí me parece increible que, de los varios miles de cartas que tengo, aparezcan dos cartas que hablan de círculos de piedra y otra que hable de una tablet de dibujo, justo hoy, que tuve que pensar en la tablet por lo del filtro. Creo que tengo, a lo sumo, dos historias donde aparece una tablet de dibujo, de las 600 que he recopilado, sin hablar que, en el resto de cartas, creo que no aparece ni una sola vez. Está claro que cuanto más uno se fija en las sincronicidades, éstas tienden a ocurrir más a menudo. Es también una especie de filtro. Cuando estamos ciegos a las sincronicidades, éstas parecen presentarse con menos frecuencia. Pero lo que pasa, realmente, es que estamos ciegos a ellas. Ocurren a todas horas, pero no nos damos cuenta. Porque vivimos inmersos en el filtro del materialismo, de la causa y efecto, de la ciencia, del racionalismo.

Un círculo de piedras en el claro del bosque. Una joven camina con las manos en los bolsillos, ligeramente encorvada. Con una mano lleva la linterna de su teléfono móvil. Ya hace un tiempo que se ha ido el Sol, pero aún los diferentes rojos y violetas del crepúsculo. Es su hora favorita. Venus brilla con esa luz potente pero, a la vez, tierna. Exaltada, apasionada, melancólica. Junto a la luna. La chica se detiene en el centro del círculo de piedras. Ahora, bañada por la luna en el centro del círculo la vemos mejor. Una chica delgada, de facciones delicadas, ojos grandes pero medio cerrados, como si tuviera sueño (su mejor amiga siempre bromea que parece como si nunca terminara de despertarse) y unos cabellos de color avellana, haciendo juego con el color de sus ojos, que caen en grandes rizos sobre su espalda. Sobre una pequeña mochila, su jersei negro y parte de sus pantalones vaqueros. Es un jersey de alguna banda black metal, por esas letras tan estiradas, violentas, como cuchillos, rojas color sangre. Contrasta con la serenidad de la joven, una serenidad redondeada, suave, silenciosa.

Se quita la mochila y la deja en el suelo, a sus pies. Se sienta en el centro del Círculo, en medio de la alta hierba y se queda mirando, con los ojos casi cerrados, los colores del crepúsculo sobre los árboles del bosque. Una lechuza cruza de un lado a otro del claro. Pasa por encima de ella. Y por encima de mí. Yo, como Acteón, un creep entre los árboles, espiando a Diana. Parece que se está bañando en la hierba. El viento mece ese mundo que parece estar separado, ahora, del resto. Tengo la sensación que este viento solo pertenece a este claro, a este mundo. El viento proviene del centro del círculo de piedras. Hay algo allí, algo que la ha atraído. A ella, y a mí. Tiene que ver con el velo, con el filtro.

Por fin, ella parece salir de su ensimismamiento, que coincide con la aparición de Júpiter y Sirio, que ahora acompañan a Venus.

Pero Venus está esperando a Marte, que aún no ha hecho acto de presencia.

¿Y ella? ¿Qué está esperando?

Justo cuando Marte hizo acto de presencia, con su potencia roja, sangrienta, ella sacó de su mochila una tableta de dibujo, una tableta de esas que se enchufan al ordenador, y uno de esos bolígrafos digitales. Después de eso, sacó una especie de gafas-prismático que parecían sacadas de una película de steampunk, con muchas lentes que se superponen. Se las colocó y se estiró sobre la hierba, las manos tras la cabeza. Se hizo de noche muy deprisa, más deprisa que lo habitual, como si obedeciera a los deseos de la joven. ¿O es que el tiempo pasaba distinto, aquí, en esta burbuja, en este claro? A pesar de la luna llena, aquella noche era una noche en la que se veían muchísimas estrellas. La vía lactea, bien definida, camino cósmico, río de magia estelar que cruza el cielo como lo había cruzado la lechuza, dejando también un rastro blanco detrás de ella. La lechuza, Diana, Venus, la Vía Lactea.

La joven volvió a sentarse. Y, sin quitarse aquellas gafas extrañas, agarró la tablet y, desde su interior, desenrolló un cable. Era un cable de color celeste, un cable que refulgía con una luz estelar. La misma luz de las estrellas refulge en el cable. Parpadeé varias veces. ¿Un cable Usb con luz propia? ¿Dónde va a conectarlo? No veo ningún ordenador. Y tampoco enchufe alguno. Hay muchas tablets que no necesitan enchufe, llevan batería y bluetooth y esas cosas que un boomer como ya no entiende.

La joven agarró el cable y, como si llevara haciendo esto desde hace tiempo, lo metió en el centro del círculo de piedras, como enchufándolo en un enchufe invisible. ¿Un enchufe allí? Cuando lo enchufó, la luz celeste se propagó sobre la hierba que rodeaba a la chica. Luego, sobre cada una de las piedras que conformaban el círculo. Sobre las piedras, aparecieron unas inscripciones en un idioma que no reconocí. Una especie de runas. La tablet y el bolígrafo, así como también sus gafas, ahora refulgían con aquella misma luz.

No podía dar crédito a lo que veían mis ojos. ¿Qué es, realmente, este cable celeste? ¿Qué es esta luz?

Sin más dilación, la chica se puso a pintar sobre la tablet, con esa concentración absorta, alucinada, de los buenos artistas. De vez en cuando se detiene, cambia una de las lentes de sus gafas, echa un vistazo a las estrellas, y sigue pintando y pintando. No me hizo falta ver lo que pintaba. Lo sabía. Puedo verlo porque soy capaz de desdoblarme, espíritu imaginativo, éter mágico de los Seyr, la más alta magia de todos los mundos. Me acerco a ella, sin que ella lo sepa, descarnado, mis ojos plateados (así me veo cuando me desdoblo de esta forma), observo lo que está dibujando. Combinaciones de estrellas, de firmamentos diferentes, firmamentos que pertenecen a diferentes mundos y realidades. Cada constelación es un símbolo, una runa, que guarda en su base de datos, en la memoria de la tablet. No, me equivoco. Vuelvo a observar. Cada constelación es una inscripción, un conjuro, un encantamiento, y cada estrella es una runa. Una vez que descifra la inscripción, dibuja a su lado un sketch, un dibujo que personifica la constelación que acaba de trazar, y la inscripción correspondiente. Veo una lechuza. La constelación de la Lechuza. Interesante. Con rapidez vuelvo a mi cuerpo y busco en google “Constelación de la lechuza”. Estoy seguro de que no existe. No, efectivamente, no existe tal constelación. Existe una nebulosa llamada “nebulosa del búho”. Nada más.

Volví mi mirada hacia el centro del claro. Ahí sigues estando. Estás dibujando algo. Te detienes, te colocas otra lente en tus gafas. Y vuelves a dibujar. Ya no estás dibujando una constelación, ni las estrellas. Es algo distinto. Siento como si algo o alguien me estuviera observando. Muy de cerca. Siento un escalofrío en la espalda.

Escuché un susurro en mi oreja derecha.

Yo también puedo desdoblarme.

Me sobresalté. El corazón casi me salió por la boca. Me giro. Y observo la lechuza blanca que ahora se encuentra sobre una rama de árbol. Me observa, con unos ojos medio cerrados, de color avellana. ¿Una lechuza con los ojos medio cerrados? Espera…

-¿Eres la chica del claro?

-Llámame Diana.

La voz provenía de la lechuza, ahora ya no cabía duda. Me detengo, las manos sobre el teclado. El ceño fruncido. ¿Diana y una lechuza? Busco en “Google” “Lechuza animal sagrado” y, como sospechaba, no hay mención a Diana. El animal sagrado de Diana es el ciervo y, también, sus perros. La lechuza, sin embargo, es el animal sagrado de Athena.

Cuando estaba a punto de borrar el nombre de Diana y sustituirlo por el de Athena, escuché a la joven ahora aquí, junto a mí, al lado del escritorio.

-¿Por qué haces esto? Si te digo que me llamo Diana, es que me llamo Diana.

-Pero la lechuza y Diana no están juntas.

-¿Y qué más da? ¿Estás escribiendo un ensayo sobre mitología griega?

En aquel momento, en mi ojo imaginativo, la ví, desdoblada, junto a mí. Ví su figura. Sensual. Cabellos de noche, abisales, repletos de estrellas. Desnuda. Sugerente. “The Black Snake”. Id al capítulo de Black Snake y leedlo, y sabréis a qué me refiero. No era la primera vez que me la encontraba. Me sonrojé ligeramente.

-No, no quiero escribir un ensayo.

-Es tu propio mito. Si me ves a mí con una lechuza, y quiero que, ahora, me llames Diana, así son las cosas.

-¿Por qué Diana?

-¿Por qué no? Puedes llamarme como quieras. ¿Prefieres otro nombre? ¿Hekate, quizá? ¿O mejor uno celta como Rhiannon? – sonríe, maliciosa. Le brillan los ojos.

Hemos vuelto al bosque. Ahora me encuentro sentado a los pies del árbol, mirando hacia el centro del claro, hacia donde se encuentra Diana. Ella me mira con esos ojos medio cerrados. Se mueven los labios. A pesar de que estoy a medio centenar de pasos de ella, la escucho como si estuviera a un solo palmo de mi rostro.

-No es buena idea espiar a una bruja. ¿Qué haces aún, ahí? Acércate.

Su rostro y su cuerpo habían mutado. No de forma física, no. Era la misma persona, pero otra consciencia, relacionada con ella, había tomado posesión de aquel cuerpo. Tuve que obedecer. Me acerqué y me senté delante de ella, rodeado por el círculo de piedras que brillaban con aquellas inscripciones rúnicas.

-Has tenido suerte de no encontrarme desnuda, bañándome – prosiguió – Porque te hubiera convertido en ciervo y echado a los perros.

Abrí la boca. Pero la cerré, sin saber qué decir. Tragué saliva, parpadeé. Abrí la boca otra vez, pero siguen sin salirme las palabras. Miro a mi alrededor, como buscando ayuda.

Diana, Hekate, Rhiannon, o quien fuera aquella chica, se echó a reír. A carcajadas. Cayó hacia atrás y fue esa una risa preciosa, engalanada de estrellas. No es la risa de una diosa de las tinieblas. No. Es la risa de una bonita noche de verano, de esas que quedan grabadas en la infancia.

Esperé que terminara de reír. Cuando se recuperó, entre lágrimas, dijo:

-¡Hiciste una cara tan graciosa!

-¿Pero es verdad que eres bruja?

-¿Tú qué crees?

-No sé qué pensar. Pero tengo una teoría que poco a poco empieza a coger forma.

-Oh, dime, dime. ¿Qué teoría? Me encanta hablar de teorías.

Se acercó a mí, arrastrando su culo por el suelo, como una niña ávida de escuchar una historia. Sus ojos, siempre medio cerrados, ahora estaban abiertos de par en par.

-Tengo la teoría de que eres una escritora que se está desdoblando, como me desdoblo yo. Y por eso entras y sales de tus personajes, como si los poseyeras.

-Tus lectores ya se deben creer que estás como una puta cabra.

-Bueno, si han seguido leyendo hasta aquí, no creo que ellos estén mejor que yo, de la cabeza.

-Si, eso es verdad. Hmm. Interesante teoría – se llevó una mano a la barbilla, sus ojos, otra vez medio cerrados, hacia la luna llena – Pero es difícil probarlo. Además, no creo que sea buena idea tener un brote psicótico. ¿No crees?

Había un evidente sarcasmo en su voz.

-Si, en eso estaba pensando ahora. La locura. Sí, recuerdo que Jung advertía sobre los peligros de la imaginación activa.

-Jung es un gran sabio.

-Lo es.

-Pues no te metas en este agujero de conejo. Hay otros agujeros de conejo mucho más interesantes.

-A mí me gusta. Cualquier agujero de conejo vale la pena. Estoy cansado de tener miedo.

-Esa es la respuesta que quería escuchar – asintió y se acercó aún más a mí. A un palmo de mí. Todo su cuerpo transpira sexo. Siento como un fuego se enciende en mi interior, uno de estos fuegos que arrasan con todo – No vas a abandonar. Quieres ir hasta el final. ¿Te atreves? ¿Sabes el peligro que conlleva esto?

-No, no lo sé. Pero no puedo evitarlo.

-Bien.

Se sentó de nuevo, delante de mí, esta vez con gran seriedad. Dejó que un silencio creciera entre los dos. Luego, habló.

-Todo lo que imaginas es real. Deja de dudar lo que imaginas, lo que intuyes. Anclado en tu Realidad, vienes y vas, de tus mundos al tuyo. No enloquecerás porque has dejado que tus raíces crezcan. Y quien tiene unas raíces tan profundas, que llegan hasta el manantial del centro de la tierra, su árbol puede crecer tanto como quiera. Y del árbol cuelgan todo estos mundos. Y tú eres el jinete que viaja entre ellos, mercurio, Odín, sleipnir, el caballo de nueve patas, las runas. Hay otros Soñadores que te sueñan. Tu también formas parte de sus mitos. Te ven, como tu los ves a ellos. Yo soy una de ellas. Una soñadora que se desdobla. Y tú formas parte de mi mito, de esa historia que se despliega. No es ningún misterio. Los humanos y los Seyr llevamos milenios contándonos, relatándonos, descubriéndonos en nuestras historias. Las fronteras nunca fueron tan sólidas como lo están ahora. Quedan ya pocos portales. Pero tu y yo, y algunos más, estamos volviendo a abrirlos.

-La espada que rompe el velo.

Ella asintió. Luego, su fisonomía cambió ligeramente. No fue algo radical. Simplemente, supe que quien fuera que ocupaba el cuerpo de la joven, había dado un paso hacia atrás (un desdoblamiento?). Ante mí, se encontraba la joven artista, con su tablet entre sus piernas. Dio un respingo hacia atrás.

-¡¿Qu-quien eres?!