La joven tocaba la guitarra en la posada, sobre el escenario, sus bonitas piernas cruzadas. Cantaba en aquel idioma que ya apenas se hablaba y que yo había aprendido durante varios años. Era un idioma que había sido, antaño, el idioma de los bardos y de los trovadores, el idioma de la poesía, del arte, de las canciones. El idioma en el que todos recitaban las canciones y cantaban, incluso en los continentes más alejados. El idioma perfecto para el canto. Pero ya apenas nadie se fija en la belleza de este idioma. La gente escuchaba, embelesada, la voz de la joven, por su belleza y su timbre. Pero no iban más allá. La esencia de la Canción. Hay algo escondido en esta canción. Sí, bajo esa letra tan típica que, quizá solo yo y la bardo, entre todos los presentes, conocemos. Un amor prohibido entre dos familias rivales, algo que parece ser universal. La separación de los amantes, un encuentro furtivo en el bosque, con máscaras. Luego, se descubre todo. Separación. Reyerta. Final trágico. Conozco bien esa historia, así que no me costó desconectar.
Hay algo escondido bajo ese velo superficial, bajo esa máscara, bajo esa letra. Existe otra letra, otras palabras, otra Canción debajo de la Canción. Oculta.
Gleiss’an aris essel
Orenn i’dar i rís
Ga’del, issal, farís
irunn y less y doni-el!
Una sonrisa. Un solo de guitarra con esos dedos delicados, blancos como la nieve. Los ojos cerrados. Lleva cantando con los ojos cerrados desde que empezó esa canción, desde que empezó a cantar en este idioma ya casi extinguido. Su idioma. Su idioma ancestral. Y sé que está viendo cosas que los demás no pueden ver, cosas que no puede explicar con palabras. Quizá porque solo se pueden expresar en una Canción.
Antaño, si, mucho tiempo atrás, en los Días Luminosos, la gente no hablaba.
Cantaba.
En este idioma.
Este idioma nunca fue un idioma hablado.
Es un idioma que nació para ser cantado.
Exclusivamente.
Nos lo enseñaron los Seyr. Los Seyr nos enseñaron a cantar y expresarnos con música, porque esa es la forma en que se comunican. No es que siempre canten, pero es su forma favorita de comunicación. No se hablan directamente. Cantan. Y, con su canto, todo crece y se manifiesta. Todo se transforma, cambia, fluye, danza y hace el amor. Y luego vuelve al origen. Ríos que corren en sentido contrario, ríos que fluyen hacia los manantiales que los vieron nacer. El mar suspira por volver a las montañas y a los valles. Y a los bosques. Porque todo nació del Bosque. Incluso el Mar.
Y me dí cuenta que esa Canción trataba sobre esto. Sobre los Viejos Días olvidados, cuando aún le cantábamos a todo. He atravesado el Velo y escucho ahora la verdadera letra. Sé que nadie más puede escucharlo. Excepto ella, y yo.
Abrí los ojos puesto que, sin querer, también, como ella, los había cerrado.
Y vi que su guitarra relucía con una luz púrpura, intensa. Y, por alguna razón extraña, sus botas también. Era una luz casi cegadora. Miré a mi alrededor. Por las expresiones nostálgicas, perdidas, de los presentes, no parecían haberse percatado de aquel fenómeno.
Entonces, la joven, como yo, también abrió sus ojos. Y, durante un breve instante, brillaron con una luz dorada y penetrante. Me miró. Me desnudó. Supo quién soy yo tras la máscara, tras el Velo.
Nos reconocimos.
Dos Soñadores.
Terminó la Canción. Aplausos, sonrisas cómplices, cabezas que asienten. Algún abrazo, algunas lágrimas. A pesar de la guerra y del sufrimiento, las Canciones aún son capaces de provocar esas reacciones. Gente con cicatrices, heridas, vendajes. Espadas aún resecas de sangre reciente. Padres que han perdido a sus hijos. Hijos que han perdido a sus padres. Incendios, violaciones, torturas. Dolor, rabia, venganza. Toda esa gente hierve en las aguas turbias de esta guerra y, aún así, aquella vieja Canción, que yo sabía que contenía otra Canción, había llegado al corazón de aquella gente. Y, entonces, lo comprendí.
Por alguna razón que aún no comprendía, ella no podía cantar directamente acerca de los Viejos Días. No hace falta. Ella obra su magia de la misma forma.
Magia.
Ella siguió cantando canciones en el idioma común, pero yo, yo necesitaba meditar sobre un verso. Y tenía que darme prisa. ¿Por qué tengo prisa? Algo me dice que esta noche algo va a pasar y necesito averiguar el significado de un verso que ha quedado en mi memoria. Un verso que ella ha cantado. Pagué la cuenta y, entre la muchedumbre, me escurrí hacia la habitación que yo había reservado. Salí a la terraza, encendí un candil, me encendí la pipa. Y escribí, con mi pluma celeste, en el Libro Verde, esas palabras:
Gleiss’an aris essel
Orenn i’dar i rís
Ga’del, issal, farís
irunn y less y doni-el!
Mi mente científica, racionalista, trató de dilucidar el significado de aquellas palabras. Superficialmente, su significado no parecía gran cosa. Aproximadamente, esa era la traducción:
Sígueme,
cruzaremos el puente
a través del arco iris
y al otro lado construiré
esta Casa para los dos!
¿Qué significa esto? Era el único verso que parecía no tener relación con aquella simple letra de amor prohibido. De pronto, el hombre le había declarado su amor y la intención de “construir una casa al otro lado del arco iris”.
¿Qué significa esto? – escribí, en el Libro, con toda intencionalidad.
El Libro me respondió. Y yo escribí su respuesta.
Por culpa de la persecución, el idioma Eryn tuvo que esconder el verdadero significado de sus palabras. Se crearon dos formas de entender las palabras, una, llamada “exotérica”, superficial, y la otra, esotérica, el verdadero significado de la palabra. Observa lo que escribiste hace varias semanas, en este mismo Libro. Ya averiguaste el significado de una de las palabras de este verso.
Gleis.
Esa era la palabra. Sí, ahora me acordaba.
Hojeé el libro y llegué a un poema que escribí no hace mucho, a mi vuelta de Japón. Estaba en inglés.
Aquí reproduzco varios fragmentos relevantes a esa palabra concreta (si queréis leerlo completo, solo tenéis que ir al capítulo llamado “Gleis”):
Oh, veils that separate the worlds
burn now
with this Sunrise
A New Sun has been
gestating
for generations
and now rises
powerful and gentle
motherly
but with a warrior’s might.
I am made of rain
of stars
of those new stars
dry me up, now
Oh, Sun of My Depths
Sun of All Depths.
Gleis ard, Brathis!
Gleis ay Firud!
(…)
Which language
is this? I asked, the new Sun.
(…)
The green tunic
the lute over my hands.
I asked the lute
and it answered
with a singing
voice.
Gleis is the Act of bridging
worlds.
But it doesn’t have a direct
translation.
El acto de unir mundos con puentes.
En la forma coloquial de Eryn, Gleis significa puente. Pero está claro que el significado profundo, esotérico, tiene esa concepción, intraducible. “El acto de construir puentes”. Es un acto instantáneo, mágico, que sólo puede producirse con la música y el canto. Todo esto es lo que significa “Gleis”.
Teniendo en cuenta que Gleis tiene ese significado. ¿Cuál crees que es el significado, real, de este verso? – le pregunté al libro.
No, no le pregunté a chatgpt. Confío demasiado en mi imaginación como para venderme a algoritmos sin alma. No como muchos otros.
Poco a poco, recibí una respuesta.
Soñador, construye ahora el puente
y, con tu espada, atraviesa
el Velo
al otro lado del arco-iris
allí levantarás tu Casa.
Esa es la traducción aproximada. Aquella noche yo no tenía tiempo de indagar en cada palabra y en la traducción esotérica de cada una de ellas. Me bastaba con tener una idea de lo que hablaba aquel verso. Aquel era el verso más importante y, por ende, más escondido, de la Canción. Era, por así decirlo, la semilla de la Canción, que busca una tierra fértil donde enterrarse y esperar a crecer, esperar a la danza mágica. La danza que se está produciendo en mi interior, el Árbol-Torre crece, con fuerza, desde esa semilla. La Torre de los Mundos. La puerta mágica de infinitos picaportes que llevan a infinidad de mundos. Fractal de fractales.
De Vuelta a Món. Puentes. Arte. Historias. Los Artistas, los Soñadores, son los constructores de Puentes. Ahá – pensé – por eso el dibujo que hice de esa joven, el día antes de su concierto, mutó de color. Le había pintado las botas y la guitarra de color marrón oscuro y, al día siguiente, cuando volví a verlo, había cambiado de color y ahora era púrpura. Claro, ahora tiene sentido. La guitarra que toca al espíritu escondido, enterrado por siglos de persecución. Las botas de la Seyr que se manifiesta en este cuerpo humano, que aterriza y se enraiza en este mundo.
Un momento.
Esa chica.
Esa chica no es humana.
Es una Seyr.
Ví sus verdaderos ojos durante un instante. Y ese color púrpura en su guitarra, en sus botas. Por eso nadie reparó en ello.
Bajé con rapidez las escaleras que me llevaban a la planta baja de la posada. Y, como ya sospechaba, vi que ya no había nadie en el escenario. Pero mi sorpresa fue mayor cuando le pregunté al posadero acerca de la joven músico y eso fue lo que él me respondió, las cejas levantadas:
-¿Qué músico? Estamos a Martes. Los músicos solo tocan los viernes.
-Oh. Lo habré soñado. Estoy muy cansado.
-Quizá te ha visitado una Yllia – dijo, con una sonrisa bajo su bigote de morsa.
-¿Una Yllia?
-Sí. Hay una leyenda por aquí, de una joven que canta en el bosque y seduce con su canto a los hombres. Una vez en el bosque, los atrae hasta una ciénaga y allí se ahogan.
-Por si acaso voy a amarrarme a la cama.
Como Ulysses y las sirenas.
Es muy curioso que en el mundo cristiano, las leyendas de hadas son, el 99% de las veces, negativas. Es un maldito virus, ese cristianismo. ¿Eh? No tengo nada en contra de Jesús y Cristo, pero los cultos que se han extendido por el mundo en su nombre, no hacen más que echar huevos en la psyche de la gente, como parásitos, y los llenan de historias de sufrimiento, pecado y redención. Nunca vais a escuchar la historia de un Seyr que se dedica a cantar a los que saben escuchar, y a curarle las heridas de generaciones, a cambio de una promesa: que cojas esa espada y, con el poder que solo un humano tiene, atravieses el Velo que nos ha condenado. Esa es la verdadera redención. Cosas así no se cuentan. No venden. Vende que un demonio con forma de mujer se dedique a atraer a hombres pervertidos y borrachos hacia su perdición, porque se han desviado demasiado del “camino de cristo”.
Pensando en esas cosas, agarré mi túnica verde y me la coloqué. Luego, me até la espada en el costado y me colgué el laúd en la espalda. Agarré la cruz que había descolgado de la pared y la volví a colocar sobre la cama. Y, con paso decidido, botas pesadas y cabeza bien alta, salí de la habitación, como si supiera el rumbo que debía tomar.
No tenía ni la más remota idea.
Y aquello me llenaba de excitación.
Airis – susurro, ante mi teclado. La noche cae en Mallorca, las estrellas, las galaxias, refulgen a través de las nubes. Las estrellas, la música de las estrellas. Si uno se queda en silencio, puede escucharlas. No es una música corriente, no. Es tan sútil, que solo los niños y los animales pueden escucharla. Y los Seyr. Y algún que otro loco que vagabundea por las calles y los caminos. Quizá un espíritu, un Dios errante, que está siguiendo el rastro de las Canciones de las Estrellas.
He estado recopilando unos escritos que dejé a medias, abandonados, como siempre. Justo hoy, después de escribir acerca de ti, he leído una historia que habla de ti. Una Seyr y el príncipe de un reino. El joven principe sufre de insomnio y de pesadillas que están amenazándolo con la locura. Violencia, sonambulismo. Casi ha matado a varios criados. Han tenido que atarlo a la cama. Los padres, que ya no pueden detener las habladurías, finalmente han decidido algo extremo, algo prohibido: contratar a una Seyr, el pueblo errante, nómada, sin reino, un viejo pueblo de los que se dicen todo tipo de terribles cosas, supersticiones, paganismo. Van y vienen, aparecen y desaparecen, se comen a los niños, los raptan, obligan a los hombres a hacer todo tipo de locuras, los incitan a la violencia, al sexo. Los violan. Los poseen. Se han escrito tantas cosas que no caben aquí. Pero también se dice, y se sabe, que tienen poderes mágicos. Y que pueden curar.
De hecho, aún, en las aldeas más pequeñas y remotas, aún se busca su ayuda. Shht! No podemos decirlo. Que el cura, si nos oye, va a mandarle las tropas y van a matarlo. Y nosotros…nos quedaremos sin nadie que nos cure, que nos cuide. Los Seyr, por regla general, rehuyen a los humanos, poseídos ahora por el terrible Mirduk. Pero quedan unos pocos que han quedado atrás, amigos de los hombres, en secreto, en sus cuevas, en el interior de las colinas, en alguna torre, en algún manantial. Están allí y se disfrazan, se transforman, se hacen pasar por humanos.
Y ocurre que, aunque no quieran reconocerlo, desde que los Seyr desaparecieron, los reinos se quedaron huérfanos de magia. La Iglesia se extendió por todo el mundo. Curas, monjes. Nada es cierto si no aparece en ese Libraco que llevan ellos. No recuerdo cómo lo llaman. Nunca lo quise leer. Yo soy más del Libro Verde, del Libro del Musgo, que siempre fluye, que está vivo, que es mío, tuyo, nuestro. Pero, lo que decía. Ocurrió que los reinos, bajo manta, empezaron a contratar a magos humanos. Los magos, casi siempre de forma parcial y solo para servir su ego, sus deseos, sus designios, usaban magia que habían aprendido de los Seyr (toda la magia proviene de ellos) y la pusieron al servicio de los poderosos. Los Seyr tienen una ley no escrita que los prohibe servir a la gente por sus propios intereses. Pero sucedió que ningún mago fue capaz de curar aquella extraña enfermedad mental que sufría el Príncipe de 12 años, el hijo único, único heredero al trono.
Y los reyes, desesperados, tuvieron que adoptar una medida que nunca hubieran pensado tener que llevar a cabo.
Decidieron llamar a una Seyr y pedirle si podía curar al Príncipe. Una joven Seyr, errante, perdida en los bosques y las colinas. Su vida increíblemente larga se ha vuelto brumosa y ya se pierden en el tiempo los recuerdos de otros tiempos y de otro Mundo. De su Mundo. Ya no se sentía bien ni en el mundo humano ni entre los Seyr, con los que ya no deseaba regresar. Entre dos mundos, el corazón con una gran grieta que amenaza con romperlo, pero que nunca se rompe, en suspensión, roto, ajado. A veces le gustaría que se rompiera del todo. No hay nada peor que ese estado, un limbo de dolor sordo, silencioso.
La joven Seyr se quedó en silencio, mirando el suelo, la mirada perdida.
-Si no aceptas, atente a las consecuencias – le dijo uno de los guardias, con voz amenazadora, pero, tras esa fachada de amenaza, había un temblor, un miedo que no quería reconocer. Aún se los teme, a los Seyr. Hizo la señal de la cruz varias veces.
-Acepto, pero con una sola condición.
-¡Quien eres tu para poner condic…!
El capitán hizo un gesto con la mano, haciendo callar al guardia.
-Habla, Seyr.
-Con la condición de que no dormiré en el Palacio.
-No hay problema. Vámonos.
Lo que ocurrió después está narrado aquí:
Liber Veritatis en el capítulo correspondiente al Príncipe y la Seyr.
Y lo que siga a la historia va a desplegarse cuando el momento sea el adecuado.
Como véis, cuando sigues la estela de las sincronicidades, las historias se escriben solas. Lo que empezó como un bizarro error informático que aún no he entendido (ayer pinté una joven que toca la guitarra y lo subí a mi página de Deviantart – al día siguiente, el dibujo, como por arte de magia, se había transformado, tanto en Deviantart como en mi ordenador, y ahora su guitarra y sus botas aparecían de color púrpura), terminó en el agujero de conejo de la joven bardo, de la joven Seyr que viene a tocar Canciones Secretas a la posada, que solo nuestro protagonista conoce y, finalmente, gracias a otra sincronicidad, hacia una de mis historias donde aparece una Seyr que toca canciones a un príncipe, Canciones Secretas, prohibidas. Con la subsecuente desaparición de la Seyr, que también es paralela a la desaparición que se ha producido en la historia que escribí hoy.
Quizá lo más interesante es el hecho de que no hay, por mi parte, esfuerzo alguno. No “intento” contar historias. Simplemente narro lo que veo en mis visiones. Y descarto lo que no me sirve. Solo sigo el hilo de las sincronicidades. Se despliegan las historias de forma tan natural como se despliega el correr de un río. Ya usé esa metáfora muchas veces. ¿No? Pues usemos los cuatro elementos. Tan natural como el crepitar del fuego, como el ir y venir de la brisa, como las mareas, y la luz de la luna, besando los campos labrados después de un delicioso día de lluvia. Metáforas que se le pueden ocurrir a un adolescente de 12 años. Pero bueno, no sé qué es peor, ser pretencioso o ser cutre. Quizá hay que buscar el equilibrio entre ambos estados.
Are you going to Scarborough Fair?
Parsley, sage, rosemary and thyme
Remember me to one who lives there
He once was a true love of mine
Traditional English song (XIII century)