La caja

Terminé de escribir aquellas lineas. “No, no ha sido un sueño”. Fuera escucho los grillos, me calman, cantan al vacío de esta tierra sin espectros, sin fantasmas. Ya no quedan espectros en esta casa. Si los hubo, la naturaleza los reclamó, de vuelta a su abrazo de raíces y ramas, de Soles y Lunas. Y estrellas. Pero hay espíritus. Siento que, desde la erupción, toda la tierra se ha llenado de espíritus. Escucho sus susurros, sus cantos, sus conjuros, su poder. ¿Son espíritus, o historias? ¿Son personajes, o son seres de otros mundos? La realidad y la ficción, las fronteras aparecen borrosas en esta sagrada noche. El pozo, el agujero, el hombre de la túnica verde, Viajero de los Bosques y de las Colinas huecas, con su caduceo. Los artistas, los poetas, los músicos, los escritores. Abrimos pozos y caminos, laberintos subterráneos que conectan los mundos. ¿De dónde vienen esas visiones? ¿Qué es, realmente, la Imaginación, más que una ventana que se abre, un Portal, uno de estos picaportes que pego a esa Puerta y se abre a un mundo nuevo?

La vieja religión, The old faith, es una religión de Puertas. Puertas infinitas. No hay altares, ni sacrificios, ni estatuas. Los dioses, los espíritus, se aparecen en la forma que quieren. “Dioses, espíritus”. Esa vieja religión no es una religión de dioses. No. Todos somos espíritus. No existe la separación entre lo espiritual y la carne. Todos, como la bruma, entramos y salimos de los mundos, de forma sutil.

Los mundos cayeron en el abismo de la Separación. Los artistas son los únicos que aún mantienen viva la Vieja Conexión, mundo de mundos que se interconectan.

Esa chica, Marna, está escribiendo ahora acerca de mí. Escribo acerca de este hombre. Lo veo que, como yo, está escribiendo y dibujando sobre un Libro vacío, repleto de musgo. Está sentado en una mesa, en lo alto de una Torre. Ante él, una sencilla puerta y el Picaporte que lleva a mi mundo. Por un momento, veo a este hombre con la túnica verde, como Hermes. En su camisa hay dos dragones entrelazados.

Yo he descubierto la puerta subterránea, bajo las raíces. Él, una puerta en lo más alto, sobre las nubes. No hay límites para la imaginación. Son esas dos puertas, las puertas de la liberación. Todos los artistas tienen ese don. ¿Artistas, solamente? No. Todos los humanos. Pero casi nadie se atreve a aceptar la varita negra de los abismos. La varita celeste de los cielos. Ambas varitas se unen en el Cetro. Dos serpientes enroscadas. Dos dragones. Varita, picaporte, bastón. Viajeros de mundos. Brujas y magos.

Los dos grandes ojos plateados de Araun. Dos grandes ojeras, parecidas a las mías, como si estuvieran esculpidas. Un Crepuscular, como yo. Vive en la frontera. Atardecer y las noches donde nos liberamos de las fronteras, donde uno puede encender un fuego y soñar, con libertad, y volar como el humo de la hoguera, lejos, a través de las estrellas, hacia otros firmamentos.

Cuando era niña descubrí aquel pozo. Los años pasaron y terminé olvidándolo. Pero después de la caída en desgracia de mi padre, después de su muerte innombrable, que solo puedo escribir aquí, entre lágrimas, con ese grito que se desata entre mis dedos, me atreví a volver al Origen de todo. A aquella noche en que, aún, tenía la fuerza y el coraje de excavar y abrir lugares prohibidos.

Encontré el pozo. Pero ahora estaba repleto de escombros. El bosquecillo de robles, completamente talado. La vieja casa ha sido completamente destruida y, en su lugar, ahora están construyendo una urbanización. Excavadoras, máquinas, en la oscuridad, como espectros, monstruos de metal que violan la nostalgia, los recuerdos, los sueños. La imaginación. Una linterna se pasea entre las montañas de tierra, bloques de hormigón, ladrillos. El ladrido de un perro. Se acercan los pasos. Camino hacia atrás, tropiezo con una de las piedras del pozo. Ruido.

-¡Quien anda ahí!

Salgo corriendo campo a través, ladrido de perros, la linterna se mueve a uno y otro lado. Por suerte soy buena corredora. Unas cuantas fintas y, poco después, me zambulló en el bosque que sigue el río y, del bosque, hacia la carretera donde he dejado mi motocicleta aparcada. Agarré la motocicleta, aún con el corazón bombeando con fuerza, arranqué, y me fui de allí a toda velocidad. Bajo el casco, las lágrimas corren por mis mejillas. Lágrimas que arden, llenas de ira, de rabia.

De culpabilidad.

Tuve que haber bajado las escaleras del pozo, cuando aún podía. Pero ahora… ya todo está perdido.

Cuando llegué al piso de estudiantes, entré, con la cabeza gacha, y pasos rápidos, mis cabellos rubios pegados a mi cuerpo y un dolor de cabeza terrible.

-¡Marna! Al final hice algunas croquetas. Si quieres…

-Gracias. Pero no me encuentro bien. Creo que estoy resfriada.

Su compañera de piso. Hacía dos años que vivían juntas. Se conocían muy bien. Sabía que aquel era “uno de aquellos días”, aunque, a decir verdad, era la primera vez que le veía el rostro tan desencajado. Frustración, tristeza. Marna es como un libro abierto. Prefirió no hacerle preguntas.

Me encierro en mi santuario. Pinturas, cuadros, el olor a óleo, los dragones, las grandes montañas, los palacios en los bosques, las casas que cuelgan de los árboles. La espada que atraviesa el invisible velo. El músico que abre los corazones a otros Mundos. Y libros, un montón de libros que abarrotan las estanterías. Me sequé la cabeza con una toalla, agarré unas galletas de chocolate y, mientras tanto, encendí el ordenador. El ruido de la lluvia contra la ventana.

Me puse dungeon synth, encendí la tablet y me puse a dibujar cualquier cosa. Lo primero que me viene a la cabeza. Prima materia. Un hombre, a solas en una cabaña. Está sentado junto al suelo, con dos grandes ojeras como las mías. No puede dormir. Piensa en el pasado, en sus viejas aventuras, en sus años de nómada. En aquellos inviernos terribles, en los tiempos del Lobo y de la espada. En los tiempos de tanta sangre derramada. Ahora, la paz asentada, en el valle. La fortaleza natural de las montañas. El cascabel de las ovejas, que se mueven, plácidas, en el campo. Y los grillos.

Otro panel, dibujo otra imagen. Está nevando. El hombre soy yo. Suspiro. Son las dos de la mañana y no me puedo dormir. Pero hoy siento que hay algo…distinto. No siento ese aletargamiento que siento desde hace mucho tiempo. Hay algo en el aire, algo distinto, que me hace temblar, que hace que mi corazón se desate. Añado madera a la chimenea. Más fuego. Necesito más fuego.

Otro panel.
Otro sketch rápido.

Alguien está tocando la puerta. Tres golpes. El hombre se ha levantado y ha envainado su vieja espada. Un globo de diálogo sobre su cabeza: “Han venido a por mi. Sí, llevo esperando mucho tiempo. Pero, finalmente, han dado conmigo”. Vuelven a tocar a la puerta. Esta vez más fuerte. El hombre, finalmente, abre, con un puntapié, y apunta a la figura que se alza en el umbral.

Un hombre alto, de mediana edad, que lleva una túnica verde. Y un bastón con dos serpientes enroscadas. Dragón negro, dragón blanco. Mientras lo dibuja, febril, con su bolígrafo digital, siente un escalofrío recorrer todo su cuerpo.

El hombre de la túnica verde empieza a hablar.

-Te di un camino, un tesoro, una meta, un dragón y una espada. Recuerdo tu temor, tu recelo. Pero también tu excitación acallada. Sí, vivimos una gran aventura juntos. ¿Recuerdas?

-No, no lo recuerdo – negó con la cabeza. Sus ojos grises, grandes. Tristes. Se parece a mi padre. Pero es más nervioso. Tiene un brillo, un fuego en los ojos que, a pesar de todo, aún no se ha extinguido del todo. Es Araun. ¿Cómo conozco su nombre? Quizá estoy enloqueciendo. ¿O estoy recordando? Otro dibujo. Araun dio varios pasos hacia el hombre de la túnica, la espada hacia su garganta.

-¿Qué son esas formas, Araun? ¿Dónde ha quedado la ley de hospitalidad? – pregunta el de la túnica.

-Enterradas bajo el fuego de la guerra – responde Araun – ¿Cómo sabes mi nombre?

El hombre, finalmente, se retiró la capucha. Un hombre de pelo rojizo, rizado, ojos verdes, inquisitivos. Y una sonrisa enigmática. Fría. Inhumana.

La mano de Araun se abrió y la espada cayó al suelo, con gran estruendo.

-¡Nuán!

Ambos se abrazaron.

-Nuán. ¿Cómo es posible? No has…cambiado nada.

Nuán se puso a hablar, con aquella voz serena, profunda. Fría como la nieve, pero reconfortante.

-Ya no eres el mismo. Yo sigo siéndolo. Sí, es lo que tiene no ser humano. Apenas cambiamos. ¿Te sorprendería saber que me gustaría poder cambiar más a menudo? Tengo esa curiosidad humana, es una maldición para alguien que nació feérico. Creo que tu tienes la misma maldición, pero al revés: te llama el Otro Lado, las voces de otros mundos que no deberías escuchar. Bajo ese torbellino humano hay una calma en ti, un estanque sereno que refleja miles de estrellas de un mundo al que anhelas pertenecer. Tu nunca fuiste de aquí. Tu tienes más de un pie al otro lado. Diría que tienes los dos pies menos el dedo meñique.

Como yo – pensó Marna – Pero yo diría que estamos disgregados, fragmentados, en multitud de mundos. Como siempre, he vuelto a insertarme a mí misma en uno de mis personajes. ¿O quizá existe gente tan parecida a mí? Creo que jamás he encontrado a nadie así. En realidad, no sé si me gustaría hablar con alguien como yo, disgregado en tantos mundos. ¿Nos quedaríamos mirándonos, en silencio, sin nada que decir? No lo sé. Como siempre, vuelco mis deseos en el Arte. Estoy cansada.

Otro sketch. Y otro diálogo.

-¿Por qué has vuelto, después de tanto tiempo? – pregunta Araun.

-Porque, amigo mío, vengo a pedirte perdón. Y vengo a darte algo para que vuelvas a aventurarte. Pero esta vez no hay camino. Tú eres el camino.

Nuán volvió a salir al exterior. Por primera vez, Araun reparó en el carro que se encontraba en frente de su cabaña. Araun se introdujo en el carro y, al cabo de un rato, volvió a salir con una caja de madera de roble viejo. Se la entregó.

-No lo abras hasta medianoche, cuando la Luna esté bien alta. Entonces…ya sabrás qué hacer.

Nuán se volvió a poner la capucha, hizo una leve reverencia y, con su bastón de las dos serpientes enroscadas, se marchó de la casa. Araun se quedó mirando la caja que tenía en sus manos, parpadeando, confundido.

Lo que hay sobre la caja, y en su interior, de momento, no me ha sido revelado. Marna dejó de dibujar y se quedó mirando, sorprendida, el cómic que acababa de crear de la nada. Se sentía exhausta y vacía, pero es ese vacío del artista que acaba de plasmar y expresar todo lo que quería en la Copa de la Inspiración. La Copa rebosante de la imaginación. Vuelve a rebosar mi manantial. Siento una excitación que hacía mucho no sentía. ¿Qué hay en esta caja? No importa. Ya me será revelado cuando llegue el momento.

Por ahora, hay que esperar. Poco a poco, el nuevo Mundo está siendo revelado. Esculpido. El escultor invisible que da forma a nuestra imaginación con sus manos.