La anciana

Araun contemplaba el Libro que le había dado aquel señor de la túnica verde, en aquella terraza. Un Libro cubierto de un musgo verde y rocío, como si fuera un fragmento de tierra que hubiera cogido de algún prado, de algún bosque. Lo acarició. Parece que está vivo. Como Marna, él también se había desmayado al llegar a casa y ahora peleaba con sus pensamientos. ¿Y si todo había sido un sueño? Cabía la posiblidad. Estoy en la misma casa, llevo la misma ropa de siempre, miro por la ventana y veo la madeja, la maraña caótica del campo abandonado. Sin embargo, la presencia de aquel Libro lo desafiaba. Era lo único que estaba totalmente fuera del guión, como la presencia numinosa de algo que no debería estar allí. Abrí el libro por enésima vez. Es un Libro de un palmo de grosor y, sin embargo, sus páginas están todas en blanco.

Es el Libro de tu magia, de tu mito, de tu mundo propio.

Recordaba las palabras de Xavier, que sonaban a la vez lejanas, como si vinieran de un mundo cubierto de bruma, y tan cercanas, que parecía que le susurraban en el oído.

Me miré las manos. No sé por qué me miro las manos, de vez en cuando. ¿Qué espero encontrar, en la palma de mis manos? Tres grandes lineas cruzan mis manos, como tres grandes ríos y, sobre cada uno de ellos, una docena de afluentes fluyen en ellos. Y, en cada afluente, una docena más de otros afluentes. Y así, como en un fractal eterno.

Un fractal.

Un fractal de mundos que fluyen, desembocan, se interconectan.
Un fractal de historias.

Sin darme cuenta, había empezado a escribir en el libro. Había empezado dibujando una mano burda, con mis limitados conocimientos anatómicos. Luego, los ríos y afluentes que la cubren. Fractales. Es así como se desenvuelven mis historias. Como un árbol que se expande, ramas y ramas que se multiplican y crecen, juntas, desde el Gran Tronco de la Espiral.

La separación entre los mundos, la Fortaleza, se está desmoronando. Hubo una erupción, un terremoto, y, desde entonces, nada ha sido lo mismo. Este Libro no es solo un Libro. Es una espada. Los objetos, en el mundo de mundos, en el mundo de la magia, son cambiantes, se transforman. Una espada puede ser un libro, y ese libro puede ser una casa. Y esa casa tener cientos de portales. Y cada portal llevarte a un mundo diferente.

Sigo escribiendo y dejo que mi Imaginación coja las riendas. Dejo que mi alma se desdoble. ¿Qué digo? Se multiplique, haga lo que quiera. Tengo alma de Seyr. Todos los Soñadores estamos tocados por el aliento de los Seyr, de estos seres que cambian de forma, que viajan entre mundos, que aparecen y desaparecen con brisas y mareas. Elfos, hadas, gnomos. Espíritus. Dioses. Demonios. Seres feéricos. “La buena gente”. “La gente de las colinas”. Monstruos, alienígenas, brujas, apariciones. Los Seyr adoptan una infinidad de formas. Dispersos. Forman parte de nuestra imaginación, de nuestra psyche. Pero, a la vez, tienen vida propia. Se visten con los vestidos de nuestra imaginación, de nuestra creatividad, de nuestros sueños, deseos, miedos. ¿Pero quién está detrás de la máscara? Jung hablaba de los arquetipos. Pero los arquetipos son también máscaras y vestidos, aunque más universales. El ánima, el espíritu femenino que habita cada uno de los hombres, musa de artistas, perdición de poetas. El animus, espíritu masculino, la intención, la espada, coraje, guerra, espíritu de conocimiento. La espada que rompe el velo. Penetración. Sexo.

Me desdoblo. Sigo escribiendo en el Nuevo Libro.

Estoy otra vez en el carruaje, pero esta vez soy yo quien llevo las riendas. Llevo mi túnica verde, pero la capucha la tengo retirada. Los tiempos son oscuros. Evito los caminos principales, que bullen de bandoleros y de expatriados. Tengo muchos conocidos en los bosques. Me crié con los Seyr, o eso me dijo Yara, la vieja mujer que vive sola junto a la colina hueca. Por eso, me dijo, puedo desdoblarme con tanta facilidad, entre mundos.

Recuerdo que en aquel tiempo yo, un simple viajero que recoge viejos objetos, libros, rarezas, para venderlos en los mercados, me la quedé mirando con cierta incredulidad.

-Yo no soy un mago.

Pero ella sonrió, con su boca sin dientes.

-Eres más que un mago. Eres un Soñador. Lo veo en tus ojos.

-¿Soñador? Oh, sí. Lo fui una vez, pero la guerra me ha hecho ver que las espadas están más afiladas que los sueños.

-Veo un carruaje y tú llevando tu mundo a cuestas.

-¿Un carruaje? No le entiendo.

-Un carruaje que lleva una torre a cuestas. Como un caracol. Como una tortuga. Buscando los lugares sagrados donde plantar la torre.

No entendía nada. Recuerdo que cambié de conversación, y la hice ir por los derroteros de varios objetos e ingredientes que había conseguido para ella, para sus pociones, su caldero, su alquimia. O lo que fuera que hacía en ciertos días. Muchos en la aldea iban a su casa, en secreto, para conseguir ciertos remedios que la Iglesia Católica no era capaz de proporcionar. Oficialmente, ella era herborista. Pero yo conocía la verdad. Y todos en el pueblo, también. E incluso la Iglesia, que hacía la vista gorda.

Por ahora.

Miraba con aquellos ojos brillantes, jóvenes y fogosos, a pesar de su avanzada edad.

-¡Hierba de Allos! ¿Dónde has encontrado esto? No lo veo desde hace…

Esta vez fui yo quien sonreí.

-Secreto profesional. Uno tiene sus contactos.

-¿Sabes para qué quiero esta hierba?

-¿Para qué?

-Es uno de los ingredientes para crear Mensajeros.

-¿Mensajeros?

-Son pequeños espíritus que me permiten entrar en contacto con los Seyr.

Los Seyr. Como lector empedernido, los conocía muy bien. Me fascinaba el tema. Al ver como mis ojos debían brillar, ella prosiguió.

-Los Soñadores no necesitáis mensajeros. Joven. Espero no importunarte con ese tema.

-No, me gusta el mucho el tema. Es solo que yo…por favor, continúe.

Cada vez que ella nombraba el tema de “los soñadores” sentía un pinchazo en el pecho. Un pinchazo de culpabilidad que no sabía de dónde venía.

-Se dice que los Soñadores vienen de una raza híbrida, de cuando los humanos y los seyr aún convivíamos juntos. No sé mucho del tema, joven, son fragmentos de viejos cuentos que me contaba mi abuelo. Él decía que todos, nosotros y los seyr, venimos de una tierra llamada Mon. En los Días Luminosos, convivíamos con ellos. Pero parece que hubo una gran catástrofe. Y fuimos todos exiliados de allí. Solo los Soñadores pueden volver a llevarnos a la mítica tierra de Món, donde volverán los Días Luminosos – parecía que la anciana estaba a punto de llorar. Pero en su voz no había tristeza. Tenía ese tono de voz altivo, profundo, de una profecía, de alguien que habla como médium de algún Dios.

-Yo no tengo ese poder. No puedo ser un Soñador.

-¿Qué fuiste antes de ser mercader, joven, si puedo preguntarlo?

Me quedé durante un tiempo en silencio, observando el crepitante fuego.

-Fui Bardo. Pero esa vida ya la dejé atrás. No es tiempo de bardos.

-Te equivocas – dijo la anciana, con una voz fría, gélida – Ahora necesitamos bardos más que nunca. En este mundo. Y en todos.

-¿En todos? ¿Qué quieres decir?

Esta vez fue la anciana que se quedó en silencio, mirando el fuego.

-Me queda poco tiempo en este mundo, joven.

-No diga eso. Usted aún…

-No lo digo para provocarle pena. Lo sé. Lo he visto. Puedo ver esas cosas. Te lo digo porque te voy a pedir un favor. El último capricho de una anciana.

Me miré las manos. Se me humedecieron los ojos. Las líneas de mis manos, borrosas.

-Pídame lo que quiera.

-Esta cabaña en la que he vivido toda mi vida, fue construída por mi abuelo. Él era un Soñador, como tú. Pero cuando terminó de construirla y quería infundirla de Magia, un hombre con una espada negra vino a la casa y le agujereó la frente. Me decía que así había perdido su poder. Y que aquel señor de túnica negra le hacía eso a todos los soñadores. Y que él, como un vampiro, se quedaba con el poder de cada soñador y, en su espada negra, se iban acumulando, las runas sangrientas del señor oscuro. Siempre recuerdo a mi abuelo con aquella cicatriz en su frente, pero cuando hablaba de aquel extraño hombre de la espada negra, lo hacía con una extraña nostalgia. No le tenía miedo, ni odio alguno.

-Pero él le quitó el poder.

-Sí. Pero él me decía que todo tiene un propósito. Dice la profecía que la espada que Perfora el Velo estará cargada con el poder de los Soñadores. Es un mal necesario, me decía. “Yo solo soy un medio por el que la vieja profecía tiene que cumplirse”.

-Para que los Portales vuelvan a abrirse – proseguí – es necesaria la espada de los soñadores.

-Así es. Pero, verás, la espada es una espada de doble filo – prosiguió, y me pareció que sus arrugas se multiplicaban en la cara – Puede usarse para abrir los portales, o para clausurarlos para siempre. Una vez tuvo el poder de todos esos soñadores, este Ser, porque ya no puede llamársele hombre, lo usó para destruir los Portales entre mundos.

-¿Por qué está haciendo esto?

Conocía bien la respuesta. Pero por alguna razón, necesitaba escucharlo de boca de la anciana.

-La profecía, como la espada, también tiene dos filos, dos posibles caminos. En uno de los filos, el Soñador recupera la espada y abre los Portales que nos llevarán, de vuelta, a Món. Pero en otro, Mirduk, que es uno de los muchos nombres de este Ser parasitario, consigue cerrar todos los Portales, para siempre. Y, haciendo esto, consigue destruir la Imaginación y los Sueños. Menos él. Él es el único con poder de Imaginar. Imaginar el Poder Supremo sobre todos los Mundos. Imagínate un universo sin imaginación, con seres humanos que son autómatas, y Seyr que ya no son más que espectros sin voz. Y un Ser que puede manipular los mundos, a su antojo, con su varita negra, que antaño fue espada.

-Es lo que están intentando hacer en mi mundo. En el mundo desde el cuál me estoy proyectando en esta historia. Están intentando acabar con la imaginación.

-Por eso supe que eres un Soñador. Yo no soy soñadora, pero conservo ciertos…poderes, de mi linaje. Y soy capaz de ver esas cosas. Ví a través de ti. Eres un fragmento de un hombre que te está escribiendo. Pero, a la vez, autónomo. Como uno de mis Mensajeros que hablan con los Seyr.

No me sorprendió su respuesta. Al cabo de un rato de silencio, dije:

-Voy a hacer lo que esté en mis manos para abrir estos Portales. No, no solo yo – me interrumpí a mí mismo – Todos nosotros.

La anciana asintió, como si ya esperara aquella respuesta.

-Vas a construir tu carruaje con la madera de esta cabaña. Y tu Torre, con los cimientos bajo nuestros pies. Y, luego, sellarás la Torre en tu carruaje y viajarás, de mundo en mundo, con tu carruaje, y tu torre, en busca de los Portales.

-¿Cómo voy a hacer eso? Yo… nunca construí nada con mis manos. Soy un comerciante, un bardo. Y sellar la torre…¡Eso es alta magia!

-¿Por qué te crees que te pedí que me trajeras esta hierba? – los ojos de la anciana brillaron con más fuerza que nunca – Tengo mis contactos. Contactos…invisibles.