Harpens Kraft

No sé si fue el café. O que tantas cosas habían pasado en tan poco tiempo. Pero no había manera de dormirme. Estaba tumbada en la cama, con los ojos como platos. Quizá no estoy acostumbrada a estar sin hacer nada, por la noche, que es cuando las oráculos tenemos más trabajo. Me extrañaba estar así, en silencio, mirando a aquella bóveda de cristal por la que se veían las estrellas. Aún me parece surrealista todo lo que me está ocurriendo. Desde la invasión todo ha pasado como un remolino. Me siento como una planta que, de repente, alguien ha arrancado de la tierra, pero parte de sus raíces se han quedado enterradas en el sitio.

A solas en esta nueva habitación, en esta Torre mágica. Aún me parece como un sueño.

Hace varias horas, después de nuestra primera lección, Eron me ha ofrecido una habitación para mí sola, una habitación muy grande y espaciosa, repleta de estanterías, libros, viejos cuadros, una chimenea, una cama grande de matrimonio y una gran terraza que da a un pequeño jardín. En esta Torre existen muchas puertas. Hay varias puertas en cada nivel, en cada altura. Mi puerta se encuentra en uno de los niveles más altos, cerca de los aposentos de Eron. A diferencia de la Puerta de los Pomos, que llevan a otros mundos, estas puertas son sólidas. No aparecen y desaparecen. Pero está claro que están encantadas, porque, cuando entré en esta habitación y ví el jardín y el bosque que se encuentra en sus lindes, obviamente supe que ya no me encontraba en la Torre. ¿O se trataba de una ilusión mágica? Eron solamente me había dado la llave, sonriendo.

-Buen trabajo, Serla. Ha sido un día largo. Tienes que descansar. Estas son las llaves de tus nuevos aposentos. Siéntete como en casa y no dudes en preguntarme si tienes alguna duda.

En otras circunstancias, si no hubiera estado tan agotada, habría abierto la puerta acristalada de la terraza y me habría puesto a explorar aquellos misteriosos jardines, laberínticos, y aquel bosque. Es lo que hacía yo en mis ratos libres, durante el día, a pesar de lo cansada que me sentía después de trabajar toda la noche. A pesar de mis ojeras y de mi cansancio, necesitaba mi par de horas de andar y corretear por los bosques cercanos a la aldea y a la colina. Muchas veces me quedaba dormida contra un árbol, junto al arroyo, o entre unos matorrales, con un libro abierto sobre mi pecho. “He vuelto a ver a Serla correteando con un libro”, decía una mujer en la aldea, con una mueca de desconfianza. La oráculo era intocable, cierto, pero era vista como una rareza, como una especie de bruja que todos respetan, pero de la que desconfían.

Echo una ojeada hacia los libros en las estanterías. Me siento bien, aquí, rodeada de tantos libros.

A solas, siempre a solas.

Los libros, los bosques y yo. Inseparables. Nunca tuve amigos cercanos. Nunca pude tenerlos. No tuve tiempo para hacer amigos fuera del santuario y de la colina. Los niños de mi edad iban a la escuela durante el día y, cuando tenía que volver al santuario para empezar mi trabajo, era justo el momento en que los niños salían de sus estudios y volvían a casa. Por eso me volqué en los libros. Allí en las historias es donde encontraba a mis amigos, a mis compañeros. Nunca me sentí sola, con mis libros. Creo que fue leyendo libros en que empecé a pensar en eso que yo llamo desdoblamiento. Cuando escribo y dibujo, durante mis trances oraculares, me transformo en los personajes, en la gente, que aparecen en las historias. Se dice que esta es solo la prerrogativa de los oráculos, pero yo creo que cualquier libro es un Portal hacia otro Mundo. Los escritores, los artistas, son magos que abren Portales y, luego, los transforman en libros y cuadros, para que los demás participen de sus mundos, de sus visiones, y se conviertan en estos personajes, y se desdoblen y vivan vidas distintas.

Mis pensamientos vienen y van, caóticos, sin un hilo claro, como si mi conciencia estuviera flotando en el Éter, y vientos de todas las direcciones me llevaran a lugares distintos. Es lo que les pasa a las plantas que han sido arrancadas, o a los dientes de león, que vivían su plácida vida florecida y, de pronto, el viento se los lleva lejos, muy lejos.

Cansada del peso de aquellos pensamientos, pesan como una losa en el pecho, me levanté, encendí mi linterna y me la llevé conmigo, y fui hacia ese olor que amo, el olor a libro, un olor familiar que es el mismo en todos lados. Un olor que me calma, que me llena de serenidad. Era un pequeño laberinto de libros que se encontraba en el ala este de la habitación, que parecían reproducir el laberinto del jardín de fuera. ¿O era el jardín, que reproducía el laberinto de libros?

Cuando me metí en el interior del pequeño laberinto, noté que cruzaba una especie de velo y que el laberinto se engrandecía. Otro encantamiento. Entiendo. Es más grande de lo que parece. Alzo la lámpara de aceite, con esa luz ténue, celeste, hacia los diferentes Libros.

A pesar de que solo tengo 12 años, he leído cientos de libros. No he leído ninguno de ellos, pero no debería extrañarme: son de otros mundos, quizá. Pero lo que sí me extrañó es que tuviera la sensación de haber leído aquellos títulos en otra parte. Pero…¿Dónde?

“La Orden de Lúne”, “El espejo quebrado”, “El Libro de los Cambios”, “La Espiral”, “El Maestro de las Cartas”, “El Rey de los Bardos”, “La Tierra de los Mil Poderes”, “El hombre de las mil máscaras”. ¿No os ocurre, a veces, que os da la sensación de que ya habéis leído un libro, por el título? Pues a mí me ocurría con todos ellos, mirara donde mirara. Quizá por costumbre (llevo haciendo esto desde que tenía cuatro años), agarré uno de aquellos libros, con cuidado, y lo saqué de la estantería. Había cogido uno al azar, que se encontraba en la oscuridad, fuera de la luz celeste de mi lámpara.

Miré la Portada. Estaba llena de polvo. Soplé. Tosí. ¿Seré tonta? Retiré el resto de polvo con la mano. Algo desdibujada por el tiempo, en la portada aparecía una puerta decorada con dibujos de trigales, vid y muérdago. En el centro de la Puerta aparecía el título, con una letra estilizada:

“La Cosecha”.

Busqué el autor, pero no aparecía por ningún lado. ¿Quizá un escrito anónimo? Sentí mi corazón acelerarse, a pesar del cansancio. Fue hacia la mesa que se encontraba entre la biblioteca y su cama, colocó allí la lámpara celeste y acarició el perfil del libro, ligeramente.
Durante un instante que pareció eterno, se imaginó que no podría abrir el libro, que necesitaría una llave. La llave al Portal que es este Libro. Pero el libro se abrió e hizo el mismo quejido que hacen las viejas puertas cuando se abren.

Ñeeeec.

Al principio vi lo que parecía ser un texto escrito a mano, pero cuando iba a sumergirme en el texto, vi como las palabras, las frases, se movían, temblaban, como si estuvieran en el interior de un estanque que se mueve. Algo está moviendo las aguas, como si alguien estuviera tocando o cantando, o murmurando, desde el interior del estanque. Estanque de palabras. Palabras.

Una Canción.

Alguien está preso en el interior de estas aguas oscuras. Una joven ha caído en las aguas turbias. Hay un espíritu maligno en ellas que la ha conducido a la perdición. Un bracito delgado y pálido sale fuera de las turbias aguas. Otra vez aquellos tentáculos negros. Siento como yo misma me ahogo. Recuerdo la iglesia, los curas, aquellas garras. Ojos de lujuria, sed de sangre. Me he desdoblado y ahora me encuentro en el interior de esas aguas abisales. Me hundo y solo mi brazo está fuera. Mi brazo enclenque, pálido. El último apéndice de voluntad.

Y, entonces, escuché el arpa. Al principio lejana. Pero, poco a poco, su sonido se hizo más claro. Y era ese un sonido dorado. Y los dedos dorados de aquella canción agarraron los míos. Y, poco a poco, los tentáculos negros que me agarran de las piernas se fueron soltando, como golpeados por el sonido del instrumento.

Unos ojos plateados me miran a través de las aguas.

En busca de oxígeno, salgo, vuelvo a mi cuerpo. Las manos en mi cuello, respiro con dificultad. Estoy de vuelta en la habitación. Un sudor frío recorre mi cuerpo. El libro ahora está cerrado. Y en toda la habitación están las velas encendidas, un fuego encendido, la puerta de la terraza abierta.

Unos grandes ojos plateados me miran. Con preocupación, con alivio. Un hombre se encuentra sentado ante mí, en un taburete, con un gran arpa dorada ante él. A la derecha se encuentra una anciana.

-Bébete esto, hija mía.

Tengo sed, mucha sed.
No sé quién soy. No sé qué hago aquí. No sé quien soy yo, ni ese hombre, ni esta anciana. Ella me da una taza. La bebo con ansia, un líquido dulce, cálido, suave. Y siento que todo vuelve a mi cuerpo: mi identidad, mis recuerdos, el peso de quien soy. La conciencia del espacio y del tiempo.

-¿Qué…ha pasado?

-El Mirduk te ha encontrado en uno de mis Libros. Es mi culpa. Tuve que haberlo imaginado.

-¿Uno…de tus libros?

-Estos Libros son Portales. Son Libros Mágicos que llevan a otros Mundos, pero solo yo debería tener acceso a ellos. Solo yo tengo la Llave de cada uno de ellos – se quedó en silencio, pensativo – Sí, debí imaginarlo. La chica que transciende las llaves. Todas las puertas se abren porque ella es la Llave. Lo he soñado. Lo he visto. Es mi culpa.

La cabeza me da vueltas. ¿De qué está hablando? ¿Yo soy, una llave, de qué? Me miro las manos, se me humedecen los ojos. Por alguna razón, el crepitar del fuego, donde hay un caldero que hierve, me recuerda al incendio del bosque cerca de la aldea. El bosque sagrado se muere, grita, desaparece. Y los espíritus, sin nadie que los venere, se vuelven malignos. Como el espíritu del estanque que casi me llevó consigo.

-Shht – la anciana se llevó un dedo índice en los arrugados labios – Ya habrá tiempo para hablar. Ven, vamos a la cama, hija mía. Aquí, túmbate. Muy bien. Eron. Toca esta bonita canción. Es una vieja canción escandinava. El poder del arpa. La conoces muy bien.

-Harpens Kraft.

-Esa. Pero la versión que nadie conoce. La que ha sido ocultada.

Renne, acompañada del arpa de Eron, se puso a cantar en una lengua desconocida, y yo me sumergí en un sueño dorado, una visión dorada. Una joven llora, desconsolada, en una vieja torre. Tiene el rostro de Renne. Así era ella, cuando era joven. Una bella joven de ojos azules como la lámpara celeste. A su lado está el hombre con quien se va a casar. ¿Por qué lloras? – le pregunta él – ¿Tanto te arrepientes de nuestra boda? No, amor mío – responde ella – No es por eso – su mirada va más allá, hacia un río lejano, en lo más profundo del valle – Es porque sé que voy a ahogarme en este río, antes de nuestra boda.

-No voy a dejar que esto ocurra, amor mío – responde él – Haré que fortifiquen el río, alzaré un muro, irás en un carro, protegido por guardias. No tendrás que preocuparte por nada. Yo personalmente iré delante de la procesión, con la misma espada con la que vencí al Dragón.

Cuando al día siguiente la comitiva cruzaba el puente, bien fortificado y defendido por guardias, una canción se escuchó desde el río. Una vieja canción que ella conocía muy bien. Pues ella es hija del Río. Y aquella canción la convirtió en un pez, en un salmón. Y el salmón se puso a saltar y saltar, y los guardas trataron de detenerlo, pero se les escapaba de las manos. Y cuanto más intentaba agarrarla, más alto el salmón saltaba. Hasta que llegó el novio de la mujer, y, cuando intentó agarrar el salmón, éste se escurrió y, finalmente, saltó tan alto que cruzó el muro y cayó en el río. Y cuando ella cayó al río, volvió a su forma original. Una sirena de río, mitad mujer, mitad pez.

Y, entonces, un tritón, hombre con cola de pez, apareció desde las abisales aguas y tiró de ella hacia abajo, hacia su reino de aguas oscuras en el interior de la tierra. El novio corrió hacia el río, la espada envainada, dispuesto a lanzarse a él en busca de su prometida. Pero tras él, escuchó una exclamación.

-¡No vayáis, mi señor! – era la voz del druida – De nada os servirán las armas y la fuerza humanas para traerla de vuelta.

-¿Y qué haré, entonces? ¡Va a ahogarse!

-Usted es arpista.

-Lo fui. 

-No, aún lo es. ¿Ha traído el arpa dorada con usted?

-Siempre la llevamos para eventos importantes. Es tradición de familia.

-Pues tráigala. Dese prisa.

Hizo lo que el druida le pedía y fue corriendo a uno de los carruajes que transportaban las dotes y demás parafernalia para la boda. Volvió al cabo de poco tiempo con una gran arpa envuelta en tela de lino, resoplando. 

-Vaya al borde del río y toque para ella.

-Pero yo…yo ya no sé tocar. Me olvidé.

-¡Vaya y toque!

Volvió a obedecer y fue corriendo, el arpa a cuestas, hacia el río. Eran aquellos tiempos en los que los gobernantes, los reyes, príncipes y señores, obedecían a los druidas. Cuando algo sobrenatural ocurría, algo que iba más allá del entendimiento del Señor, los señores, de forma natural, conferían el poder a los druidas y, entonces, durante un tiempo, los druidas se convertían en señores.

Cuando se encontró en la orilla del río, sacó el arpa de la tela de lino. Un arpa dorada, preciosa, polvorienta de años sin ser tocada. El mismo arpa que aparece en el escudo de la familia, una familia de bardos. Se decía que las cuerdas doradas de aquel arpa se las había regalado la reina de los Seyr a un antepasado suyo. El por qué de aquel regalo nunca ha quedado claro, pero se rumorea que era parte de la dote de la boda entre la princesa de los Seyr y un hombre de la familia. Y que ellos tienen sangre de Seyr. Por eso, se decía, su familia tenía el don de la música y de las artes. Sin embargo, él había renunciado a aquella parte, a cambio de convertirse en un comerciante de gran fortuna. Los tiempos cambiaban y ya la gente prestaba más el oído al ruido de las monedas en un saquito, que al ruído de las cuerdas del arpa.

Se detuvo, observó la superficie del río. Unas ondas pequeñas, pero rápidas, el agua tiembla, como si alguien estuviera murmurando, una voz profunda, desde el interior de las aguas. Cerró los ojos, se vació de todo, de las emociones, de los pensamientos, de su propio mundo. Y cuando ya solo era un recipiente vacío, dijo:

-Mis dedos son tuyos, oh, Dios del arpa y de la lira.

Se escuchó un trueno lejano, como una respuesta, y sintió que una brisa se introducía por su nariz y por su frente. Y aquella brisa estaba cargada de aquella presencia, de la divinidad. El bardo errante. Cuando se puso a tocar el arpa, todos los pájaros, las bestias, el río, los soldados, los peces, los insectos, callaron, se detuvieron. Se pusieron a escuchar. 

El tritón que se estaba llevando a su prometida a las profundidades del río, también se detuvo. Y, durante un instante, soltó la cola de pez de la sirena. Y la sirena aprovechó el momento para huir hacia la superficie. La joven salió, entonces, del agua, y, cuando tocó la superficie, volvió a recuperar sus piernas y corrió a abrazar al joven. Tras ellos, el tritón salió del agua. El señor sacó la espada y fue hacia él, dispuesto a matarlo. 

Pero el tritón, que ahora también tenía piernas, hincó una rodilla en el suelo, la cabeza gacha.

-Señor. Esa es la música de la Reina de los Seyr. Os debo obediencia.

-Debes pagar por lo que has hecho.

-Si me perdonáis la vida, os enseñaré el Camino Secreto.

-¿Qué Camino?

-El Camino que lleva al Reino de los Seyr.

-Eso es solo una leyenda.

El tritón no pudo reprimir una sonrisa, a pesar de su terrible situación.

-¿Tenéis a un tritón delante, y no creéis en leyendas?

-¿Qué gano yo si encuentro el Camino?

El tritón alzó su mirada. Una mirada chispeante, oscura. Pero certera.

-Ganaréis un Reino. Seréis el Rey de los Mundos.

En aquel momento, Serla se despertó. A su lado se encontraba aún Renne, la anciana, pero no había rastro de Eron. Miró hacia la terraza. Los jardines y el bosque estaban ya cubiertos de crepúsculo.

-¿Cómo te encuentras, corazón mío? – la anciana le acarició la frente, con su sonrisa arrugada, apacible.

-Bien, gracias. ¿Qué…me ha pasado? 

-Entraste en uno de los Portales secretos de Eron. No es tu culpa, amor. Nadie, ni siquiera él, podría imaginarse que serías capaz de entrar. Durante un momento, el Mirduk te encontró y quiso llevarte con ellos.

-¿Quién es el Mirduk?

-¿Recuerdas el sueño que tuviste?

Serla le relató el sueño que acababa de tener, acerca del señor, la joven que se ahoga. El arpa y el tritón.

-Este hombre es Mirduk. Es él quien te está buscando.

-¿Qué quiere de mí? 

La anciana se quedó en silencio. Miraba al fuego crepitante. Parecía debatirse en una batalla interior. Finalmente, dijo:

-Quiere tu sangre.

-¿Mi sangre?

-Dice la historia que, después de la promesa del tritón, Mirduk fue a reclamar el trono vacío de los Seyr. Lo hizo gracias al poder de su arpa. Encantó a los Seyr con su música y así se convirtió en su señor. Al principio fue un buen gobernante, el hombre-seyr de la leyenda, que vuelve a reclamar el trono, con la promesa de unificar los reinos humanos y seyr. Pero cuando su joven esposa, la sirena, murió poco después, enloqueció. Lleva buscando a su reina desde hace siglos. Busca la Soñadora con sangre de Seyr con la que crear su Linaje.

-¿Yo tengo…sangre de Seyr? – preguntó parpadeando, sin comprender.

-Todos los Soñadores tenéis sangre de Seyr. Pero tú tienes algo distinto al resto, algo que Él desea. Tú eres la Llave.

-La llave. ¿Qué significa esto? 

-Aún no lo sabemos. Ni siquiera Eron lo sabe. No quiero alarmarte, corazón. Eron te protegerá. Y, muy pronto, tú también serás capaz de protegerte. No hay nadie en el mundo que conozca mejor a Mirduk que Eron.

-¿Cómo conoce Eron a Mirduk?

En aquel momento, como si hubiera sido invocado por Renne, apareció Eron desde el Laberinto de libros. Se detuvo en medio de la habitación, sus grandes ojos grises refulgiendo con el fuego de la chimenea. 

-Porque compartimos la misma alma.

Serla dio un respingo. Iba a decir algo, pero guardó silencio. No era momento para hablar. Los recuerdos se sucedían en la mente de Eron, y solo el crepitar del fuego tenía derecho a acompañar aquel momento suyo, solo suyo. Así que aprovechó para pensar en el sueño que había tenido. El hombre con el arpa dorada. El hombre era una imagen calcada a Eron, los mismos ojos grandes y plateados, las mismas ojeras, los cabellos negros que caen a cascadas sobre sus hombros algo hundidos. Pero no era su aspecto, el que resultaba calcado. Era el aura. Serla era capaz de verlo con facilidad. Sí, compartían el mismo aura. 

Y no solo eso.

Una visión, de pronto, empezó a inundar su mente, como le solía suceder al anochecer. Sabía que llegaba porque le palpitaba la frente, el Ojo Invisible. Cuando eso sucedía, las historias empezaban a sucederse en su Imaginación, con más claridad que lo que uno ve con los ojos.

Y dijo:

-Eron. Veo una Torre. Pero no es esta Torre, no, es otra Torre en otro lugar, en otro tiempo, otro Mundo. Y en esta Torre hay dos dragones: uno blanco y el otro negro. El dragón blanco es el Señor de la Torre y tiene prisioneros a los espíritus, y busca el poder absoluto sobre los Mundos. Porque la Torre es mágica, como esta Torre, y atraviesa los mundos como una espada. 

El dragón negro es su Otro Yo, su alter ego, es un hombre errante que vive disfrazado, huyendo del poder absoluto de su Mitad blanca. Está buscando algo, de mundo a mundo. Es una llave, una llave con la que pueda liberar a los espíritus atrapados. Pero no sé qué son estos espíritus. Solo sé que este hombre tiene poder sobre ellos y que puede usarlos para causar grandes calamidades en los Mundos, y para conseguir el Poder sobre ellos.

Serla se detuvo. Se quedó en silencio. El crepitar del fuego. Eron se acercó a la cama y se sentó junto a ella. La miró con intensidad.

-Por favor, continúa.

-En esta historia, el dragón negro encuentra a una chica de 12 años. Ella es la llave. No sé cómo lo sabe, pero comprende que ella es la única que puede liberar a su Otro Yo, el dragón blanco, que vive atrapado en la Torre, atrapado por el ansia de Poder. En la visión, veo que ella se dedica a liberar espíritus de lugares que no les corresponden, espíritus que se han vuelto malignos porque fueron olvidados. El dragón negro se hace pasar por uno de ellos y, cuando ella está a punto de atraparlo, la atrae hacia la Torre del dragón blanco. Allí, el dragón negro le revela que su Otro Yo es el dueño de miles de espíritus y que solo Ella tiene la llave para liberarlos. Si no lo hacen a tiempo (ya le queda poco para someterlos a todos), todos los Mundos caerán bajo su control absoluto y ya no habrá más soñadores, más imaginación. Pero si consigue liberar a los espíritus a tiempo, los dos dragones se matarán el uno al otro, y de la sangre de ambos cadáveres resurgirá el verdadero Señor de los Mundos que ha de volver a abrir Todos Los Portales de la Imaginación con su espada, y con su arpa.

Eron asintió, lentamente.

-Hace tiempo escribí una historia muy parecida. Se encuentra en uno de los estantes de esta biblioteca. 

-Todos estos libros. ¿Son tuyos?

-Sí, los escribí yo. Pero los he mantenido cerrados desde hace mucho tiempo.

-¿Por qué?

-Porque hablan de mí, y llevo mucho tiempo huyendo de mí mismo. 

-¿Por qué huyes?

-Porque es fácil. Me dedico a la magia, tengo miles de máscaras, voy de mundo en mundo, tengo miles de trabajos diferentes. Busco todo tipo de formas de entretenerme. A mi huída la llamo “aventura”. Pero como es una huída y Mirduk siempre termina encontrándome, vuelvo siempre a esta Torre, con la cola bajo el culo, temblando. Y así han pasado los años.

-Pero no entiendo…¿Mirduk eres tú? ¿Cómo sucedió?

-Cuando aún compartíamos el mismo cuerpo, decidí crear unos servidores hechos con mi propia sangre, con voluntad propia, una especie de homúnculos. Pero en una de las operaciones, algo salió mal, no recuerdo exactamente qué, y mi alma se hizo pedazos, como cuando se cae un jarrón al suelo. El alma se dispersó en muchos mundos. Él ha estado recomponiendo esos pedazos, pero no los quiere para él: los esclaviza, los usa para controlar los Mundos. Yo soy el último pedazo que le queda para esclavizar, soy el único resto suyo que aún no ha podido atrapar. Me busca desesperadamente. Y yo no hago otra cosa que huir. Hasta que tú apareciste.

-Él, nos está buscando a tí, y a mí. Renne me contó lo de la sangre de Seyr…

-Exacto. De mi, quiere mi esclavitud. De tí, su descendencia. Y su linaje.

-¿Qué podemos hacer para evitar eso? 

-Transcender el Octágono y descubrir la vieja Magia.

-¿Transcender el Octágono? 

-El Octágono es el sistema de magia que yo mismo ideé. Es una magia que aprendí de los Seyr en una de mis encarnaciones. Era durante los Días Luminosos, en los que los humanos vivíamos junto a los Seyr. 

Serla miraba a Eron, alucinada, los ojos como platos.

-La historia del tritón y de la sirena…

-Esto solo es uno de los Reflejos del Calidoscopio de la Realidad. Todos estos libros de la estantería hablan de temas similares, pero vistos desde multitud de perspectivas. La Realidad se encuentra cuando unes todas las historias en una sola. Este ha sido mi objetivo durante todos estos años: tratar de recomponer lo que realmente fue mi verdadera historia. Historia de historias. Todos los fragmentos unidos. Pero te contaré un secreto, Serla. La historia que acabas de escuchar, sobre los fragmentos rotos, también se aplica a ti y a todos los Soñadores. Todos nos hemos roto en pedazos.

-¿Qué quieres decir?

-Todos los escritores, artistas, músicos, toda la gente creativa, creamos arte porque intentamos recomponer los pedazos de nosotros mismos que se dispersaron en todos estos mundos que vemos. Mi historia no es más que mi historia. Pero a veces la historia de uno se cruza con la historia de otro. Y eso es lo que ha ocurrido con tu historia. Con tu historia y la mía. Nos hemos cruzado. Los Soñadores nos visitamos, de esta forma, pero casi nunca nos reconocemos. Creemos que son personajes que nosotros, simplemente, inventamos. Pero las historias son reales y, como tu bien sabes, no somos nosotros las que las creamos. Ellas vienen a nosotros. Las invocamos.

-Si, estoy totalmente de acuerdo. Cuando escribo y dibujo, es la Diosa quien me envía las visiones. Yo me vacío, me dejo llenar por su esencia. Y me transformo en otras vidas que son capaces de reflejar el futuro de alguien que viene a pedirme consejo. Y siempre siento que cuando me desdoblo en estos otros personajes, me desdoblo en mi misma que existe en otro mundo. Los personajes en los que me desdoblo son…parte de mi misma, de mi alma.

-Exacto. Cuando te he hablado de que eres “La llave”, es desde el punto de vista de mi Historia. Pero desde el punto de vista de tu historia. ¿Quién soy yo?

Me preguntó, con una curiosidad que no espera nada. Pura, casi infantil. Serla no tuvo que pensar. Respondió, al instante.

-Mi profesor.

Y, dicho esto, se encogió de hombros y sonrió. 

Como si aquello fuera lo más lógico del mundo.