Fushimi inari

Como en Fushimi Inari (1), sin turistas, porque en estas tierras aventurarse es una locura, hay bandidos, monstruos, han vuelto los monstruos, las hadas, los espíritus, todo lo que estaba enterrado y había sido exorcizado por la Luz, ha vuelto a resurgir. El inconsciente siempre resurge, tanto fuera, como dentro. Así como es afuera, es adentro. Dejé el caballo amarrado a un roble y empecé a ascender la Gran Colina de Kyoto, no sé en qué siglo me encuentro, pero desde la colina no se ven los grandes edificios de la moderna ciudad, ni siquiera se ve ciudad alguna. ¿Antes del siglo VIII? ¿O quizá una realidad paralela? Voy cruzando los torii, las puertas, miles de ellas se abren en el camino. Siempre me ha fascinado esa sucesión interminable, obsesiva, laberíntica, de puertas. Estatuas de zorros por todos los lados. Inari. Siento su presencia, una presencia salvaje, terrible, inhumana. De vez en cuando me detengo, hago mi donación, doy dos palmadas, remuevo la campana, y sigo ascendiendo. 

Saltar?