El Octagono

Recuerdo una luz potente, dorada. Y había un silencio radiante en aquella luz. Iluminaba toda mi alma de un gozo que se expande, en todas direcciones. Estoy flotando, inmersa en esta luz, pero esta luz no se encuentra fuera de mí. Brota desde mi interior. Brota en todos nosotros. En todos los Soñadores. Y por esa luz nos conocemos, por ese silencio radiante. Luego, el trino de los pájaros y un viento frío, puro, y la luz empezó a hacerse más ténue. El fuego, el aire. El ruido de una pequeña cascada que cae en un manantial, en algún sitio. Y, finalmente, el tacto de algo suave bajo mi espalda.

Y una respiración acompasada, que viene de algún sitio cercano. 

Abrí los ojos y miré a mi izquierda. 

En una silla, a la vera de la cama, un hombre joven, de pelo largo y negro recogido en una cola, y barba rala, está durmiendo con la cabeza gacha, los brazos cruzados. Lleva una túnica de color esmeralda, en sus bordes una serie de runas doradas. Dos pronunciadas ojeras bajo sus ojos, no muy distintas a las mías. 

Detrás de él se encontraban unas grandes estanterías repletas de libros y objetos de toda índole. Sobre una mesa, decenas de libros abiertos, varias tazas de café, escritos, dibujos, mapas. Un peluche viejo y desgastado de un dragón. Y un bonito laúd. Del techo colgaban unas bonitas lámparas que despedían una luz suave, de color celeste, como si flotaran en el aire.

A su derecha, entonces, escuchó una voz. 

-Querida. ¿Cómo te encuentras? 

Una voz susurrante, de mujer. Me sobresalté. Me giré. Una mujer anciana me miraba con ojos grandes, de color avellana, mientras bordaba, con lana, un bonito jersey de color violeta.

-Uh… – me palpé los muslos, el pecho, el rostro. Ahora iba vestida con un pijama de lino – Bien. Estoy bien pero… ¿Dónde…estoy?

Apenas me salían las palabras, como si no hubiera hablado desde hacía mucho tiempo. 

-En la Torre del Señor Eron – me dijo, con una sonrisa – Lleva tres días sin apartarse de tí, cuidándote. Ha caído agotado. 

-¿Tres días? ¿Qué…me ha pasado?

-Has traspasado el Velo. Tuvo que hacerlo, para sacarte de aquel lugar. Yo tenía mis dudas, pero él estaba convencido que tú eras una Soñadora. Y que sobrevivirías.

-¿Traspasar el Velo?

-Sí. En otras palabras: acabas de salir de tu Mundo. Pero no pongas esta cara, querida mía. Siempre puedes volver – acercó la silla a la cama y puso sus arrugadas manos sobre las mías – Qué guapa eres. Y esos ojos de color miel. Oh, sí. Son ojos que son capaces de mirar lejos, muy lejos. Y llenos de un coraje latente. El Señor tenía razón. ¿Quieres algo? Estarás hambrienta.

-Oh, no hace falta, yo…

Pero, en aquel momento, un quejido sonó de mi estómago. No pude disimularlo. 

-¿Puedes levantarte? Ven. Dame la mano. No te preocupes, soy mayor, pero aún me queda algo de fuerza.

Le di la mano y, con firmeza, me ayudó a levantarme. Me encontraba bien. De hecho, mejor que nunca, como si todo el cansancio de mi vida, que era mucho desde que sufría de insomnio (los oráculos trabajamos muchas veces de noche) se hubiera evaporado.

Ella asintió, sin dejar de mirarme.

-Oh si, eres muy fuerte. ¿Cómo te llamas?

-Me llamo Erla. Un placer – sonreí, las mejillas sonrojadas.

-Yo soy Renne. ¿Me ayudas a meter al señor Eron en la cama? No te preocupes, no va a despertarse.

Ambas cogimos el cuerpo de aquel hombre y lo metimos en la cama. Él siguió respirando, con aquel ritmo acompasado, el sueño profundo. Olía a hierbas, un olor agradable. La anciana lo tapó con varias mantas y le quitó las botas, con destreza, como si estuviera acostumbrada a aquel trabajo. Una vez terminó, me dijo:

-Ven, te enseñaré la terraza. Hace un día estupendo.

—–

Salimos de aquella habitación por una puerta lateral. Daba directamente a una bonita terraza, abierta hacia el claro de un bosque. Un claro repleto de flores azules, que ascendía levemente hasta terminar en la Torre, que se alzaba en el centro. Detrás de la arboleda, más allá, se escuchaba el correr del agua. Una cadena de montañas azules, lejanas, se entreveían en una especie de bruma. La anciana me invitó a sentarme en una cómoda silla y me rogó que esperara, que me traería algo para comer. De algún sitio secreto que yo no podía ver, apareció un gato negro. Se puso a ronronear en mis piernas, subió a mi regazo y me dio empujoncitos en la nariz, con su hocico. Luego, se hizo un ovillo y se quedó dormido, entre ronroneos. Lo acarició. En el santuario siempre estoy rodeada de gatos. El gato es uno de los animales sagrados de la Diosa. No puedo dormir o calmarme si no tengo un gato al lado, así que, para mí, aquella llegada del gato, fue como un bálsamo. 

Mi corazón también ronronea.

Cuando la anciana volvió, con su paso lento, con su bandeja con platitos de comida, pastas, dos tazas y una tetera (insistí que quería ayudarla, pero ella no quería que yo me levantara – eres nuestra huésped!), se quedó mirando la escena: yo y el gato. Con sorpresa.

-¡Increíble! Es la primera vez que veo a Titto tan cariñoso – colocó la bandeja sobre la mesa, sirvió el té y se sentó – No se pone ni siquiera sobre el señor Eron, y es su gato. No suele mostrarse muy a menudo.

-Me gustan mucho los gatos.

-Come todo lo que te apetezca, no seas tímida. Tenemos comida de sobra. Él siempre trae comida de sobra, a pesar de que vive solo con su gato.

-¿Solo? ¿Tu no vives aquí?

-Yo vengo a visitarlo, de vez en cuando. Porque es un desastre y no me fío de él. Es muy bueno, el señor Eron, pero es… – se echó más te y se quedó mirando la superficie de la taza, con algo de tristeza – Es solitario. Suele encerrarse en sí mismo.

-¿Por qué…me salvó?

-Hace tiempo que busca un discípulo. Él no lo admite, pero lleva buscándolo, en secreto, desde hace mucho.

-¿Un discípulo? Pero yo no… – miró al suelo – Yo solo soy una oráculo. No tengo otro poder que ese.

Estuvimos hablando en aquella preciosa terraza, yo con el gato en mis rodillas, durante dos horas. Renna era una vieja bruja con la que Eron había entablado amistad hacía tiempo. Me fijé que siempre que hablaba de Eron, hablaba como si fuera su hijo. Se notaba que le tenía mucho cariño. Por alguna razón que yo aún desconocía, ella era la única persona que lo visitaba habitualmente. El motivo, más allá de que Eron prefería “trabajar en soledad”, no me lo contó. Tampoco me reveló exactamente de qué trabajaba. Solo me dijo que con la Torre iba y venía entre mundos. Trabajaba viajando. Cuando el sol ya estaba bien alto en el cielo, Renna se levantó y me dio un sonoro beso en la frente. 

-Erla, preciosa mía, tengo que irme. Se ha hecho tarde y ya deben haber clientes esperando.

-Oh, el placer es mío. ¿Vives cerca?

-No muy cerca, no. Pero tengo la copia del Pomo del señor Eron, del Portal que lleva a mi mundo.

Me enseñó el pomo de una puerta, con un símbolo grabado en ella. Me quedé mirándolo, las cejas enarcadas, sin entender.

-No te preocupes, seguro que él te lo explicará todo, llegado el momento. Hasta pronto, querida.

——-

Querido diario,

¡No sé por dónde empezar! Es media noche y no me puedo dormir. A mi lado tengo el nuevo Libro que me ha dado Eron. Sobre él, mi pluma ha empezado a escribir y dibujar, como si algo me poseyera. Pero no es la Diosa, que me ha poseído. No. Es algo distinto. Algo que se despliega desde mi interior, algo que realmente pertenece a mí y solo a mí. El Libro de mi Magia. Aún no sé qué significa todo esto. Ya no necesito la venda mágica, para Ver. Pero son tantas cosas que desconozco. Tengo la sensación que todo un universo yace detrás de unas tinieblas que, poco a poco, estoy revelando con mi lámpara celeste, con la lámpara de mi imaginación.

Eso es lo que me dijo Eron. “Tu imaginación es como una lámpara que ilumina los mundos que aún están por descubrir”. Rezo a la Diosa por ti, amiga mía, sé que te encuentras en algún lugar, sé que estás viva. Le pregunté al Libro dónde te encontrabas. Y con la pluma he dibujado un sitio rodeado de mar. ¿Una isla? Dice Eron que la Imaginación no lo revela todo, porque el Misterio es la semilla de la Creatividad, de la verdadera Visión. Yo eso lo sé muy bien. Cuando hacía de Oráculo, las visiones caían sobre mi como cascadas, símbolos, lugares, objetos. Una danza, una canción, una espada, una cabeza cortada, un estandarte, una trompeta. Una gran fortaleza y una oscuridad que se cierne sobre ella. Nunca se me revelaban las historias de forma lineal, de forma clara, porque las Visiones son complejas, tienen muchas posibles interpretaciones, uno no está atado al destino, pero sí a ciertos eventos que son inevitables. Sí, se que estoy desvariando un poco. No estoy acostumbrada a hablar de mis visiones oraculares. Han sido muchos años de visiones, de profecías, se me agolpan las imágenes.

Mi primer encuentro con Eron ha sido extraño. Poco después de la marcha de Renne, he escuchado que alguien bostezaba, desde el interior de la Torre. Luego, el sonido de unos pasos de alguien que corre. Se abren puertas, corre por arriba y por abajo. Escucho que está bajando los peldaños de la torre, de 2 en 2. Tengo un muy buen oído, es cosa de las Oráculos. ¿Lo sabías? Nos enseñan a afinar los cinco sentidos, durante años. Oímos hasta el más pequeño quejido de la madera, las patitas de los roedores correteando. Vi a Eron salir de la torre, con el pelo largo y negro, despeinado, su túnica verde, arrugada, los pies descalzos.

-Eh. ¡Hola! – exclamé, desde la terraza de la torre – ¡Estoy aquí! ¡Arriba!

Eron dio un respingo, se giró y me miró, los ojos bien abiertos. Luego, dejó escapar un largo suspiro. Y sonrió. No dijo nada. Con pasos largos, volvió a la torre y le oí que subía, pero ahora con calma. Cuando entró en la terraza, llevaba una taza de café en la mano. Se sentó, en la silla donde antes había estado Renne. Bebió un buen sorbo de café. Me observó, de pies a cabeza. Me turbó su mirada grande y plateada. No estoy acostumbrada a ese tipo de miradas. Soy oráculo. Trabajo siempre con los ojos vendados. Finalmente, asintió.

-Menos mal. Ya no hay rastro de la toxina.

-¿La…toxina?

-Si, el veneno que existía en esta iglesia, en aquel lugar. Los tentáculos del Mirduk llegan a todas partes.

Los tentáculos. Recordé la visión que tuve, de unos tentáculos que se extienden por el mundo, y que se agarraban a la torre, tratando de evitar que saliera volando hacia el cielo. Se lo conté. Él no pareció sorprenderse.

-Sí, sabía que no me equivocaba. Eres Soñadora. Puedes ver estas cosas. 

Bebió otro sorbo de café. Luego, se acomodó, el pie sobre la silla, y se encendió una pipa.

-Gracias por salvarme – dije – Yo…estos sacerdotes querían matarme. ¿Cómo lo hiciste para…?

-¿Para transformarme en exorcista?

-Sí.

Eron echó una calada a la pipa. 

En su mirada pude ver un brillo de algo de malicia.

-No es complicado una vez conoces ciertas fórmulas. Es como llevar una máscara. Copié su esencia, me convertí en él, y aprendí algo de latín. Aprenderás a hacerlo con el tiempo. A tu manera.

Cientos de preguntas se agolpaban en mi mente. ¿Pero por qué yo y no otra persona? ¿Qué es esa torre? ¿Dónde estamos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué se supone que voy a hacer, a partir de ahora? ¿Están bien, la gente de la aldea? ¿Y las sacerdotisas de la Colina? 

-Puedo escuchar el rumor de tus pensamientos, desde aquí. Es como un ronroneo. Me gusta.

-¿Puedes leerme la mente?

-No me hace falta. Sé que te estás preguntando muchas cosas. 

Me sonrojé y miré a otro lado, algo indignada.

-No está bien leer la mente de otros.

-Es solo la esencia. Oh, también aprenderás a ocultar esto a los demás. ¡Incluso a mí!

-Bueno, pues te haré la primera pregunta. ¿Por qué yo? ¿Qué harás conmigo? Te agradezco que me salvaras pero… ¿Vas a secuestrarme, o algo así? He escuchado rumores de un mago con la torre, que se dedica a secuestrar niños.

-Sí, y esos rumores también dicen que se dedica a hacer lámparas con la piel de los niños. ¿No?

-Sí, y brebajes con su sangre.

-Que vende a gente vieja para que se haga más joven.

-Si, eso, eso.

-Bueno. Todos los rumores tienen su base en la realidad.

-¿Eh?

Se echó a reír. Por como se reía, me dí cuenta que hacía mucho tiempo que no se reía. Sabes que sé leer esas cosas. Siempre me lo recriminas. Me fijé también en sus profundas ojeras, parecidas a las mías.

-¿No duermes bien? – pregunté.

-Casi siempre trabajo de noche.

-Oh, como yo. ¿En qué consiste tu trabajo?

-Viajo mucho. Trabajos mágicos para gente de todo tipo. No, no hago magia para según qué gente, puedo elegir a mis clientes. 

-Qué suerte. Yo…nunca podía elegir a los míos.

-La Oráculo de Eryn – dijo él. Me miraba ahora con ojos serios – La Oráculo más importante del mundo, donde todos los Reyes y Señores iban a pedir consejo, ayuda y visiones. Y ahora ha caído bajo el mazo del dios semítico, del dios del desierto. Fue por pura casualidad, que te encontré. Nunca hubiera imaginado que tú fueras la Oráculo que desapareció. Todos te dan por muerta.

-Tu me visitaste, aquella noche en el carruaje. Me dijiste que escuchaste mi voz. Y que eras el Señor de la Torre.

Eron levantó una ceja.

-Imposible. Yo no sabía de tu existencia hasta que apareciste en la Iglesia. Yo estaba investigando un asunto del Mirduk, por aquella zona. Y allí sentí tu presencia y te vi con mi Ojo. Hm… – se rascó la barbilla – Interesante.

-¿Quizá te desdoblaste sin saberlo?

-¿Desdoblarme sin saberlo? – ahora alzó ambas cejas – ¿A qué te refieres?

-Una parte de ti me visitó y, de alguna forma, sabía que me encontrarías.

Recuerdo que se quedó en silencio, pensando en lo que acababa de decir. Dio varias caladas a la pipa y le dio varios sorbos al café. Finalmente, dijo:

-Quizá tú invocaste a esa parte mía que se desdobló. Y eso confirmaría lo que sospechaba.

-¿Qué sospechabas?

Pero él no contestó a aquella pregunta. Me he dado cuenta ya varias veces, que tiene esa manía de dejar sin contestar algunas preguntas. Me parece molesto. Creo que si vuelve a hacerlo se lo haré saber. No sé si debe hacerlo a posta. Pero en fin, allí fue cuando él se levantó y me dijo que tenía algo importante que enseñarme y que lo siguiera al cuarto. Si, sé lo que piensas. Estás loca. Nunca te fíes de un hombre, a solas, que acabas de conocer. Yo era consciente de ese peligro, pero sabía que, por el momento, no tenía otra opción que confiar en él. Sabía que, de aquella torre, yo aún no podía escaparme. Necesitaba familiarizarme mejor con todo. Y rezar para que nada raro sucediera. 

Pero, como ya me había ocurrido antes, pareció leer la esencia de lo que pensaba. Antes de abrir la puerta hacia sus aposentos, me miró y me dijo:

-Puedes confiar en mí. Voy a darte lo que te pertenece y, luego, responderé a todas las preguntas que tengas. Y tendrás libertad para marcharte.

-¿Y ahora, no la tengo, esa libertad?

-No. Porque si te dejo marchar ahora, van a cazarte. Y ya no habrá nada que pueda hacer por ti.

Abrió la puerta y entró en sus aposentos con grandes pasos. Yo, con el corazón saltando con fuerza en el pecho, las manos apretadas, lo seguí, a paso lento. Me llevó a aquella mesa donde se encontraban aquella pila de libros abiertos, notas, dibujos, mapas, botellas y botellines. Sin remordimientos, con la mano tiró al suelo todos los libros y papeles (¡me pregunto cuánto hace que no limpia su cuarto!) y, de uno de los cajones, sacó un gran libro verde, con la portada repleta de musgo. Y lo colocó delante de mí, con una sonrisa de oreja a oreja.

-Es todo tuyo. Tu Libro.

-¿Mi Libro?

-Sí, el Libro de tu magia. Ábrelo y verás.

Abrí el libro, dubitativa. Dentro, no había nada. Páginas en blanco. Cientos de ellas. Lo miré, interrogativa.

-Simplemente dibuja y escribe lo que te venga a la cabeza. Como cuando hacías de Oráculo.

-¿Eso es todo?

-No. Es solo el comienzo.

-¿El comienzo de qué?

-Del camino hacia tu Magia.

-¿Por qué me elegiste a mí?

-Porque no creo en las casualidades. Y el hecho de que invocaras a una parte de mí, sin necesitar de fórmula mágica alguna, solo ha confirmado que, por fin, he encontrado a mi Iniciada, a la que llevo años buscando.

-¿Tu iniciada? ¿Qué quieres decir?

-Si lo deseas, serás mi aprendiz y me ayudarás con mi trabajo. A cambio, te enseñaré las Artes de la Magia, los Ocho Caminos, y te guiaré hacia el Camino Secreto, el Noveno Camino, que solo tú puedes descubrir.

-¿Quieres decir, que serás algo así como mi profesor particular de magia, a cambio de ser tu ayudante? 

Estaba cansado de tantos enigmas. Quería respuestas concretas. 

-Eh…sí, eso es.

-Bueno… – le di una ojeada crítica a la cantidad de objetos, libros, ropa tirada, botellas y telarañas – Me lo pensaré. 

-Piénsatelo bien. Ahora debo irme. Toma, este es el pomo que te llevará hacia tu mundo, si decides abandonar la Torre – me dio un pómulo con un símbolo grabado en él – El Libro te protegerá durante un tiempo. Te enviaré a alguien que podrá llevarte a un sitio seguro. ¡Está atenta!

Hecho eso, agarró otro pomo de puerta, me saludó, con una sonrisa, y se fue con grandes zancadas hacia la pared. Allí, en un punto concreto, introdujo el pomo y, alrededor, se dibujó una puerta con decenas de símbolos dibujados en ella. Una puerta celeste. La abrió con el pomo y desapareció tras ella. Cuando cerró, la pared volvió a aparecer, sin señal de puerta alguna.

Yo me quedé con el pomo y el libro en mis manos, confundida, como si acabara de tener un sueño febril. 


Medianoche.

Ante mí está abierto el nuevo Libro que Eron me dio unas horas antes. He estado escribiendo durante horas, sin parar, sin detenerme. Cuando me he dado cuenta, la Luna ya estaba en lo más alto del cielo. Y me he dado cuenta que, desde ya hace tiempo, he estado escribiendo y dibujando solo a la Luz de la luna. Enciendo un candelabro que se encuentra sobre la mesa. Y vuelvo a ver, con claridad, la pila de libros abiertos, mapas, escritos, botes, botellas, amuletos. Un laberinto de objetos de toda índole se despliega ante mí, como la guarida de un dragón que ha estado acumulando objetos desde hace cientos de años, que para él son tesoros, pero para un humano, no son más que los caprichos de un loco. Pero a mí me fascinaba todo esto. Estuve tentada de ponerme a rebuscar entre las estanterías, a descubrir qué eran aquellos frascos, amuletos, libros, cuadernos, pero desde pequeña me enseñaron que es de mala educación meter las narices en los asuntos privados de la gente. Como Oráculo, ya me bastaba con conocer el destino de muchos hombres y mujeres. Y, muchas veces, y eso no se lo decía a los clientes, también muchos secretos aparecía en mi arte profético, secretos que quizá ni ellos mismos conocían, de sí mismos.

Hojeé los dibujos y los escritos que han caído sobre mí como una cascada. La primera página. Aparece un Octágono. Ocho caminos parten del Centro de un gran Bosque de Bosques. En el Centro del claro está el Gran Árbol de los Mundos. Todo empieza en este Árbol. Este Árbol soy Yo, aquí está el centro de mi Corazón, de mi Alma, y, luego, se divide en Ocho Caminos, Ocho Portales, Ocho Runas. Al final de cada camino hay un Portal y, en cada Portal, está la Runa dibujada. ¿Dónde llevan estos Portales? ¿Qué son estos Caminos, y estas Runas?

En la siguiente página del Libro, había vuelto a dibujar aquel mismo bosque, pero ahora no hay ocho caminos. Aparece una joven (soy yo?) en lo alto de la torre. Está en una terraza y, en su mano, hay una lámpara de color celeste. Debajo, escribí:

Transciende el Octágono.

Joven de la lámpara
solo tú conoces los secretos
caminos
de tu alma.

No hay camino
solo existe el camino
que tu iluminas
con tu lámpara.

El siguiente dibujo.

De nuevo la misma escena. Pero en la Torre, en vez de la joven, aparece Eron. Sus dos manos agarrados a dos barrotes. Prisionero de la Torre. No es la misma Torre que en la que me encuentro yo ahora. Es una escena de otro tiempo, de otro lugar, quizá de otro mundo. Y, entonces, mi pincel, a solas, empezó a pintar un incendió en el bosque, un incendió que lo dejó todo arrasado.

Siguiente página.

La Torre desmoronada.
Alrededor, un desierto.

Siguiente página.

Un mago errante, un vagabundo, con un gran cetro, recorre el mundo. Ya no le queda nada. El bosque y la torre, su hogar, todo ha ardido, todo ha desaparecido.

Como yo. Como mi mundo.
De un día para otro, me encontré con que no tengo nada.

¿Le ocurrió lo mismo a Eron?

¿Qué será de mi vida, ahora?
¿Qué ha quedado del mundo de antes?

No sé por qué, pero no soy capaz de lamentarme. Es como si todo perteneciera a un sueño. El mundo que conocí desde pequeña ha ardido y ahora pertenece a esa gente de hábitos raros, que solo hablan de un tal Cristo, unos tentáculos negros cubren la tierra. Y yo estoy aquí, sin poder hacer nada, en la torre de un extraño. Tengo que ir, tengo que hacer algo. Pero… ¿Qué puedo hacer yo, una niña de 12 años, aparte de leer el destino?

El destino.

Giro la página. En ella aparecen, enterradas, unas semillas.
En cada semilla, hay el símbolo de una runa.
Y, en el interior de cada semilla, se encuentra una Canción. Y, dentro de cada Canción, un mundo. Y, dentro de cada mundo, más semillas, y más mundos dentro de mundos, que buscan encontrarse, conectarse, crecer. Explotan de vida. Una explosión. Un volcan ha entrado en erupción y la tierra se ha cubierto de ceniza. Y todo parecía muerto, para siempre. Pero cuando llovió, la ceniza se mezcló con la tierra y llegó hasta lo más profundo. Y cuando la ceniza rodeó las semillas, éstas germinaron y un nuevo universo estalló, con infinidad de formas. Unas formas que aún no se concretan. Son aún invisibles.

Volví a la primera página y me quedé observando aquellos ocho caminos y el gran árbol del centro.

-El Octágono. No me imaginé que ya fueras capaz de ver el Octágono desde el primer día.

Una voz detrás de mí. Me sobresalté. Casi me caí de la silla.

Era Eron.

Llevaba una túnica verde, una gran espada envainada en un costado, y las botas repletas de barro. En la mano derecha, el pomo de la Puerta.

-¿Qué es el Octágono? – pregunté.

-Son los Ocho Caminos de la Magia, lo que se enseña en la Escuela de Magia – dijo, mientras se quitaba las pesadas botas. Con un gesto y una palabra, encendió un fuego en la chimenea y se dejó caer sobre la butaca. Dejó escapar un suspiro aliviado – Debes estar hambrienta. Siento llegar tan tarde, pero tenía varios trabajos urgentes. Y ha habido…un cierto imprevisto.

-Los Ocho Caminos de la Magia… – repetí – He escrito muchas cosas en el Libro que no entiendo. ¿Puedes ayudarme a descifrarlo?

-Es tu Libro. Solo tú puedes descifrarlo. Dicho esto, puedo ayudarte con ciertas imágenes.

Fui hacia la butaca donde se sentaba Eron y le di el Libro. Me senté a su lado, en otra butaca. Y le miré fijamente, los ojos bien abiertos. Sin parpadear. Él lo estuvo hojeando durante varios minutos. A cada página, iba acercando su rostro al Libro, sin darse cuenta. Y abriendo la boca.

-¿Cómo…? Aquí aparezco yo. Esta es mi antigua Torre, el incendio. Vaya, vaya – se llevó una mano en la barbilla y me echó varias ojeadas. Finalmente, dijo – Ven, vamos a empezar las lecciones. Tienes hambre. Sí, no te preocupes, tengo pomos para todo. Conozco un buen lugar – se levantó del sillón, me dio el libro y fue hacia un cajón de la mesa. De dentro sacó un pomo de puerta – Este es. Es gente de confianza, no te preocupes.

Como había hecho antes, colocó el pomo en un lugar de la pared y una puerta se dibujó en ella.

-Dame la mano. No te preocupes, no muerdo. Eso es. Es para que te haga efecto la magia. Recuerda solo una cosa: eres mi hija. La hija que tuve con una bruja, hace un tiempo.

-Uhh…de acuerdo – Erla se encogió de hombros y le dio la mano. Cantó un breve verso de una canción, giró el pómulo y entraron en el interior de una posada. Una posada silenciosa. Otros hombres y mujeres se encontraban, en la penumbra, charlando entre susurros. Apenas los miraron. El posadero sonrió, una sonrisa afable, pero enigmática.

-Cuánto tiempo, Eron.

-Te presento a mi hija, Erla.

-Tu hija. No sabía que tenías una hija.

-¿Recuerdas mi historia con Elanna?

-¿Cómo no voy a acordarme? Casi arruinaste mi negocio con esta historia.

-Pues…ahí lo tienes.

-Vaya. Pues no ha salido a ti. Un placer, señorita. Soy Ard, el posadero del Dragón en el Claro.

-El placer es mío.

-Sentaros donde queráis. Ya sabes que aquí no hacemos preguntas. Nada sale del Dragón.

Erla estaba más hambrienta de lo que quería dar a entender. Su estómago le rugía con fuerza. Como un dragón.

-¿Qué quieres comer?

-¿Hay carne de dragón?

-Hay cosas peores. ¿Qué comes normalmente?

-No suelo comer por las noches. Las oráculos trabajamos en ayuno.

-Esto es terrible, pero lo comprendo.

Ambos terminaron devorando diferentes platos de cordero. Erla nunca había probado una carne tan buena. Cuando terminó, ella ahora se sentía renovada, como si se hubiera dado un largo baño en una piscina termal. Cuando los platos estaban vacíos, Eron se encendió una pipa y, finalmente, dijo:

-¿Quieres empezar las lecciones?

-Me encantaría.

-Abre tu Libro, entonces. Como te dije, ese es tu Libro personal y, al final, serás tú la que tenga que descubrir el Camino de la propia magia. Pero te ayudaré hasta donde pueda.


-Como te dije, el Octágono – empezó – simboliza los Ocho Caminos de la magia que existen en esta Realidad – con su mano enguantada, indicó uno de los caminos de mi dibujo – El primer camino es el Camino de la Transformación. Es la magia que tiene que ver con todo lo concerniente a la transformación de las sustancias. Desde transformaciones de objetos, a la transformación de personas y animales.

-¿Es lo que hiciste cuando te transformaste en exorcista?

-Exacto. Esa habilidad pertenece a este Camino. Sigamos. El Segundo camino es el Camino dimensional. ¿A qué crees que se refiere?

-Mmh. ¿A viajar entre mundos?

-Exacto. La forma personal que tengo yo de hacerlo, es a través de pomos mágicos. El Tercer Camino es el Camino Oracular, de la profecía, y de los secretos ritmos de las estrellas y las corrientes. Este es el Camino en el que tú te has encontrado, hasta ahora. Y no hace falta que te lo describa. El cuarto es el Camino de la Naturaleza y de los Elementos. Aquí nos encontramos con la magia que usa el secreto de la combinación de elementos: fuego, aire, agua, tierra. Y éter. Y de los espíritus elementales.

-Los espíritus de la naturaleza.

-Eso es.

-En Eryn creemos en ellos. Cada árbol, cada lago, cada colina, está habitado por uno – cuando recordó el incendio del robledal sagrado, la mirada de Erla se enturbió.

-El quinto Camino es el Camino del Arte. Magia a través de la escritura, la música, el dibujo. La escultura. Lo que estás haciendo ahora, en este Libro, bebe mucho de esta magia. Es la magia predilecta de los Soñadores.

-¿Los Soñadores?

-Ya volveremos a ellos en otro momento. El sexto Camino es el Camino de la Psyché. Es la magia de los símbolos, de las runas, del lenguaje.

-¿Es la magia que usaste cuando abriste la puerta, con el pomo?

-Sí, en combinación con la quinta de la música. Tienes madera para esto – asintió, satisfecho – El séptimo Camino es el camino de la sabiduría y del conocimiento. Magia cuyos conjuros se dedican a beber de las tradiciones mágicas y mezclarlas en el Caldero, para que aparezcan renovados en la magia actual.

-¿Y el último Camino?

-¿Cuál crees que falta?

-Mmh – se quedó, pensativa, un rato, analizando los siete caminos que habían aparecido – No hemos hablado del cuerpo, aún. De magia aplicada al cuerpo.

-¡Exacto! Nos queda el Camino de los sentidos. El camino sensual. Tiene que ver con la magia que creamos con nuestro cuerpo, o con objetos que podemos usar. Por ejemplo, una espada.

-Tú usaste esta magia cuando clavaste la espada en la Iglesia. ¿No?

-¡Así es! Usé la espada para penetrar el velo de la iglesia y llamar así a la Torre.

El corazón de Erla saltaba en su pecho. Los ojos bien abiertos. Colocó ambas manos sobre el libro y se inclinó hacia él.

-¡Quiero aprender! ¡Quiero aprender todo esto y devolver la aldea a mi gente, y volver a plantar los árboles, y alzar de nuevo los santuarios a los viejos espíritus! Quiero ser más fuerte. Quiero ser…¡Una bruja de verdad!

Eron asintió. Pero no sonreía.

-Lo serás. Pero yo solo puedo guiarte. Te has olvidado de un Camino.

-¿Un camino? Pero el Octágono, los ocho Caminos…

-Hay un Noveno Camino.

-Yo…solo veo Ocho.

-Mira el Centro.

-Está el Árbol. Espera… – Erla colocó su dedo índice sobre el árbol en el centro del octágono – Esto es el Noveno camino.

-Lo es.

-Pero no es un camino.

-Sí, pero está oculto. Es el Árbol de tu magia personal. Y tú vas a treparlo. Y solo tú puedes encontrarlo. Ahí está el secreto de tu siguiente dibujo. ¿Ves? – giró la página. Allí se encontraba la niña con la lámpara, en la Torre. Bajo ella, un gran bosque – El Octágono solo es el comienzo. Pero para encontrar el Árbol del Centro, tu propia magia, hay que hacerlo con ayuda del Octágono. Para encontrar tu magia propia, tienes que recorrer la vieja magia y, finalmente, dejarla atrás.

-¿Tú…ya has encontrado el Árbol?

Eron la miró unos instantes, en silencio. Luego, se echó a reír.

-No, aún no. Más allá del Octágono, estoy tan perdido como tú. Ese es el pacto. Yo te enseño mi vieja magia, la que aprendí. Y tú me enseñas a encontrar mi lámpara, la que perdí hace mucho.

-No te entiendo.

-Ya lo entenderás. Por ahora, vamos a meternos en el antiguo secreto arcano del Octágono. Sin eso, no podemos ir más allá. ¿Estás lista?

Erla asintió.

-Estoy lista.

Erla se dio cuenta que no habían hablado de los siguientes dibujos, en los que aparecía Eron encerrado en una torre, y el incendio posterior, que la había destruído. Aún se preguntaba si aquel dibujo se refería a su pasado, a algo que le había ocurrido en su vida.

O si se refería al presente.
O al futuro.

Fuera lo que fuera, decidió no preguntarle por ello.