Cierro los ojos y veo el rostro concentrado, sereno, pero con esos ojos que son dos dagas que penetran la oscuridad. Dos dagas. Carl Jung. Está sentado, fumando en su pipa. Está esperando algo de mí, me está escuchando. Tras él, en una pared llena de enredaderas, una pared medieval, renacentista, arcos de medio punto. Una de las enredaderas tiene diez frutos rojos, jugosos. Los diez sefirot del Árbol de la Cabala. De Keter, la corona de un Dios omnisciente, deseo e impulso puro de una creación divina, hacia Malchuth, lo manifiesto, la Realidad que manifestamos en el aquí y ahora, con toda la magia del Árbol. Para bien, para mal. Todos somos magos en potencia. La diferencia entre los magos y el resto de gente, es que los primeros manifiestan, hacen magia, de forma consciente, mientras que los demás son esclavos de los impulsos y deseos. Son esclavos de una magia inconsciente.
Yo he pretendido siempre ser de los primeros, pero, en realidad, pertenezco al segundo grupo. Maraña de pensamientos, laberinto de obsesiones de las que no puedo zafarme. Cuanto más lo intento, las arenas movedizas más se empeñan en tirar de mí, hacia el abismo.
Jung me mira bajo sus párpados, está escuchando mis pensamientos. Cuando mis pensamientos, mi escritura, cesó, fue en aquel momento cuando empezó a hablar. En su lengua, en ese extraño alemán suizo. Pero a pesar de no hablar alemán, le entendí.
Wovor hast du Angst?
Du willst schreiben, dich ausbreiten, dich ausdrücken.
Aber du hörst auf.*
*De qué tienes miedo? Quieres escribir, expandirte, expresarte.
Pero te detienes.
(el resto de su conversación, voy a traducirlo directamente y a plasmarlo aquí)
-Siento que no voy a ningún lado – contesté – Miro mis escritos de otros días, y parece que estoy dando saltos de aquí hacia allá, sin ningún sentido. Y, luego, me vienen ganas de borrarlo todo, de empezar de nuevo. De quemarlo todo y volver a reconstruirlo todo
-¿Y qué pasaría si, en realidad, la forma que tienes de expresarte es, precisamente, dando saltos de aquí hacia allá, sin ningún sentido?
Jung me mira, con intensidad, profundidad. Está tratando de comprenderme. Está escuchando atentamente. Un halo de niebla, de su propia pipa, lo envuelve.
-Pues me horrorizaría la idea. Quiero construir algo bonito, con sentido. Un mundo de mundos, una mitología, historias que realmente son significativas. No trozos deshechos. No escritos que no van a ninguna parte.
Jung tardó un poco en contestar. Jugueteó con la pipa, su dedo índice dando vueltas alrededor de la cazoleta, contrario al sentido del reloj. La cazoleta de la pipa, el círculo, la perfección. Dando vueltas, en círculos, alrededor de lo que aún no se ha revelado, lo que aún permanece bajo tierra, semillas de lo innombrable.
Finalmente, dijo:
-Ya lo intentaste.
Alzo las cejas. Espero que diga algo más. Pero no dice nada más.
-¿Ya…lo intenté?
-Sí. Ya intentaste escribir cosas con sentido, cosas bonitas, escritos con lógica, de A hacia B, de B hacia C.
-Sí.
-¿Cómo fue?
-Los abandoné.
-Tú no quieres escribir como los demás – Jung, por fin, dejó la pipa sobre la mesa y se dirigió hacia mí, con toda su atención, su cuerpo arqueado hacia mí – Tu quieres expresarte de una forma única, pero no te das permiso para hacerlo. Tienes miedo de que te juzguen por ello. De lo que pensarán de esos escritos raros, sin principio ni final. Sin un sentido claro.
-Sí. Y tengo miedo… de no poder vivir de ello. Porque si escribo cosas raras a nadie le va a gustar.
-¿Cómo sabes eso?
-Porque a la gente no le gustan las cosas raras.
Por primera vez, pude ver el resplandor de una sonrisa en sus ojos. Sus ojos sonríen. Su boca permanece cerrada. Seria.
-¿Te gustaría hacer cosas normales? ¿Disfrutas la normalidad?
-No, no me gusta. Me gusta hacer las cosas a mi modo.
-Entonces… ¿Cuál es el problema?
Me quedé en silencio, sin saber qué contestar. Esperaba que Jung me dijera algo más pero vi que ya no diría nada más. Ya no hay nada más que decir. Me sentí desconcertado. Quizá algo decepcionado. Quería que me dijera que todo estaba bien, que hiciera las cosas a mi manera y que así todas las cosas me irían bien. Pero no me dijo nada de todo esto. Se quedó, con su pipa en la mano, en silencio, con aquella mirada brillante.
Intento salir, quiero imaginar, quiero salir de este laberinto boscoso. Cierro los ojos, pinto en el libro, una noche, una gran nevada, una tormenta de nieve cae con fuerza sobre los árboles centenarios. Un jinete cabalga a través del bosque, el cuerpo echado contra el lomo del caballo, cabalga con gran rapidez, su túnica verde ondeando en el viento helado. Tras él, otros dos caballeros. Le están persiguiendo. Me acerco a la escena. Ante él, sentado también en el caballo, hay otra figura mucho más pequeña. Lleva una pequeña túnica. ¿Un niño? Entre sus manos, abraza un gran libro, un libro demasiado grande para él. Pero es su libro.
Los perseguidores quieren este Libro y el hombre de la túnica verde le ha rescatado, le ha salvado en el último momento.
Si este Libro cayera en manos equivocadas…
El Libro.
¿Qué es este Libro?
Este Libro ha tenido muchos nombres, durante la historia. Todos lo quieren, todos quieren poner sus manos encima de este Libro. Se dice que solo unos pocos pueden realmente usar este Libro. Solo hay dos personas en el mundo que pueden hacérselo suyo: Mirduk y el niño, que se llama Féntar. Cualquier grimorio, cualquier libro de magia, cualquier varita, bastón, palidece en comparación con el poder que tiene este libro.
Pero… ¿Cuál es el poder especial de este Libro?
Permite a quien lo posee crear su propia magia, su propio Universo, su propia mitología, que se hace realidad solo con plasmarla. Mirduk tiene la mitad de este Libro, que está usando para esclavizar los mundos. La otra mitad la tiene Féntar, y es esa mitad que Mirduk necesita para completar su misión.
Mirduk se precipita hacia el Libro, con ojos rojos, repletos de sangre. Venganza, quiero vengarme de todos los que me hirieron, de todos los que hicieron la vida imposible a mi familia, a mi clan, a mi tribu. Al país que desapareció bajo las llamas. Quiere retribución y ese mocoso, hijo de aristócratas, privilegiado inconsciente, no se lo va a impedir. No tiene derecho. Mirduk lo ve todo desde el espejo negro de su propio libro. Murmura las runas mágicas y ordena a los dragones negros acabar con todo, de una vez por todas. Los dragones negros se precipitan, como terribles monstruos rapaces, sobre el jinete, sobre el niño. El caballo se acerca peligrosamente a un acantilado. Aren, que así es como se llama el hombre que lleva a Féntar en su caballo, se agazapó junto al niño y le murmuró unas palabras. Yo, como mago de mi propia historia, vuelvo a rebobinar ese momento y me acerco. Pongo el oído bien cerca.
Eso es lo que le dijo:
Vamos a saltar el acantilado. Confía en mí.
Veo al caballo saltar hacia el vacío. Cientos de metros de caída libre. Los dragones negros vuelan con rapidez. ¡No pueden dejar que el Libro caiga, se destruya, se pierda! El niño da lo mismo…¡Pero el libro…!
Pero entonces, de pronto, veo como los labios de Aren se mueven y el caballo cambió de forma en un abrir y cerrar de ojos. De caballo a dragón. Un gran dragón verde. No hubo transformación. Era como si el caballo hubiera sido siempre dragón, y ahora volvía a su forma original. Cae en picado y, cuando está a punto de pegar contra el suelo, abre sus alas y remonta el vuelo, hacia arriba. Los dos dragones negros no tuvieron tiempo. Ambos se dan contra el suelo y los dos jinetes salen despedidos. Una más que segura muerte. El dragón verde vuela y se dirige, entre las nubes, hacia el Palacio colgante, el Palacio flotante de Aren. Mirduk, desde su Fortaleza, lanza varios objetos contra el suelo, cristales rotos, un terrible grito de furia.
Alucinado por esta visión, me quedo mirando el Libro del lomo verde. Lo abro. En la primera página se encuentra el dibujo de la Torre y el Árbol en el centro del Universo. Bajo la Torre-Árbol se expande una gran espiral. Alrededor, un gran bosque y montañas lejanas bañadas por la luz de la Luna. Estoy arriba del todo en la torre, es una torre inmensa de varios kilómetros de altura. Desde aquí puedo ver un mundo de montañas, bosques, valles, ciudades fluviales, una gran ciudad de canales y barcos. Una telaraña de caminos y reinos, y fortalezas, e islas que flotan en los cielos. Naves y barcos voladores, que surcan las nubes como si fueran mares.
Estoy escribiendo todo esto en Mi Libro y, mientras escribo, todo se plasma de forma instantánea en el Mundo. Soy el Mago de este Mundo de Mundos. Así que ese es el poder del libro. ¿eh? Por eso el Mirduk lo quiere arrebatar de mis manos. Pero este niño, Féntar. ¿Ese también soy yo? ¿Es quizá parte de mi pasado? ¿O es quizá uno de mis Yos que existen en mundos paralelos? Prefiero no indagar demasiado y sigo escribiendo.
Món, el mundo de mundos.
Todo empezó con la Torre Arbórea…