Gleis
Raining started pouring over the meadow, the fields
new odors I never knew
existed
impregnated every single
rock
every single
element of the world
of that new world.
I was debating which language
to express myself with.
I am debating, right now
between dimensions
on this chair, looking at
this laptop
and
sitting under the tree
looking at the sunrise.
Oh, veils that separate the worlds
burn now
with this Sunrise
A New Sun has been
gestating
for generations
and now rises
powerful and gentle
motherly
but with a warrior’s might.
I am made of rain
of stars
of those new stars
dry me up, now
Oh, Sun of My Depths
Sun of All Depths.
Gleis ard, Brathis!
Gleis ay Firud!
Which language
is this? I asked, the new Sun.
And a clear voice came
to me
but didn’t come from
the Sun
it came from somewhere
deep within the
forest
a waterfall
of words.
Follow the words
and you
will
find out.
Follow the words
like pebbles
on the road.
A Golden silence
followed.
Follow the words?
Where to start?
Gleis,
Brathis,
Firud.
I asked again
confused
but no words.
Only the rumor
of that waterfall.
I looked around the ruins
perhaps from
the first time
since I came there.
Out of myself
once again.
A circle of stones
eroded by
the song of
elements.
The green tunic
the lute over my hands.
I asked the lute
and it answered
with a singing
voice.
Gleis is the Act of bridging
worlds.
But it doesn’t have a direct
translation.
Slowly, I placed the lute
over the central
stone.
And that stone did something
to the lute
because the lute
was covered
in mist
in blue mist
and, from within
a little boy
with big, silver eyes
came out.
He sat over the stone
with a big smile
on his face.
One of those smiles
radiant, pure
like a midday’s sun.
I used to have
this smile
when I was
a child.
El entierro
-¿Quién eres? – pregunté, esta vez en castellano.
-¡Tú lo sabes muy bien!
-No, no lo sé. Estoy cansado de tanto enigma.
-¿No me recuerdas?
-No.
-Uh… vaya – se rascó la nuca – Pues yo sí te recuerdo muy bien. De acuerdo, te lo diré entonces – el niño bajó de la roca y se acercó a mí. Me miraba con aquellos grandes ojos grises. Resplandecientes – Soy una parte de ti.
-¿Una parte de mí?
-Sí. Tú me metiste en el laúd y me enterraste debajo de estas ruinas.
-No recuerdo nada.
-¿Tampoco recuerdas? – el niño frunció el ceño. A pesar de un rostro inocente, tenía ese brillo en los ojos que solo una gran cantidad de años pueden dar. ¿Años? No. Siglos. Hay un peso en estos ojos, una profundidad que no he visto desde… desde… Me duele la cabeza. Intento recordar, pero no puedo.
El niño se encogió de hombros. Luego, se echó a reír. Una carcajada saltarina, alegre, de esas que se contagian. Yo, que hacía eones que no me reía, también me eché a reír. Sin un motivo aparente. El niño ríe. Ríe hacia el Sol entre las hojas, hacia las sombras entre las ramas, hacia los frutos maduros y jugosos. El viento se levanta y entreveo un Camino que se dirige hacia alguna parte, un camino de viento, de lluvia, de caricias, de susurros. Y en aquella risa, visiones de unos tiempos pasados, presentes, futuros. No, qué digo. Visiones sin tiempo. La visión de un caballo. Estoy cabalgando a caballo junto a alguien que también cabalga conmigo. Ambos llevamos túnicas verdes, dos arcos, carcajes y espadas cortas. Reímos bajo la lluvia. Nos dirigimos a un lugar oculto entre las montañas. Nuestras espadas están ensangrentadas. Del costado de nuestros caballos cuelgan dos grandes Cabezas monstruosas. Gritan, salvajes, espolean los caballos con los talones. Alguien los persigue de cerca, pero no hay miedo en sus voces.
De primera persona a tercera persona. Y de vuelta a primera persona. Entro y salgo de mí mismo. Entro y salgo de diferentes mundos. Escribo en el teclado, sonrío, como sonrío yo ante el niño. ¿Dónde está la frontera? ¿Por qué estoy aquí, anclado? ¿De dónde viene lo que imaginamos, esas escenas, esas historias? La Imaginación no es más que un Portal hacia otro mundo.
Como una matrioska rusa, imagino que imagino que imagino. ¿Quién imagina a quién? ¿Y si alguien está imaginando que estoy escribiendo esta historia? Si puedo imaginar a este hombre de la túnica y del laúd-niño, si este hombre puede imaginar un jinete a caballo. ¿Por qué no podría uno de ellos imaginar que estoy escribiendo aquí, en esta extraña máquina moderna? Eso es fantasía y ciencia ficción para un cuenta-cuentos de estos lares. ¡Pero esos dedos se sienten tan reales, sobre las teclas! Exclama con una sonrisa sardónica ese cabrón de mierda, ese hijo de puta que me ha quitado tanto, que me ha dado tanta miseria. Ingrato demonio. Cínico gusano. El escéptico, el incrédulo, el que pudre la imaginación y la destierra a simples gestos de niño pequeño. Eres solo un niño grande, que en vez de jugar con soldaditos, juega con personajes de mentira en su imaginación. Un pobre loco.
-¡Cállate! – el puño sobre la mesa.
Pero ese gesto parece gustarle. Sigue hablando, con más claridad, con esa voz sardónica, hiriente.
Solo estás huyendo, como siempre. Huyendo hacia mundos de mentira, que no existen. Solo existen estos dedos, reales, que escriben en ese teclado. Deja de engañarte y deja de engañar a los demás. ¿Qué es ese meta-relato? No es más que un juego, no es más…
Una espada le cortó la cabeza, de forma límpida, perfecta. La cabeza de aquel ser sardónico cayó con un gran peso, sobre el suelo, como una roca. Un pequeño temblor sacudió el mundo. Bajé del caballo. Me acerqué a la cabeza. Tenía esa fealdad arrugada, afilada, grasienta, del ser que lleva el peso de la incredulidad encima. De toda mi incredulidad. Escupí sobre la cabeza. Pero ella aún tiene los ojos abiertos, rojos como dos tizones encendidos.
¡Nunca podrás matarme, nunca! – dice, entre grandes risotadas, sangre verde en sus labios.
-Lo sé.
Agarré la azada, hice un agujero profundo en el suelo, justo en el centro de aquel prado. Y le propiné una fuerte patada a la cabeza. Rodando y gritando, se precipitó en el interior del agujero.
-¡Entiérrame! – gritaba – Pero siempre escucharás mi voz.
-Sí, siempre escucharé tu voz.
Agarré mi arco y coloqué la flecha en él. En la punta de la flecha, la runa de Gleis. Disparé hacia la cabeza que estaba en el interior del agujero. Se clavó en ella, a gran profundidad. Un grito escalofriante. Un alarido. Y aquel alarido creó un terremoto. Y toda la tierra que yo había retirado se precipitó sobre la cabeza, enterrándola. Y llovió durante siete días y siete noches hasta que, al octavo día, salió el Nuevo Sol. Y el campo se llenó de flores. Una corona de flores en los cabellos dorados del Sol. Y una gran sonrisa de Solsticio.
Y de la Semilla de aquella terrible cabeza, nació el Primer Árbol del Mundo. Dorado. Temblando con el futuro fruto de miles de mundos y canciones.