-¿Te gusta el café?
Erla no se esperaba aquella pregunta. Acababa de amanecer y se había encontrado con Eron en el lugar que habían convenido: la pequeña buhardilla que se encontraba justo en la cúspide de la torre, bajo el tejado. En ella había una pequeña cocina sencilla, de baldosines blancos, con unos coquetos dibujos de plantas dibujados en ellas. Unos cuantos fogones y allí, en el fogón del centro, reluciente y con forma de mujer, como el ídolo de una diosa primitiva, una cafetera italiana (lo de “italiana” lo aprendió de él – “en uno de los mundos hay un país llamado Italia donde hacen el mejor café de todos los mundos). A Erla le gustó mucho aquella buhardilla, dos ventanas abiertas con cortinas blancas, una mesita en el centro, un par de sillas de color azul cielo.
Desde la pequeña ventana se ve el mar y una ciudad con canales. Erla se asomó por ella y dejó que sus cabellos de color avellana se mecieran con la brisa.
Huele a jardín y a bosque.
Y a mar.
-Vamos a empezar la lección – dijo Eron – Ven junto a la cafetera. Hace un día estupendo para la magia.
Eron estaba de pie junto a aquella extraña máquina con forma de mujer. Tenía su mano agarrada al asa. Miró a Erla, con una sonrisa.
Fue en aquel momento que le hizo aquella extraña pregunta.
-¿Te gusta el café?
-El café… – parpadeó, confundida – No sé qué es.
-Oh, por supuesto. Mi memoria es terrible – Sacó una especie de reloj de su chistera y lo miró un instante – Claro, en este mundo no existe el café. Viajo a tantos que pierdo el hilo. Espera un momento.
Abrió una puerta debajo de los fogones y de allí sacó un pequeño objeto con una manivela y un saco. Le dio el saco a Erla.
-Ábrelo. Echa un vistazo. Y huele.
Erla agarró el saco con sus pequeñas manos. Lo sopesó. Parpadeó, interrogante. Luego, deshizo el nudo de la bolsa. Abrió. Dentro se encontraba una montañita de semillas de color marrón oscuro. Metió su pequeña y respingona nariz en la bolsa (algo que siempre hacía con todo – las sacerdotisas siempre bromeaban con que siempre metía su naricita de roedor en todo) y olió. Arrugó la nariz. Eron la miraba con gran expectación, como si con ello se jugaran algo muy serio.
-Huele amargo – volvió a oler, varias veces – Es un olor fuerte, pero me gusta. Es…tostado, intenso.
Sin darse cuenta, lo había olido una tercera vez. Y sintió una especie de pequeño mareo, pero agradable, como si aquel olor se metiera en su cabeza.
-¡Bien, bien! – Eron aplaudió tres veces – Si te gusta como huele, ni te puedes imaginar lo bien que sabe. Pero hay que hacerlo bien. La primera lección de magia será como hacer un buen café.
-¿El café es…una sustancia mágica?
-Todo en el universo tiene una semilla mágica dentro. El café no es una excepción. La cafetera, sin embargo, es la mejor metáfora que tengo para explicarte cómo funciona la Magia del Octágono. Ven, voy a enseñarte. Mira cómo lo hago yo. Luego, quiero que tú hagas un café por ti misma. ¿De acuerdo?
-De acuerdo.
Erla se había imaginado que empezarían las lecciones con un grimorio mágico de esos que pesan varios kilos, de esos que aparecen en esas historias acerca de magos, brujas y demás, que le gustaba leer desde pequeña. No pudo evitar cierto desconcierto en su mirada, pero a Eron parecía no importarle.
El hombre abrió la maquinita con la manivela.
-Mete el café en la máquina. Así, hasta arriba. ¡Perfecto! – cerró el recipiente – Ahora, mueve la manivela. Así, sin miedo.
Mientras molía, Erla sintió que el aroma era ahora más intenso. Le gustaba sentir como aquellos granos se molían y se iban haciendo más y más pequeños, como arena. Sin darse cuenta, se había puesto a sonreír.
-Te gusta. ¿Eh?
-Si. No sé por qué.
-El Éter mágico es como los granos de café, sin moler. Cuando queremos hacer una bebida de café, no es posible agarrar granos de café y meterlos en una cafetera, sin más. Hay que molerlo para que el agua pueda convertirse en bebida de café. Lo mismo con la magia. Cuando queremos hacer un conjuro, necesitamos Éter puro. Luego, lo invocamos, lo hacemos nuestro, y lo molemos con la Runa adecuada del Camino que queremos, aplicando la fuerza adecuada.
-Entiendo. ¿Cuándo sabemos que debemos terminar de moler? ¿Crees que los granos ya son suficientemente pequeños?
-Depende de la intensidad del conjuro. Cuanto más molido está el café, más fuerte es. Lo mismo pasa con los conjuros.
-¿Y cómo se…muele, un conjuro?
-Intención e Imaginación. Pero ya habrá tiempo para la práctica. Ahora quiero que entiendas cómo funciona todo. ¿Crees que este café necesita moler más?
Erla miró el café molido con gran atención, los ojos medio cerrados, como si intentara descifrar una letra pequeñísima.
-Sí, quiero molerlo más. Lo quiero muy, muy pequeño.
Siguió moliendo, sin esperar que Eron dijera nada. Y lo hizo con más decisión y fuerza que antes. Concentrada. Él asintió varias veces, sin decir nada. Con una leve sonrisa.
Cuando sintió que el brazo ya le dolía, se detuvo y observó aquel grano minúsculo. Olió, respiró con fuerza, llenó sus pulmones de aquel aroma. Tosió varias veces. Un humillo de café se levantó de la maquinilla. Eron también se puso a toser. Erla se echó a reír.
-Ahora sí. Ya es suficiente.
-De aquí saldrá un café que vas a salir disparada por la ventana, si te lo bebes. Tendré que atarte.
-¿Te da energía?
-Tiene un producto que te hace estar despierto. Como trabajo siempre de noche, no puedo vivir sin café.
-¡Qué suerte! Ojalá hubiera yo tenido café en mis sesiones de oráculo. ¡Mira, mira! Ya te habrás fijado. ¿No?
Erla se palpó sus grandes ojeras con ambos dedos. Odiaba sus ojeras, aunque todos decían que le daban un “aire especial” (querían ser educados con ella, eso es todo). Eron se señaló sus propias ojeras y tiró de sus ojos hacia abajo. Sacó la lengua. Y dijo:
-Por eso esa lección es la más importante de todas. ¿Qué sería, de un mago, sin un buen café que lo mantenga alerta? Bien, veamos. Ahora vamos a pasar a la siguiente fase: la preparación del brebaje.
Eron desenroscó la cafetera, y separó los tres elementos que la componen sobre la encimera.
-La cafetera consta de tres partes. La parte de abajo es el colector de agua. La parte de arriba es el colector de café. Y la parte del centro, que se sitúa entre el colector de agua y de café, es el embudo porta café. El mecanismo en sí, es muy sencillo, como la magia del Octágono. Una vez hemos molido el conjuro con la intención y la imaginación adecuadas, necesitamos manifestar el conjuro en este Plano. Para eso, tenemos que aplicar los tres Elementos: agua, aire y fuego, al Éter preñado de nuestra Runa.
-Pasar de la imaginación a la realidad.
-Más que de imaginación a la realidad, podríamos hablar de darle una forma concreta al Éter que ya existe, pero que aún no se ha manifestado en este plano. Por ejemplo, imagínate que quiero abrir un Portal que me lleva a otro Mundo. ¿Qué Camino utilizarías?
-El Camino Dimensional.
-Exacto. Una vez has elegido lo que quieres conjurar, un Portal, y el tipo de magia que utilizarás, la que te permite viajar a otros mundos, invocas el Éter del lugar e imaginas lo que quieres invocar. Y lo invocas. Esa es la fase del molido del café. Una vez has creado el conjuro con tu imaginación y con todo lujo de detalles, pasas a la última fase: manifestarlo en esta Realidad.
-O sea, que lo que has conjurado ya existe en…el plano imaginativo.
-Sí, en la dimensión etérica ya existe tu conjuro.
-Entonces, con la ayuda de los elementos, la última fase es manifestarlo aquí, en este mundo.
-Exacto. Pero para ello hay que equilibrar bien los elementos, para que funcionen en armonía con la magia que estás creando. Si no, el conjuro se estropea. Veamos. Te dejo que tú misma realices tu primer conjuro: el café.
-Un café…Y yo que quería ya crear un homúnculo…o aprender a lanzar rayos con los ojos.
-Si te bebes varias tazas del café que normalmente hago, te aseguro que vas a poder lanzar esos rayos. Venga. ¿Cuánta agua crees que hay que echarle?
-Eeeh… A ver, a ver.
Erla agarró el colector de agua y llenó tres cuartas partes con agua de una vasija que había al lado.
-Bien. ¿Siguiente paso?
-Fácil – se encogió de hombros – El café en el embudo.
Con una cuchara añadió café molido al embudo y lo apretó concienzudamente. Lo colocó sobre el colector de agua y, finalmente, enroscó el colector de café en la parte de arriba. Miró a su alrededor.
-¿El…fuego? ¿Dónde está?
-Oh, se me había vuelto a olvidar. Aquí en este mundo tengo electricidad en la cocina.
-¿Electricidad? ¿Esto que es?
-Bajo la cafetera hay un círculo negro. ¿Lo ves? Bien. Pues verás que aquí, debajo del círculo, hay nueve números. El más alto, el nueve, es la máxima intensidad del fuego y el uno la mínima. Con este botón enciendes el fuego y con este otro puedes elegir la intensidad, de uno a nueve. Fácil. ¿No? Perfecto. Ahora, inténtalo tú misma.
Erla encendió el fuego eléctrico y lo puso al máximo. A nueve. Y el círculo negro se prendió de rojo. Ella se quedó mirando, fascinada. Colocó las manos encima. Despedía un fuerte calor, pero uniforme, diferente al de una hoguera.
-¿Esto es magia?
-Todo es magia. Aquí a ese tipo de magia lo llaman tecnología.
-¿Por qué?
-No lo sé. La palabra “magia” no gusta a la gente y le cambian el nombre.
-Pero para esa magia no hace falta invocar nada. Solo tienes que apretar un botón y ya aparece.
-Hay mucha magia que no necesita ser invocada. La electricidad fue invocada, en este mundo, hace tres siglos y luego los magos, que aquí quieren llamarse “científicos”, “ingenieros” y otros muchos nombres, diseñaron unos cables que pueden llevar electricidad a todas las casas, aldeas, ciudades, para dar luz, calor y para muchos otros usos.
-O sea, que hay un grupo de magos que inventan cosas, y luego la gente puede acceder a esa magia sin necesidad de hacer nada.
-Exacto.
-Qué interesante.
Erla seguía mirando aquel círculo rojo con fascinación. Entonces, un sonido extraño, una especie de ronroneo, empezó a surgir de la cafetera. Pegó un brinco.
-¿Qué es eso? ¿La cafetera se está transformando en gato?
Eron se echó a reír.
-Puede hacerse con otro conjuro, pero no en este caso. Solo es el agua que está hirviendo y saliendo a través del embudo del café hacia arriba.
-¡Como una erupción volcánica!
Cuando terminó de ronronear y borbotear, Eron agarró dos tazas de un pequeño estante y las colocó en la encimera.
-Vamos a probar tu café.
Erla vertió el café en ambas tazas, un líquido negro pero transparente y acuoso. Erla, que tenía el don o la maldición de percibir los sentimientos de la gente en cualquier gesto o mueca que pasaba desapercibida al resto, vio en el rostro de Eron que algo no andaba bien. Lo vio en el ligero movimiento de una ceja. Con eso le bastó.
-Está malo – dijo ella, acompañada de un suspiro.
-¿Cómo lo sabes?
-Es mi magia particular.
Sin decir nada más, agarró la taza y sorbió aquel brebaje. Amargo, sin consistencia. Acuoso. Frunció su naricita, como siempre hacía cuando algo le disgustaba. Eron le dio un sorbo a su taza. Se encogió de hombros.
-No está tan mal. He bebido cafés peores en el norte de Europa.
-¿Europa?
-Sí. En este mundo hay gente que lleva haciendo cafés veinte años y aún consiguen hacerlo peor que tú, que es tu primera vez. ¿Qué crees que ha pasado? ¿Dónde crees que está el error?
-Demasiada agua.
-Correcto. No necesitas tanta agua. Pero hay algo más. ¿Qué crees que es?
-Hmm – Erla observó el café con los ojos entrecerrados, como si quisiera leer en él el secreto de su mal sabor – ¿Necesito echar más café en el embudo?
-No. De hecho, no necesitas ponerle tanto café.
Erla alzó una ceja.
-No comprendo.
-Ven.
Eron fue hacia la cocina. Desenroscó la cafetera y echó agua hasta, más o menos, la mitad del recipiente.
-La cantidad de agua es menos importante de lo que parece. Pero la mitad es una medida segura. Lo que viene después es más importante – colocó el embudo y, luego, echó el café sobre él hasta formar una montañita – Con el dedo meñique nivelas el café. ¿Ves? Deja que el resto de café caiga sobre la mesa. Sin apretar, con suavidad, como si acariciaras un gato. No hay que apretarlo por una sencilla razón: si lo aprietas demasiado el agua no se filtra y el poco agua que consigue atravesar el café se vuelve muy amarga.
-Entiendo. Tiene sentido. Como acariciar un gato.
-Pero ahora viene la parte más importante. La parte que mucha gente no tiene en cuenta: el fuego.
-¿El fuego?
Eron enroscó el recipiente de café sobre el embudo y colocó la cafetera sobre el hornillo eléctrico. Luego, pulsó el botón de encendido y apretó el número siete. Dejó la cafetera abierta y esperó.
-En la magia, como en el café, la paciencia es un ingrediente esencial. Los conjuros hechos con rapidez y con demasiado fuego, con demasiada pasión, ansiedad, nervios, salen mal. Los elementos tienen que estar en armonía con lo que uno quiere manifestar. El café requiere de fuego intenso, pero sin llegar a la ebullición. No hay que dejarlo ronronear.
-No hay que dejarlo ronronear. ¡Me acordaré!
-Te gustan los gatos.
-Me encantan.
-Lo sé. Ya me lo hizo saber él.
-¿Quien?
-Mi gato. El secreto dueño de la torre es él – sonrió – Yo soy su criado.
-¿Hablas con los gatos?
-¿Y quién no?
Erla se echó a reír.
-Yo hablo con todos. Y cada uno tiene una personalidad súper diferente.
-Pues imagínate que cada conjuro es un gato con una personalidad diferente. Cada uno necesita una combinación distinta de elementos para hacerlo feliz.
-No, pero, pero…en serio. ¿Hablas con tu gato? Ayer cuando no estabas, vino a mi y se puso sobre mi falda. Luego cuando viniste ya se había marchado. ¿Cómo supiste…?
-Todo a su tiempo, Erla, todo a su tiempo. Mira. El café ya está entrando en erupción, pero…¿Ves? ¿Cuál es la diferencia ahora?
-Sale más poco a poco, el café. Es una erupción más tímida.
-Pues mira lo que haré ahora.
Pulsó el botón número dos. Y el café, entonces, empezó a salir espumoso, muy lentamente. Cuando terminó, por fin, de salir, agarró las dos tazas y lo sirvió. Un líquido espumoso, espeso. Con consistencia. Con personalidad propia, pensó Erla. Aquello ya no era agua, a pesar de estar hecho a partir de agua. Ahora era café.
-Vamos a beber.
Erla le echó un sorbo. Amargo, intenso, arrugó ligeramente la nariz. Al expirar, salió el sabor por su nariz. Un sabor tostado, fuerte. Era extraño. A pesar de su amargor, sentía en aquel sabor algo apacible, como a madera encendida, como esa sensación que uno tiene al llegar de un lugar muy frío al sentarse delante del fuego de una chimenea.
-Es… interesante. Me gusta. No está bueno. Pero me gusta.
-¿Qué diferencia hay entre el café que hiciste y este? Dame la primera respuesta que te venga a la cabeza.
-Este es café. El que hice yo, era agua con café.
-Exacto. Esto es café, ya no es agua. El agua, los granos de café y el fuego, combinados, han producido un nuevo elemento: lo han manifestado. Esto se llama transmutación y es la base de todas las operaciones mágicas.
Era le dio otro sorbo al café. Poco a poco sentía una especie de vigor, como una erupción que, lentamente, se ponía en marcha en su interior. Se lo dijo a Eron. Éste asintió.
-Lo que es arriba, es abajo. El buen café da vigor a la mente. El café nace con una erupción. Y provoca una erupción en el cuerpo cuando es bebido. Recuerda esto. El principio de correspondencia. Cuando creas un conjuro, sea cuál sea, una parte de ti responde al conjuro de forma análoga. Por ejemplo, si con un conjuro de transformación te conviertes en un gato, una parte de ti se convertirá en gato.
-Pero eso es bueno. ¿No? Siempre dije que me gustaría ser un gato casero. Viven tan bien.
-Si tu intención es abandonar tu humanidad y transformarte en gato, no hay problema. El problema viene cuando uno se convierte en algo sin sospecharlo. La mayoría de magos que no conocen bien este principio, han enloquecido. En términos cotidianos, no-mágicos, no es muy diferente al concepto de adicción. ¿Cuál es el problema de la adicción, tu crees?
-Oh, que estás todo el día pensando en eso. ¿No? Por ejemplo, si tengo una adicción a los dulces, mi mente solo piensa en dulces.
-Exacto. ¿Y qué pasa cuando solo piensas en una cosa?
-Te vuelves tonto.
-¿Y crees que un tonto puede ser un buen mago?
-Pues claro que no. Pero oye…¿Y si le añado algo dulce al café?
-Claro. Aquí tienes el azucar.
Eron se sacó un sobrecito blanco del interior de su túnica y se lo dio a Erla.
-¿Siempre llevas esos sobrecitos encima?
-Sí. Los robo de las cafeterías. Es mi secreto. Venga, ponle azúcar. Pero sin pasarte.
Ella le echó la mitad del sobrecito. Azucar marrón. Le dio vueltas con la cucharita. Le dio un sorbo. Sus ojos se abrieron. Una gran sonrisa iluminó su rostro.
-¡Está super bueno! ¡Uah!
-A ver si te vas a volver adicta.
Se bebió todo el café, casi de un trago. Se había producido una alquimia extraña y fascinante. La amargura del café había dado lugar a una transmutación del sabor y ahora un nuevo sabor había emergido, como si un Sol invisible estuviera iluminando aquel sabor, dándole una nueva vida.
-Me encanta. ¿Harás café cada día? Por favor, por favor. No estudiaré si no puedo beberme esto cada mañana.
Mierda – pensó Eron – El nacimiento de una nueva adicta al café. Somos como una secta.