El agujero

Cuando me bajé del carruaje me encontré en medio de un campo repleto de hierba pero yermo, sin bosques, ni ríos, ni montañas. Quien ha jugado a legend of zelda: ocarina of time era parecido a aquel prado enorme de Hyrule. Cerré los ojos y agarré la piedra de mis mundos interiores que cuelga de mi pecho. Murmuré una invocación. No eran palabras. Solo sonidos de símbolos, runas, que pueblan mi mente.

Invoco la cascada de imágenes, de visiones. ¡Ven a mi, soy tu receptáculo, tu instrumento! ¡Oh, diosa de la Imaginación! ¡Diosa de los ojos dorados, del eterno mediodía que da vida a los campos de mi interior!

Campos de trigo. Un bosque, un robledal en el centro. Los grandes Árboles han crecido en solo una noche. Los seres diminutos han danzado en espiral, alrededor del robledal y los árboles han alcanzado los cielos, las nubes. Yo trepé el árbol. Estuve días trepando el árbol hasta que, por fin, muerto de hambre y de sed, llegué a la cima, a la copa repleta de nieve. Y allí, en la orilla de un lago entre las nubes, hay una barca pequeña que flota sobre las tormentas a nuestros pies. Sobre la barca hay una mujer vestida en una túnica blanca que le cubre todo el cuerpo. No puedo ver su rostro. Al subir, ella se sienta en el centro de la barca y empieza a tejer algo con la niebla, con los jirones de nubes que flotan a nuestro alrededor.

Tejió un arpa.

Y, cuando empezó a tocar, la barca se puso a flotar sobre el mar de nubes. La canción hincha la vela, como si fuera un viento. Un viento melódico. Y, entonces, se puso a cantar y fue esa la voz más bonita que he escuchado en mi vida. Cuando terminó de tocar, llegamos a un pequeño puerto. Hay más barcas amarradas en este lugar sobre las nubes. La mujer se levantó, sin decir nada. Y cuando bajé de la barca, escuché que volvía a tocar el arpa y la barca desapareció a través de las nubes. ¿Dónde me encuentro?

Esas barcas…

Un día, tu también tendrás tu propia barca. Pero aún no ha llegado el momento.

En aquel mismo momento, Marna terminó de dibujar aquel extraño puerto entre las nubes. Un joven acaba de bajar de una de las barcas. Un joven de ojos grandes, plateados. Tristes. Pero su caminar es decidido, casi altivo. Con una larga espada en su espalda, sube las escaleras que llevan a la Gran Puerta de la Fortaleza de los cielos. En lo más alto de la escalinata, que conecta el Puerto con la Gran Puerta. Otro dibujo. El joven se detiene y observa las letras, en este alfabeto extraño. Pero entiende bien la palabra.

“La Hermandad”.

Sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Sus ojos verdes, siempre abiertos de par en par en aquellas altas horas de la noche cuando todos duermen, atravesaron la ventana y se dirigieron al centro de aquel campo, allí donde se encuentra el pequeño santuario en ruinas, que su padre, arqueólogo, había decidido investigar. El santuario en el interior del pequeño robledal.

Bajo el Santuario.
Bajo el Santuario existe un lugar secreto.
Un lugar que lleva tiempo sellado.
Un lugar que ha pasado desapercibido. Pues pareciera que no tiene valor.

Delante del santuario hay un lugar, un lugar…

Escucho aquella voz en duermevela. Se sobresaltó. Se encontraba en aquella nueva habitación. Fría. Gélida. Por un momento no supe quien era. Me palpé el cuerpo, el rostro, con el corazón bombeando con fuerza. Me falta el aliento. ¡Quien soy! ¡Esta habitación, este cuerpo, estas manos! Estos ojos verdes, grandes, que me devuelven la mirada. Soy…soy…

“Marna”

Dije, para mis adentros. “Marna”, aquella identidad, el alma de aquella chica de 12 años, se ha introducido en este cuerpo. Sí, estos cabellos rubios, rizados, que me llegan a los glúteos. Esas dos terribles ojeras que parecen esculpidas y que seguramente ya las tendré de por vida. Mi mirada se dirige a la destartalada mesita de noche. Junto a las pastillas de dormir, el viejo reloj marca las dos de la noche.

Me llevé la mano a la frente. Frustración. He dormido dos horas. Y sé que ya no podré volver a conciliar el sueño. Sin embargo, lo peor es el día siguiente. Me gusta la noche, pero los días…los días me arrastro como un espectro, esperando que vuelva la noche para volver a vagar en mis mundos, en mis dibujos, en mi arte.

Me dirigí al altar del pequeño robledal. Sé que en este lugar nunca hubo estatuas de Dios alguno. Se lo comenté a mi padre. Él sigue mis visiones, mis dibujos, mis intuiciones. “Una roca en la que nadie ha reparado, de una vieja cultura que ha sido totalmente borrada de los anales de la historia”. Ocurrió hace seis meses. Fue en este periodo cuando empecé a tener aquellos sueños extraños. Lo primero que vi fue algo, o alguien, que penetra las profundidades. ¿Es una espada, una máquina, unas raíces? Cuando llegó al centro de la tierra, hubo una gran erupción, y las ruinas que habían sido enterradas en lo más profundo de la tierra, para que nunca nadie pudiera encontrarlas, salieron a la superficie. Ahora están desperdigadas en este mundo, y en muchos otros mundos.

Otros Mundos…

Marna llegó a los pies del altar, en el interior del sombrío bosquecito. Con su pie, pateó la superficie de la tierra.

Sonaba hueco.

Tal y como esperaba.

Agarró una azada que había agarrado de la vieja caseta de herramientas y se puso a excavar aquel lugar. Acostumbrada a ayudar a su padre con las excavaciones, no le costó mucho hacer un buen agujero. Marna era una chica delgada, no parecía especialmente fuerte. Pero las apariencias engañan. Excavó hasta que, por fin, llegó a una superficie de madera que estaba podrida. Sin dudarlo un momento, fue hacia la caseta y volvió al cabo de poco con más herramientas de las que usaba su padre. Con el cepillo, limpió la superficie de la madera y siguió retirando la tierra, con paciencia, con cuidado de no romper lo que había debajo.

Cuando retiró la tierra, ante ella, apareció una redonda plataforma de madera. En ella, desdibujados por los años pero aún visibles, había el dibujo de dos dragones enroscados, uno blanco y el otro, negro. En medio de ambos dragones pasaba una linea divisoria. A ambos lados, sobre las cabezas de los dragones, dos asas. Poco a poco, Marna tiró de ambas asas. Y aquella plataforma se abrió. Un agujero negro se abre hacia las profundidades de la tierra. La chica agarró su móvil, activó la linterna y observó su interior. Solo la más negra de las tinieblas, como si la luz no fuera capaz de penetrar en ella. ¿Un agujero negro? ¿Un agujero de gusano? ¿Pero qué tonterías pienso? Es solo un pozo, un viejo pozo que fue abandonado hace mucho tiempo. Como hacía siempre, agarró una piedra del tamaño de su puño y la lanzó al vacío. Paró la oreja. Pasaron los segundos. Silencio. No hay agua. Lanzó más piedras y volvió a escuchar, atentamente. Aunque no hubiera agua, tendría que escuchar el ruido de las piedras al llegar al fondo. Pero nada. Solo silencio.

-Nunca escucharás nada.

Una voz profunda, de tinieblas.
Tras ella.
Se sobresaltó.
Casi cayó al pozo.

Se giró hacia él, con el cuchillo en la mano. Un hombre robusto, con una gran túnica verde, la observa desde el interior de una capucha. En su mano lleva una vara con dos serpientes enroscadas. Un caduceo. Había visto aquel símbolo en muchos de los libros que leía su padre y que ella, a escondidas, llevaba leyendo desde que tenía uso de razón.

-Hermes – susurró ella.

-Es uno de mis nombres – respondió él, con una sonrisa enigmática, escondida. Se dirigió hacia el agujero en el suelo. Se detuvo ante él – Sentí tu presencia. Sí, incluso desde mi sueño bajo la tierra y sobre las nubes. Una Crepuscular.

-¿Crepuscular?

-Tenéis muchos nombres, como yo. Artistas, brujas, magos. Viajeros de Mundos. No importa el nombre. Los nombres sólo son máscaras.

-¿Qué es este pozo?

-¿Qué crees que es?

-No es un pozo. Esto es… – se arrodilló ante el pozo – Esto es un Camino subterráneo. Un Camino que conecta los Mundos.

El hombre se acercó al agujero, por el lado opuesto donde ella se encontraba. No escucho sus pasos. Una gran luna azul en el cielo, pero él no tiene sombra. Se detiene. Con el caduceo dio tres golpes sobre un velo invisible que cubría el agujero. Y, entonces, ante la chica, apareció una escalera que se introducía hacia el interior de la tierra.

Me está mirando. Está esperando. Recuerdo que bajé la escaleras y, en mí, no había ni miedo ni dudas. Antes de marcharme, le di las gracias, en silencio, con un pequeño movimiento de cabeza. No sé cuánto tiempo estuve bajando aquellas escaleras. En las paredes se encontraban relieves, iluminados por antorchas con forma de dos serpientes enroscadas. Relieves iluminados por antorchas que narraban la historia de una mujer, una joven, que, a diferencia de los demás guerreros, había decidido domar al Dragón. El Verdadero Poder del Dragón se consigue al domarlo. Si lo matas, estás matando una parte de tí mismo. Si lo domas, estás integrando su poder.

Las escaleras se terminaron y llegó a un camino subterráneo. Y allí sentí que me mareaba. Miré el techo. Un gran Relieve historiado. Dos dragones están en una batalla eterna que nunca se termina. Uno blanco. El otro, negro. Una joven llega volando con su bastón. ¿Una bruja? Clava el bastón en medio de los dos Dragones. Los separa. Y, bajo sus pies, la tierra se hunde. Y ella se precipita por el vacío. Todo se hunde hacia el Centro de la Tierra. Todo vuelve al origen. Los opuestos vuelven a unirse, en concordia. Y ella se hunde con ellos. Vuelta al origen, al comienzo. El olvido.

El olvido.
El renacimiento.

¿Quién es ella?
Soy yo.

He sido muchas mujeres, muchas jóvenes. Máscaras y máscaras. Pero… ¿Dónde está mi verdadero rostro?

Me desperté, buscando aire. Soy un cuerpo. Sin máscaras, sin personalidad. Busco que me posea una de las almas, una de las identidades. Necesito que algo me llene, sea lo que sea. Alguien toca la puerta. Tres veces.

-¡Marna! ¿Estás ahí?

La voz. Esta voz es mi ancla. La voz de mi padre, serena, pero preocupada. Marna. Sí, soy yo.

-¡Ahora salgo, papá!

-¿Sabes qué ha pasado en el altar? Alguien ha abierto un agujero.

Me quedo sin palabras.
Paralizada.

No, no ha sido un sueño.