Y un fuego azul se puso a arder con fuerza sobre el Libro. Mis ojos tiemblan, mis ojos dorados, ojos de Sol. Era la primera vez que mis ojos resplandecían con el dorado del mediodía. Y me siento fuerte, en calma, como ese barco que en medio de la tormenta sigue en pie, cuando los demás naufragan. La tormenta. Hubo una gran tormenta y mientras la tormenta se desataba, amanecía el Sol en mis ojos y la luz de la Luna se veía eclipsada por ellos. Eclipsada, pero no apagada. Porque uno puede tener la mirada del Sol y de la Luna. Pero a mis ojos, a mi pecho, a mis brazos, le falta Sol a mi vida, a mis historias. Un Sol nocturno rodeado de estrellas. La Sagrada conjunción y el Fuego del Sol que, dorado (ya no era azul) sigue ardiendo por encima del Libro. Y mi polla estaba erecta, pero yo no sentía deseo. En mi mano derecha una porra, como el gigante de Cerne Abbas. Y alrededor del gigante, hombres, mujeres y niños danzaban, las manos unidas en corro, al son de tambores, flautas y violines, descalzos, entre risas, flores y sidra. Sobran palabras. Arden los Libros en la hoguera. Uno a uno la gente lanza los libros en la hoguera y los intelectuales sentados en su despacho (al principio escribí despecho en vez de despacho, interesante), se llevan las manos a la cabeza. “Una sociedad que quema libros es una sociedad terrible” murmura, con una voz aterciopelada, asustada, rígida. Mientras alrededor de la hoguera la gente sigue cantando y danzando, y los libros siguen ardiendo y un espeso humo de color celeste se alza hacia los cielos, y el cuenta cuentos empezó a tocar la guitarra y a cantar sus viejas canciones, y todos lo siguieron en corro, mientras seguían danzando. Y él inhalaba el humo celeste de los libros que se queman y transformaba las historias en danzas. Hay que volver a lo simple, al punto, a la hoguera del comienzo. Uno a uno quemo todos estos pensamientos que me llevan atormentando desde hace años, lustros, decenios. Quizá siglos, vidas, mundos. Y quemo todas mis máscaras y toda mi ropa hasta que vuelvo a estar desnudo, la mirada pura, desnuda, que no busca nada más allá del fuego, de la lluvia, de tus senos y de tu sexo. Ya no hay miedo, no, vuelvo al comienzo, antes de aquel día en qué me persiguieron aquellos niños, el día de la emasculación, unos niños más grandes que yo me persiguen con palos y yo no les había hecho nada. No recuerdo por qué me perseguían. Uno de ellos, en el patio de la escuela, me puso una bolsa negra en la cabeza y trató de asfixiarme. Yo me logré zafar de ellos y huir, y lo último que recuerdo es esa imagen de los niños con grandes palos, persiguiéndome. Nunca les volví a ver. Es extraño. Mientras hago pesas y me fortalezco, pienso con serenidad en aquellos días, solo ahora que me siento más fuerte me atrevo a escribir sobre lo que me hizo débil durante tantos años. Porque el eco de esa agresión se ha podido sentir durante toda mi vida. Y el arcángel San Miguel y Shiva han aparecido, con las espadas, los tridentes, las serpientes. Y yo vuelvo a alzarme y salgo del barro, y esta vez ya no huiré. Los miro a los ojos y, erecto como el gigante de Abbas, me dirijo hacia esos niños que ahora son hombres. A uno le propiné tal patada, con mi gigantesca pierna, en la cabeza, que salió rebotando contra un árbol. El otro al ver esa escena trató de huir pero yo lo agarré por los cabellos, lo tiré al suelo, le puse la rodilla en el pecho y empecé a propinarle puñetazos uno detrás de otro, hasta que la cara se hizo irreconocible. Una pulpa. Pero no hay ansia de venganza. La retribución no es venganza. No hay en la retribución ese odio tan infantil, tan inmaduro, tan inseguro. Había en mi una mirada fría, helada, ártica. Siempre la ha habido. Siento una atracción natural hacia el frío, la nieve, las grandes heladas. El frío me fortalece. Camino en la nieve, cubierto de pieles, y asciendo la montaña mientras sopla un viento helado repleto de esquirlas de hielo que me hieren el rostro. Pero dentro de esta apariencia de frialdad hay un fuego siempre encendido que ruge, que necesita entrar en erupción, de vez en cuando. Erupción, ansiedad, el león en la jaula, la pantera, como ese poema de Rilke. Hay esa tensión en mi alma, entre lo polar y lo tropical, entre el mamut y el orangután, entre los bosques escandinavos y el Amazonas. Entre el silencio y el rugido. Y llevo demasiado tiempo en silencio. Y es momento de volver a rugir. Caen los rayos, retumba el suelo, y el sitar se desata en la cósmica danza de Shiva, que baila entre la destrucción y la creación del mundo. Y la percusión de mi corazón golpea con fuerza, bailo extasiado, me sumerjo en mi propia música, soy el Creador y el Bailarín, las dos cosas al mismo tiempo. Y por fin se dio cuenta del absurdo de todo ello. Las llaves que había ido coleccionando durante años no abrían portal alguno. Las había coleccionado en vano. Eran bonitas, quedaban muy bien colgando sobre su cama, con aquellos distintos diseños, pero un día se dio cuenta de que esas llaves no abrían ningún Portal. Eran, fundamentalmente, inútiles. Nadie se lo había dicho. No había venido un hombre con un cetro a su casa y le había dicho: “Enna, te voy a revelar un secreto arcano: estas llaves no abren Puertas. No. Las Puertas ya están abiertas. Siempre lo estuvieron”. Lo había descubierto mientras contemplaba sus interminables dibujos de torii, las puertas sagradas que dan acceso a los templos sintoístas japoneses. Se había fijado que, no importaba cuál fuera el género