Harpens Kraft
No sé si fue el café. O que tantas cosas habían pasado en tan poco tiempo. Pero no había manera de dormirme. Estaba tumbada en la cama, con los ojos como platos. Quizá no estoy acostumbrada a estar sin hacer nada, por la noche, que es cuando las oráculos tenemos más trabajo. Me extrañaba estar así, en silencio, mirando a aquella bóveda de cristal por la que se veían las estrellas. Aún me parece surrealista todo lo que me está ocurriendo. Desde la invasión todo ha pasado como un remolino. Me siento como una planta que, de repente, alguien ha arrancado de la tierra, pero parte de sus raíces se han quedado enterradas en el sitio. A solas en esta nueva habitación, en esta Torre mágica. Aún me parece como un sueño. Hace varias horas, después de nuestra primera lección, Eron me ha ofrecido una habitación para mí sola, una habitación muy grande y espaciosa, repleta de estanterías, libros, viejos cuadros, una chimenea, una cama grande de matrimonio y una gran terraza que da a un pequeño jardín. En esta Torre existen muchas puertas. Hay varias puertas en cada nivel, en cada altura. Mi puerta se encuentra en uno de los niveles más altos, cerca de los aposentos de Eron. A diferencia de la Puerta de los Pomos, que llevan a otros mundos, estas puertas son sólidas. No aparecen y desaparecen. Pero está claro que están encantadas, porque, cuando entré en esta habitación y ví el jardín y el bosque que se encuentra en sus lindes, obviamente supe que ya no me encontraba en la Torre. ¿O se trataba de una ilusión mágica? Eron solamente me había dado la llave, sonriendo. -Buen trabajo, Serla. Ha sido un día largo. Tienes que descansar. Estas son las llaves de tus nuevos aposentos. Siéntete como en casa y no dudes en preguntarme si tienes alguna duda. En otras circunstancias, si no hubiera estado tan agotada, habría abierto la puerta acristalada de la terraza y me habría puesto a explorar aquellos misteriosos jardines, laberínticos, y aquel bosque. Es lo que hacía yo en mis ratos libres, durante el día, a pesar de lo cansada que me sentía después de trabajar toda la noche. A pesar de mis ojeras y de mi cansancio, necesitaba mi par de horas de andar y corretear por los bosques cercanos a la aldea y a la colina. Muchas veces me quedaba dormida contra un árbol, junto al arroyo, o entre unos matorrales, con un libro abierto sobre mi pecho. “He vuelto a ver a Serla correteando con un libro”, decía una mujer en la aldea, con una mueca de desconfianza. La oráculo era intocable, cierto, pero era vista como una rareza, como una especie de bruja que todos respetan, pero de la que desconfían. Echo una ojeada hacia los libros en las estanterías. Me siento bien, aquí, rodeada de tantos libros. A solas, siempre a solas. Los libros, los bosques y yo. Inseparables. Nunca tuve amigos cercanos. Nunca pude tenerlos. No tuve tiempo para hacer amigos fuera del santuario y de la colina. Los niños de mi edad iban a la escuela durante el día y, cuando tenía que volver al santuario para empezar mi trabajo, era justo el momento en que los niños salían de sus estudios y volvían a casa. Por eso me volqué en los libros. Allí en las historias es donde encontraba a mis amigos, a mis compañeros. Nunca me sentí sola, con mis libros. Creo que fue leyendo libros en que empecé a pensar en eso que yo llamo desdoblamiento. Cuando escribo y dibujo, durante mis trances oraculares, me transformo en los personajes, en la gente, que aparecen en las historias. Se dice que esta es solo la prerrogativa de los oráculos, pero yo creo que cualquier libro es un Portal hacia otro Mundo. Los escritores, los artistas, son magos que abren Portales y, luego, los transforman en libros y cuadros, para que los demás participen de sus mundos, de sus visiones, y se conviertan en estos personajes, y se desdoblen y vivan vidas distintas. Mis pensamientos vienen y van, caóticos, sin un hilo claro, como si mi conciencia estuviera flotando en el Éter, y vientos de todas las direcciones me llevaran a lugares distintos. Es lo que les pasa a las plantas que han sido arrancadas, o a los dientes de león, que vivían su plácida vida florecida y, de pronto, el viento se los lleva lejos, muy lejos. Cansada del peso de aquellos pensamientos, pesan como una losa en el pecho, me levanté, encendí mi linterna y me la llevé conmigo, y fui hacia ese olor que amo, el olor a libro, un olor familiar que es el mismo en todos lados. Un olor que me calma, que me llena de serenidad. Era un pequeño laberinto de libros que se encontraba en el ala este de la habitación, que parecían reproducir el laberinto del jardín de fuera. ¿O era el jardín, que reproducía el laberinto de libros? Cuando me metí en el interior del pequeño laberinto, noté que cruzaba una especie de velo y que el laberinto se engrandecía. Otro encantamiento. Entiendo. Es más grande de lo que parece. Alzo la lámpara de aceite, con esa luz ténue, celeste, hacia los diferentes Libros. A pesar de que solo tengo 12 años, he leído cientos de libros. No he leído ninguno de ellos, pero no debería extrañarme: son de otros mundos, quizá. Pero lo que sí me extrañó es que tuviera la sensación de haber leído aquellos títulos en otra parte. Pero…¿Dónde? “La Orden de Lúne”, “El espejo quebrado”, “El Libro de los Cambios”, “La Espiral”, “El Maestro de las Cartas”, “El Rey de los Bardos”, “La Tierra de los Mil Poderes”, “El hombre de las mil máscaras”. ¿No os ocurre, a veces, que os da la sensación de que ya habéis leído un libro, por el título? Pues a mí me ocurría con todos ellos, mirara donde mirara. Quizá por costumbre