Semillas de lo innombrable
¿Han pasado siglos?
¿O instantes?
¿Cuánto ha llovido
mientras yo estaba fuera?
No ha sido lluvia, no ha sido agua.
Han llovido cosas sin nombre
que se han enterrado
semillas de lo innombrable
de lo que todavía no ha germinado.
Cuentan las voces, unas voces de bosque
que se han visto unos corros
de seres diminutos, danzando
y que han visto germinar Árboles gigantes
que luego se desvanecieron en el aire.
A New Sun
There are tongues, certain songs
hidden under the earth
seeds of the unknown, of everything
that can’t
still
be named.
Here He was, here he has been
And here he will be
a dark figure, clad in green
he is patient, his silver eyes
bright as two runic
swords.
Fiery, like a temple’s fire
that can never be extinguished
he’s been here,
waiting for me.
Now that the words struggle
to break through this New Day
A New Sun is approaching
in the horizon
and He Smiles.
Nobody knows yet
a firmament that has been begotten
within the depths of my Soul.
There are tongues, certain songs
that he hid under those ruins
there are tongues, certain songs
that He saved from myself
treasures of a Gold different
from the shining one
that so many crave for.
Slowly, the New Sun
is rising in the horizon.
And carries that Gold within
belly of Fire
I hear, distant
a Song I always knew
birds, messengers
of a new World.
And when I approached Him
from behind
trembling, like a flame
that mysteriously moves
without wind,
I grasped his shoulder
and then, the tunic fell
on the floor.
And from within the tunic
only a whisper
was left
You are now ready
to wear my clothes.
El nuevo cielo
Sssht.
La joven de ojos dorados se colocó el dedo sobre los labios, sonríe, su capa celeste ondeando ante el fuego. Tras su espalda, recortado contra las llamas, un arco. Yo la miraba en silencio, sin comprender.
¿Dónde me encuentro?
¿Quién eres?
Se lo dije sin hablar. Su sonrisa se abrió, como una flor.
Sabía que serías capaz de hablar con la Lengua Verdadera.
Su voz sonaba como el susurro que proviene de una flor nocturna, que se abre bajo un Sol nocturno. Un Sol que danza entre las estrellas. Porque en aquellos ojos dorados no había nada de Lunar. Diosa del Sol. Amaterasu. Los campos de trigo bajo el radiante abrazo femenino que todo alcanza. Porque lo femenino es extravagante, abundante, reside en el fruto, en el canto de los pájaros, en la risa por la risa. Yo la admiraba, como admira un recién nacido a un nuevo mundo. Los ojos abiertos, de par en par. Y la boca.
Dónde estás y quién soy, lo sabes tú muy bien – contestó ella, finalmente, sus ojos enigmáticos, pero no como uno de esos enigmas indescifrables, sino como algo que puede ser desvelado en cualquier momento. Hay un velo en estos ojos, un velo que yo puedo retirar, poco a poco, si encuentro la forma y el modo.
No, no lo sé – respondí yo – Pero tengo la sensación que podría recordarlo.
Ella asintió, satisfecha. Entonces, agarró una flecha de su carcaj, fue hacia el fuego, encendió la punta. Se arrodilló. Colocó la fecha en su arco. Lo tensó y apuntó hacia el cielo nocturno.
Y disparó.
Y, en aquel momento, en medio de la inmensa noche sin estrellas, apareció un Gran Sol. Un Sol nocturno que abraza el firmamento, con su luz ténue, cálida, íntima. Un nuevo Sol.
Sentí un cosquilleo en mis dedos. Y, entonces, por primera vez fui consciente de mi propio cuerpo. Hasta aquel momento, la presencia de aquella joven me había cegado. Pero ahora me notaba el cuerpo, las manos, los dedos. Me miro los pliegues de mi ropa. Una túnica verde, los pliegues caen hacia la hierba. Y, en mi espalda, un peso. Conozco bien ese peso.
Y sé qué tengo que hacer ahora.
Agarré el laúd que colgaba de mi espalda y me senté delante del fuego. Y, entonces, con la mirada fija en el Nuevo Sol, me puse a tocar.
Y a cantar.
A mi amada doncella del Sol, que pende de los cielos, que sonríe, que me observa. Trovador, y un castillo en ruinas. Las princesas, las reinas, las nobles, ya no habitan los castillos. Rasgo mi instrumento y mi voz rompe la noche, como la hoguera que rompe el aire.
Despliégate
Oh, doncella de ojos
dorados.
Abraza este
nuevo Mundo
Abrázame
para que pueda
con mis manos
construir
lo que quedó
a medias.
Mientras cantaba, el Sol empezó a moverse en el cielo, como si danzara. Y, entonces, una a una, desde el interior del Sol, empezaron a aparecer las estrellas, las constelaciones, los planetas. Las galaxias y nebulosas. Un firmamento que nunca antes había visto. Las estrellas no son frías, lejanas. Se mueven, tiemblan, escuchan. Susurran. Tras cada estrella hay un mundo y, en cada danza de cada estrella, hay un gesto, una nueva forma de contar una historia, un germen, una semilla.
Las estrellas susurran y, de sus voces, cae un polvo, un polvo de estrellas.
Y aquel polvo de estrellas fecundó los campos con Canciones.
Con Mundos.
Con Poesía.